No puedo aceptarlas”, susurró, aunque cada fibra de su ser deseaba tomarlas. “Mi papá, su papá no tiene por qué enterarse”, dijo Miguel suavemente. “Solo son flores de un admirador que espera conocer su nombre.” “Teresa.” Teresa Morales, respondió ella, tomando finalmente las gardenias.
Y usted, Miguel Ángel Hernández, a sus órdenes, hizo otra reverencia y desde este momento el hombre más afortunado de Guadalajara. Los meses siguientes fueron como un sueño dorado. Miguel trabajaba en la hacienda de la familia Vázquez, donde criaban ganado y cultivaban maíz. Cada tarde después del trabajo se bañaba en el río, se peinaba cuidadosamente y caminaba los 5 km hasta el pueblo para ver a Teresa, aunque fuera solo por unos minutos.
Se encontraban en secreto en la fuente de la plaza, bajo la sombra del gran ahuegüete que había visto pasar generaciones de enamorados. Teresa le llevaba tortillas hechas por ella misma y Miguel le contaba historias de su infancia, de sus sueños, de tener su propia tierra, de construir una casa donde pudieran ser felices para siempre. Cuando me case contigo”, le dijo una tarde de octubre, mientras las hojas secas caían como confeti dorado a su alrededor. “Te voy a construir la casa más bonita de todo Jalisco.
Tendrá un jardín lleno de gardenias y todas las mañanas despertarás con su perfume.” Teresa reía sintiéndose la mujer más amada del mundo. En esos momentos el futuro brillaba como las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo violeta del atardecer. Pero había un problema, un problema grande, imponente y terrible, como una tormenta en el horizonte. Don Aurelio Morales.
Don Aurelio Morales era un hombre que inspiraba respeto y en igual medida temor. A los 52 años había construido un pequeño imperio en Guadalajara, dos tiendas de abarrotes, una casa de dos pisos en el centro del pueblo y una reputación de hombre honrado pero inflexible. Su bigote canoso, siempre perfectamente recortado, se erizaba cuando algo lo contrariaba.
Sus ojos grises, heredados de un abuelo español, podían ser tiernos como lluvia de abril o fríos como granizo de enero, dependiendo de su estado de ánimo. Para don Aurelio, Teresa era su joya más preciada, la única hija mujer entre tres hijos varones, nacida cuando él y su esposa ya habían perdido la esperanza de tener una niña.
La había criado como a una princesa, protegiéndola del mundo con la ferocidad de un león guardando a su cachorro. “Las mujeres de bien,” le decía constantemente, “no andan solas en la calle. Las mujeres de bien se casan con hombres de posición que puedan mantenerlas como señoras. Y Miguel Ángel Hernández, por más bueno y trabajador que fuera, no era lo que don Aurelio tenía en mente para su pequeña Teresa.
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