Bajó rápidamente a la recepción y buscó el número de la policía local. Esta vez no dudó. Explicó lo que había visto, insistió en que temía por la integridad de la menor y pidió que enviaran una patrulla. El operador le advirtió que enviarían agentes, pero que necesitarían verificar antes de intervenir.
Mientras esperaba, no podía quedarse quieta. Subió de nuevo al segundo piso, fingiendo revisar habitaciones, pero realmente esperando escuchar cualquier señal.
Y entonces lo escuchó.
Un sollozo ahogado. Después, el ruido de algo cayendo. Luego, un grito que heló su sangre.
Ese fue el momento en que Mariela decidió actuar sin esperar ayuda.
Golpeó la puerta de la 207 con fuerza.
—¡¿Todo está bien ahí dentro?! —exclamó, esforzándose por que su voz no temblara.
Se hizo un silencio tenso. Luego, los pasos pesados de Rubén acercándose. Mariela dio un paso atrás, pero no se movió del todo. Sabía que no podía mostrar miedo.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Rubén la miró con expresión irritable.
—Estamos bien —dijo, seco—. No vuelva a molestar.
Pero Mariela vio, detrás de él, la silueta de la chica… y algo peor: la marca roja reciente en su mejilla.
No podía esperar a la policía.
Respiró hondo.
Iba a intervenir, aunque eso significara ponerse en peligro.
Continuará…
La verdad detrás de la habitación 207
El momento se congeló. Mariela sabía que si retrocedía ahora, perdería la única oportunidad de ayudar a la joven. Rubén intentó cerrar la puerta, pero ella colocó el pie con firmeza.
—Quiero hablar con la chica —dijo, tratando de sonar autoritaria—. Es protocolo del hostal cuando se reportan ruidos fuertes.
Era una mentira, pero esperaba que él no lo supiera.
Rubén la miró con furia contenida. Durante unos segundos, Mariela pensó que él podría empujarla o atacarla. Pero finalmente dio un paso atrás, dejando entrever parte de la habitación.
—Hazlo rápido —gruñó.
Mariela entró con cautela. La habitación olía a alcohol y humedad. Las cortinas estaban medio rotas y la cama revuelta. La adolescente estaba en la esquina, abrazándose los brazos como si necesitara protegerse del mundo entero. Mariela se acercó lentamente.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
La chica dudó, mirando a Rubén como si buscara permiso… o temiera su reacción. Finalmente, negó con la cabeza. Tan leve que casi no se veía, pero suficiente para que Mariela entendiera.
Ese gesto fue el detonante.
Mariela se volvió hacia Rubén.
—La policía viene en camino —dijo, con una firmeza que ella misma no sabía que tenía.
El rostro de Rubén cambió por completo. Primero sorpresa, luego rabia, luego algo más: miedo.
—No tenías por qué hacer esto —espetó, avanzando hacia ella.
Pero en ese mismo instante, se escuchó un golpe de puertas abajo. Voces. Pasos rápidos subiendo la escalera. Mariela sintió un alivio repentino y casi se desplomó.
Rubén lo entendió de inmediato.
Intentó correr hacia la ventana, pero dos agentes irrumpieron en la habitación antes de que diera dos pasos. Uno lo sujetó por los brazos mientras el otro lo esposaba. El hombre gritó insultos, acusó a Mariela de mentir, incluso intentó convencer a la joven de que lo defendiera. Pero ella no dijo una sola palabra.
Solo lloró.
Continua en la siguiente pagina
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.