Y en un mundo donde el amor no pagaba las cuentas, eso parecía muy poco. Escúcheme bien, muchacho. Continuó don Aurelio, acercándose tanto que Miguel pudo oler el tabaco en su aliento. Mi hija va a casarse con alguien de su clase, con el hijo de don Roberto Vázquez, por ejemplo, que tiene tierras y futuro asegurado.
Usted olvídese de ella, porque si no no terminó la frase, pero la amenaza flotó en el aire como humo espeso. Miguel sintió que el mundo se desmoronaba a sus pies, pero cuando levantó los ojos y vio a Teresa asomada a la ventana de su casa, con lágrimas corriendo por sus mejillas, supo que no podía rendirse. Con todo respeto, don Aurelio, dijo con voz temblorosa, pero firme.
Yo no puedo olvidarme de Teresa y creo que ella tampoco puede olvidarse de mí. Esa noche Teresa lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Su padre había entrado a la casa hecho una furia, gritando sobre muchachos sinvergüenzas y hijas desobedientes. Le había prohibido salir sola, le había quitado cualquier libertad que tuviera.
“Vas a ver lo que es bueno para ti”, le había dicho. Ese muchacho solo te va a traer sufrimientos y pobreza. Los hombres como él no cambian, Teresa. Nacen pobres y mueren pobres y se llevan a sus mujeres con ellos a la miseria. Las palabras se clavaron en el corazón de Teresa como espinas. amaba a Miguel con toda su alma, pero la voz de su padre plantó una semilla de duda que con el tiempo crecería en las profundidades de su corazón como una enredadera venenosa.
Los meses que siguieron fueron los más difíciles que Teresa había vivido. Don Aurelio la mantenía prácticamente prisionera en casa, acompañándola incluso cuando iba a misa los domingos. había hablado con toda la familia, con los vecinos, con medio pueblo, para que vigilaran a su hija y le informaran de cualquier contacto con ese peón.
Pero el amor verdadero encuentra siempre una manera. Miguel comenzó a trabajar en la panadería de la familia García, que estaba justo enfrente de la casa de los Morales. Cada mañana, cuando Teresa se asomaba a la ventana, él estaba ahí cargando costales de harina con una sonrisa que le decía que no se había rendido, que nunca se rendiría. La hermana menor de Miguel Esperanza, se convirtió en su cómplice.
Era una niña de apenas 12 años, pero lista como un zorro y valiente como un león. Llevaba cartas de Miguel a Teresa escondidas en canastas de pan dulce que vendía puerta por puerta. Las cartas de Miguel eran poesía pura. Mi querida Teresa, cada mañana que no puedo verte es como un día sin sol, pero sé que este invierno pasará. Y pronto vendrá nuestra primavera.
He estado ahorrando cada centavo que gano. Ya tengo suficiente para comprar un terreno pequeño y con mis propias manos construiré nuestra casa. No será un palacio, mi amor, pero será nuestro hogar y eso la hará más hermosa que cualquier mansión. Teresa guardaba cada carta como si fuera un tesoro, escondiéndolas entre las páginas de su libro de oraciones.
Por las noches las releía a la luz de una vela y sentía que Miguel estaba ahí con ella, susurrándole palabras de amor al oído. También le escribía cartas llenas de lágrimas y esperanza. Mi querido Miguel, papá dice que eres pobre, pero yo sé que tienes el corazón más rico del mundo.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.