Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

En 72 años de matrimonio, no podía imaginar qué secreto terrible podría haber estado guardando su Teresa. Qué secreto, mi amor, sea lo que sea, ya no importa. Nada puede cambiar lo que hemos vivido juntos. Teresa comenzó a llorar. Lágrimas que rodaron por sus mejillas arrugadas como arroolluelos de dolor acumulado. Miguel, durante todos estos años, desde que tuviste el accidente en 1971, he estado guardando dinero a escondidas. Miguel parpadeó confundido. Dinero.

¿De qué estaba hablando? No entiendo, Teresa. Cada semana, cada mes, apartaba un poco del dinero que me dabas para los gastos. lo guardaba en el banco, en una cuenta que tú no conocías. Las palabras salían entrecortadas como si cada una le costara un esfuerzo enorme. Era era por si algún día necesitaba huir. Miguel sintió como si el mundo se detuviera.

Huir. Su Teresa había querido huir de él. Huirr, murmuró. Huirr de mí. No, sí, no era eso exactamente. Teresa se aferró a la mano de Miguel con una fuerza sorprendente. Era era por las palabras de mi papá. Nunca pude sacarme de la cabeza lo que me decía, que los hombres pobres siguen siendo pobres, que iba a pasar necesidades, que mis hijos iban a sufrir.

Y después del accidente, cuando no teníamos nada, cuando pensé que íbamos a perder la casa, Miguel sentía como si alguien le estuviera clavando puñales en el pecho. Su Teresa, su amor puro, su compañera fiel, había estado planeando abandonarlo durante décadas. Entonces, ¿naste en mí?”, preguntó con voz rota. “Todos estos años siempre pensaste que iba a fallarte.” No.

Gritó Teresa con toda la fuerza que le quedaba. “Te amaba, Miguel. Te amé desde el primer día y te amé hasta el último momento de mi vida consciente, pero tenía miedo, un miedo terrible, irracional, que no podía controlar. Teresa lloraba desconsoladamente. Ahora era más fuerte que yo. Cada peso que guardaba era como como un calmante para la ansiedad.

No era porque quisiera dejarte, era porque tenía terror de quedarme sin nada, de no poder cuidar a nuestros hijos, de ser una carga para ti. Miguel se quedó en silencio durante varios minutos que parecieron eternidad. Sentía como si toda su vida, todos sus recuerdos se estuvieran reorganizando en su mente. Había sido todo una mentira. Había vivido 72 años con una mujer que siempre había tenido un pie fuera de la puerta. ¿Cuánto?, preguntó finalmente.

¿Qué? ¿Cuánto dinero guardaste? Teresa cerró los ojos como si la respuesta le doliera físicamente. Al final, con todos los intereses, casi 200,000 pesos, Miguel se quedó helado. 200,000 pesos. Una fortuna. Suficiente para que Teresa hubiera vivido independientemente durante años. Suficiente para dónde está ahora. En una caja de metal, en mi armario, detrás de mis vestidos viejos.

Miguel se levantó lentamente de la silla y caminó hacia el armario de Teresa. Sus manos temblaban mientras apartaba los vestidos que conocía también. Los vestidos que había visto a Teresa usar durante décadas. Ahí estaba una caja de metal pesada escondida en la parte más oscura del armario. La abrió. El dinero estaba ahí.

Billetes de diferentes denominaciones organizados en fajos perfectos, algunos ya amarillentos por el tiempo. Décadas de ahorro secreto, décadas de desconfianza, décadas de mentira silenciosa. Miguel volvió a la cama con la caja en las manos, la puso sobre la mesita de noche y se sentó otra vez junto a Teresa.

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