Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

Es mejor estar preparada. Los hombres pueden fallar. Lo más doloroso era que Teresa amaba a Miguel más cada día que pasaba. Veía cómo se mataba trabajando por ella y por sus hijos. Veía su dedicación, su honradez, su amor incondicional. Sabía que era injusto tener esa cuenta secreta, que era como una traición silenciosa al hombre que había sacrificado su vida entera por hacerla feliz, pero no podía parar.

En 1985, cuando cumplieron 32 años de casados, Miguel le organizó una fiesta sorpresa. Invitó a toda la familia, a los amigos, a medio pueblo. Rentó un mariachi, mandó hacer un pastel de tres pisos, decoró el jardín con luces de colores. Por la mujer más hermosa del mundo, dijo Miguel en su brindis con los ojos brillantes de amor.

por Teresa, que me ha dado la vida más feliz que un hombre puede soñar, por 32 años de paraíso y por todos los que nos quedan por vivir. Teresa lloró esa noche, pero no solo de felicidad, también lloró de culpa porque sabía que tenía un secreto que empañaba la pureza del amor que Miguel le profesaba. Los años 90 trajeron la llegada de los nietos.

La casa se llenó otra vez de risas infantiles, de pequeños pies corriendo por los pasillos, de la alegría renovada que traen las nuevas generaciones. Miguel se convirtió en el abuelo más consentidor del mundo. Construyó columpios en el jardín. Les enseñó a sus nietos a hacer papalotes. Les contaba historias de cuando era joven y había conquistado a la abuela más hermosa de Guadalajara.

Teresa, por su parte, se deleitaba siendo abuela. Cocinaba los platillos favoritos de cada nieto, les tejía suéteres, les cantaba las mismas canciones de cuna que había cantado a sus propios hijos. La cuenta secreta siguió creciendo. Para entonces, Teresa ya tenía una cantidad considerable de dinero guardado, suficiente para vivir varios años si algo le pasaba a Miguel.

suficiente para no depender de nadie si se quedaba sola, pero también suficiente para sentir que estaba traicionando 40 años de matrimonio perfecto. El nuevo milenio llegó con celebraciones y esperanza. Miguel y Teresa, ahora en sus 60 veían como sus hijos habían formado sus propias familias exitosas, como sus nietos crecían sanos y felices, como la vida les había dado mucho más de lo que habían soñado cuando eran dos jóvenes enamorados desafiando al mundo.

Miguel había vendido su negocio de construcción y se había semiretirado. Tenía algunos proyectos pequeños, más por gusto que por necesidad. La casa estaba pagada, tenían ahorros suficientes para vivir cómodamente y los hijos ya no dependían económicamente de ellos. “Mira todo lo que construimos, mi amor”, le decía Miguel a Teresa mientras caminaban por su jardín, ahora lleno de gardenias, rosas y jacarandas.

¿Quién iba a decir que aquel peón sin futuro iba a lograr todo esto? Teresa sonreía, pero por dentro se desgarraba. ¿Cómo podía decirle a Miguel que a pesar de todo lo que habían logrado juntos, ella había estado guardando dinero en secreto durante más de 30 años? ¿Cómo podía explicarle que en lo más profundo de su corazón una parte de ella nunca había confiado completamente en que él pudiera mantenerlo siempre? La cuenta secreta había crecido hasta convertirse en una suma considerable.

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