Pero al levantar la vista, algo lo obligó a detenerse.
La joven no pedía dinero.
Pedía trabajo.
Su vestido estaba gastado, sus zapatos rotos, pero su mirada era firme, orgullosa, desesperada sin ser sumisa. Y entonces Carlos lo vio.
En el lado izquierdo de su cuello, parcialmente oculto por el cabello, había una marca de nacimiento en forma de media luna.
El mundo se le cerró en el pecho.
Veinte años atrás, su hermana Margarita había desaparecido una noche de tormenta. Embarazada. Asustada. Sola. Carlos nunca la volvió a ver. Pero recordaba perfectamente aquella marca… porque la había visto en el cuello de un bebé recién nacido, envuelto en los brazos temblorosos de Margarita.
—¿Dónde… de dónde sacaste esa marca? —preguntó, con la voz dura.
La joven se sobresaltó y tocó su cuello instintivamente.
—Nací con ella —respondió—. Me llamo Elena. Y ella es Lía, mi hermana pequeña. Nuestros padres murieron. Yo solo… necesito trabajar.
Carlos la observó con atención. El perfil de su rostro. La forma de sostener a la niña. Era como mirar un reflejo del pasado que había intentado enterrar.
—¿Quién fue tu madre? —preguntó en voz baja.
Elena dudó.
—No lo sé. Murió cuando yo era muy pequeña.
Carlos sintió que las piernas le fallaban.
—Entren —dijo finalmente—. Ahora mismo.
Elena vaciló, abrazando a Lía con más fuerza.
—No quiero causar problemas, señor.
Carlos la miró fijamente.
—Lo que acabas de traer a esta casa… es algo que llevo buscando veinte años.
Mientras las puertas se cerraban tras ellas, Carlos supo una cosa con absoluta certeza:
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