“Volvemos juntos” a los 67 años, Manuel Mijares rompe su silencio y revela el secreto de lucero…
Dos generaciones distintas, dos trayectorias diferentes, pero un mismo amor por la música. Nos conocimos en un programa de televisión recordaría Mijares, años después. Ella tenía una luz que se notaba a metros. No solo era hermosa, era auténtica, divertida, encantadora. Lucero, con esa sonrisa que ilumina todo, siempre hablaba de él con admiración. Yo lo admiraba desde niña, decía entre risas. Su voz me parecía increíble. Cuando lo escuchaba cantar me provocaba algo que no sabía explicar. Al principio su relación era simplemente profesional.
coincidían en eventos, en premiaciones, en ensayos, pero poco a poco el respeto se transformó en curiosidad y la curiosidad en cariño. Había algo en la forma en que se miraban que el público empezó a notar. Era evidente, dijo un productor. Tenían química, aunque intentaran disimularlo. En 1990, el destino les dio la excusa perfecta grabar juntos la canción El privilegio de amir amar. Aquella balada que hablaba del amor que perdura, a pesar de todo, se convirtió en un fenómeno.
Y aunque ambos insistían en que solo era una colaboración musical, el público ya sabía la verdad, había algo más. Esa canción fue un espejo, confesó mi Jares. Lo que cantábamos era exactamente lo que estábamos sintiendo. Las grabaciones se alargaban no por necesidad técnica, sino porque ninguno quería que el momento terminara. Entre risas, miradas y notas comenzaron a descubrirse de la verdad. Con Lucero era imposible no sonreír, contaba él. Tenía una alegría contagiosa. Donde ella estaba no había tristeza.
La prensa empezó a hablar de la pareja del año, pero más allá de los titulares, lo que había entre ellos era algo genuino. Se entendían sin palabras, se admiraban sin envidia, se acompañaban sin condiciones. Lucero lo describió así. Manuel me hacía sentir segura. Era un hombre sereno con una calma que equilibraba mi energía. A su lado aprende que el amor también puede ser paz. Su relación floreció en medio de giras, entrevistas y cámaras. Pero curiosamente los momentos que más recordaban no eran los de glamour, sino los sencillos compartir un café al amanecer, reírse de algo sin importancia, escuchar música juntos en silencio.
“La vida de un artista está llena de ruido”, decía Mijares, pero con ella todo se regresó en silencio hermoso. Cuando cantaban en dúo, la conexión era casi palpable. El público sintió que lo que ocurría en el escenario iba más allá de la interpretación. Había miradas que decían más que 1000 palabras, gestos mínimos que escondían ternura y una complicidad imposible de fingir. Era como si nuestras voces hubieran nacido para encontrarse, admitió él. Y quizás en cierto modo así fue.
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