Miguel la tomó entre sus brazos y la besó con toda la desesperación de un hombre que siente que está perdiendo el amor de su vida. No pienses, mi amor. Siente qué te dice tu corazón. Y el corazón de Teresa le gritaba una sola palabra. Sí. La boda se celebró al amanecer del 15 de marzo de 1953 en la pequeña iglesia de San Judas Tadeo, en las afueras de Guadalajara.
Solo estuvieron presentes Esperanza, la hermana de Miguel como testigo y don Joaquín, el sacristán anciano que había conocido a Miguel desde niño. El padre Jiménez, un hombre de 70 años con ojos bondadosos y manos temblorosas, había accedido a casarlos después de que Miguel le confesara toda la historia.
El viejo sacerdote había visto suficientes amores verdaderos en su vida para reconocer uno cuando lo tenía enfrente. Teresa llevaba un vestido blanco sencillo que había cosido en secreto durante las últimas semanas, trabajando a la luz de las velas después de que toda su familia se fuera a dormir.
No era el vestido de Satén con que soñaba su padre. Pero cuando Miguel la vio caminar hacia el altar con los primeros rayos del sol iluminando su rostro, pensó que jamás había existido una novia más hermosa. Tú, Miguel Ángel Hernández, aceptas a Teresa Esperanza Morales como tu esposa para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza todos los días de tu vida.
Sí, acepto”, respondió Miguel con voz firme, aunque las manos le temblaban cuando tomó las de Teresa. “Tú, Teresa, Esperanza Morales, aceptas a Miguel Ángel Hernández como tu esposo para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza todos los días de tu vida.” Teresa miró los ojos de Miguel, esos ojos oscuros llenos de amor y de promesas.
y sintió que todas sus dudas se desvanecían como niebla matutina. Sí, acepto. Cuando el padre Jiménez los declaró marido y mujer, Miguel besó a Teresa con tanta ternura que ella sintió que su corazón se derretía como miel al sol. En ese momento, parada en esa iglesia humilde, con su vestido sencillo y sin ningún lujo alrededor, Teresa se sintió la mujer más rica y afortunada del mundo, pero la felicidad duró poco.
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