Con los intereses acumulados durante décadas, Teresa tenía guardado lo suficiente para vivir independientemente por muchos años. Era su plan de escape, aunque ya no recordaba exactamente de qué estaba escapando. Miguel, ajeno al tormento interno de su esposa, vivía sus años dorados con la satisfacción del deber cumplido. Había logrado todo lo que se había propuesto.
Darle a Teresa una vida digna, criar cinco hijos exitosos, ganarse el respeto de su comunidad. ¿Sabes de qué me siento más orgulloso? le dijo una tarde mientras veían la televisión. No de la casa ni del dinero que logramos ahorrar. Me siento orgulloso de que nunca, en casi 50 años hemos dormido enojados, que nunca hemos dejado que el sol se oculte sobre nuestra ira. Era cierto.
Miguel y Teresa habían tenido sus desacuerdos como todas las parejas, pero siempre los habían resuelto antes de acostarse. Se pedían perdón, se reconciliaban, reafirmaban su amor. Pero Teresa tenía un secreto que no había compartido con Miguel ni una sola vez. Los primeros signos de que algo no estaba bien aparecieron en 2010. Teresa empezó a olvidar cosas pequeñas.
¿Dónde había puesto las llaves? Si había apagado la estufa el nombre del nieto más pequeño. Es la edad, decía Miguel quitándole importancia. A mí también se me olvidan las cosas, pero Teresa sabía que era algo más. Había días en que se sentía confundida, perdida en su propia casa.
Había noches en que se despertaba y no recordaba dónde estaba. El diagnóstico llegó en 2015. Demencia senil etapa temprana. Es progresiva, les explicó el doctor. Va a empeorar gradualmente. Tendrán días buenos y días malos, pero la tendencia será hacia el deterioro. Miguel recibió la noticia como un puñetazo en el estómago. Su Teresa, su amor eterno, su compañera de vida, se estaba desvaneciendo ante sus ojos. “No importa”, le dijo esa noche, abrazándola mientras ella lloraba.
Te voy a cuidar como tú me cuidaste cuando tuve el accidente. Vamos a enfrentar esto juntos como hemos enfrentado todo. Y lo hizo. Miguel se convirtió en el cuidador más devoto que se pueda imaginar. Le daba sus medicinas, la acompañaba a todas sus citas médicas, la ayudaba cuando se confundía, la consolaba cuando se asustaba.
Teresa tenía momentos de lucidez en los que era completamente ella misma y momentos de confusión en los que parecía perdida en un mundo que solo ella podía ver. Durante uno de sus momentos lúcidos en 2018, Teresa tomó una decisión. Fue al banco sola y cerró su cuenta secreta. convirtió todo el dinero en efectivo y lo guardó en una caja de metal escondida en el fondo de su armario. “Algún día se lo voy a decir”, murmuró para sí misma.
“Algún día voy a encontrar el valor para confesarle todo.” Pero los días pasaban y las oportunidades se desvanecían junto con su memoria. En 2020, la pandemia mundial los obligó a aislarse en casa. Miguel y Teresa, ya en sus 80 pasaron meses encerrados, dependiendo únicamente el uno del otro.
Fueron meses difíciles, pero también hermosos. Sin las distracciones del mundo exterior, redescubrieron el placer simple de estar juntos. Miguel le leía libros a Teresa cuando ella no podía concentrarse para leer sola. Teresa le preparaba sus platillos favoritos cuando tenía días buenos.
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