Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

Dice que no tienes futuro, pero yo veo en tus ojos un mañana lleno de luz. No importa cuánto trate de convencerme de lo contrario, mi corazón te pertenece y te pertenecerá hasta mi último aliento. Pero las palabras de don Aurelio comenzaron a hacer mella en la mente de Teresa. Cada noche, cuando se acostaba, escuchaba los consejos de su padre repitiéndose como ecos en su cabeza. Los hombres pobres siguen siendo pobres.

Te vas a arrepentir toda tu vida. vas a pasar hambre y necesidades. Tus hijos van a sufrir por tu capricho. Y aunque su corazón gritaba que eso no era cierto, una parte pequeña pero insidiosa de su mente comenzó a preguntarse, “¿Y si papá tiene razón? ¿Y si Miguel nunca puede darme la seguridad que necesito? ¿Y si tengo hijos y no puedo alimentarlos?” La semilla de la duda había sido plantada. Mientras tanto, Miguel trabajaba como un hombre poseído.

Se levantaba antes del amanecer para trabajar en la panadería y por las tardes se iba a la hacienda Vázquez para hacer trabajos extra. Cargaba costales, reparaba cercas, ayudaba en las cosechas. Sus manos se llenaron de callos y su espalda se resintió del esfuerzo, pero cada peso que ganaba lo acercaba más a su sueño de casarse con Teresa. Don Aurelio, por su parte, no se quedó de brazos cruzados.

intensificó su campaña para convencer a Teresa de que se olvidara de Miguel y considerara al hijo de don Roberto Vázquez. Ricardo Vázquez es un muchacho decente, le decía durante las cenas. Estudió en la capital, tiene modales finos y cuando se case va a heredar la mitad de las tierras de su padre. Con él tendrías una vida cómoda, Teresa.

Nunca te faltaría nada. Pero papá, yo no lo amo. El amor se aprende, hija. Los matrimonios felices se construyen sobre la base del respeto y la seguridad, no sobre sentimientos que se desvanecen con los años. Y ahí estaba otra vez la semilla venenosa creciendo en el corazón de Teresa.

Era cierto que el amor se desvanecía, era cierta que la pobreza mataba el amor. Era una tonta por creer en los cuentos de hadas. La crisis llegó en febrero de 1953, cuando don Aurelio organizó una cena para que Teresa conociera adecuadamente a Ricardo Vázquez. Ricardo era efectivamente un joven apuesto y educado.

Tenía 22 años, cabello rubio cenizo, ojos azules y modales refinados. Hablaba de sus viajes a México DF, de los libros que había leído, de los planes que tenía para modernizar las haciendas de su familia. “Mi padre dice que usted borda muy bien, señorita Teresa”, le dijo durante la cena. Me gustaría mucho ver sus trabajos algún día.

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