Una noche de marzo, una joven de unos catorce años entró al vestíbulo detrás de un hombre alto, robusto, de barba desordenada. Él firmó el registro como “Rubén Cifuentes y familiar”. La chica no dijo palabra; solo mantenía la mirada baja, con los hombros encogidos, como si quisiera volverse invisible. Mariela lo notó, pero al principio no le dio demasiada importancia: en el hostal era común ver adolescentes aburridos o tímidos que solo querían llegar a su habitación.

Pero desde esa noche, algo no cuadraba.

Volvían cada día exactamente a la misma hora, poco después de las diez de la noche. Nunca pedían servicio adicional, jamás bajaban al comedor y, lo más inquietante, la chica nunca estaba sola. Rubén la acompañaba incluso cuando caminaban por el pasillo hacia la máquina expendedora. Mariela intentó sonreírle una vez; la adolescente levantó la mirada apenas un segundo y Mariela sintió un escalofrío: sus ojos parecían pedir ayuda, aunque no emitiera palabra.

Una noche, cuando el hostal estaba casi vacío, Mariela subió al segundo piso para llevar toallas limpias. Al pasar frente a la habitación 207, escuchó un golpe seco. Se detuvo. Luego, una voz masculina, áspera, regañando en voz baja. No entendió las palabras exactas, pero el tono la hizo apretar con fuerza la bandeja de toallas.

Continuó su ronda intentando convencerse de que no era asunto suyo.

Sin embargo, media hora después, mientras sacudía una alfombra en el pasillo trasero, notó que la ventana del baño de la habitación 207 estaba entreabierta. Desde ahí, si uno se inclinaba un poco, podía ver parte del interior.

Mariela no quería mirar. Se repetía que no debía. Pero el instinto le decía otra cosa.

Se acercó.

Y lo que vio la dejó sin aliento.

La joven estaba sentada en el borde de la cama, llorando en silencio, con un moretón oscuro marcando su brazo. Rubén la sujetaba por la muñeca, hablándole muy cerca de la cara, con un tono que combinaba amenaza y control absoluto. Aunque no veía la escena completa, era evidente que la muchacha estaba aterrorizada.

Mariela retrocedió de golpe. El corazón le latía como si quisiera escapar de su pecho. Sabía que algo terrible estaba pasando en esa habitación, algo que ya no podía ignorar.

Y esa noche tomó una decisión que cambiaría la vida de todos en “El Faro”.

Continuará…

La decisión que nadie más se atrevió a tomar

Mariela pasó los siguientes minutos caminando de un lado a otro en la pequeña oficina del hostal, incapaz de calmar el temblor en sus manos. Sentía la necesidad urgente de hacer algo, pero también un miedo paralizante: ¿y si se equivocaba? ¿y si Rubén era realmente el padre de la niña? ¿y si él la enfrentaba?

Sabía que la policía no siempre actuaba rápido ante “sospechas sin pruebas”. Lo había vivido antes en historias de otras huéspedes, en quejas que acababan sin respuesta… pero esta vez era diferente. Había visto el moretón, había visto el terror en los ojos de la chica. No era imaginación.

Tomó el teléfono para llamar, pero lo dejó antes de marcar. Algo le decía que debía observar un poco más, reunir valor y, si era necesario, intervenir por su cuenta antes de que fuera demasiado tarde. Su pecho se llenó de una mezcla de rabia e impotencia; sentirse espectadora de un abuso la hacía hervir por dentro.

Cuando el reloj marcó las once y media, decidió subir de nuevo. Caminó por el pasillo con paso firme, aunque su estómago estuviera hecho un nudo. Al pasar frente a la 207, escuchó pasos y un ruido metálico, como si Rubén estuviera cerrando con seguro algo más que la puerta principal. Mariela tragó saliva. Algo en ese sonido —seco, mecánico, demasiado fuerte— la inquietó.

Esperó a que el pasillo quedara en silencio. Luego, con el corazón latiendo acelerado, volvió a asomarse a la ventana lateral del baño. Esta vez la cortina estaba tirada a medias. A través del espacio, vio a Rubén sentado, bebiendo de una botella, mientras la chica permanecía rígida, inmóvil, en una esquina de la habitación. Era como si intentara ocupar el menor espacio posible. Rubén murmuraba algo que Mariela no alcanzó a oír, pero su expresión era claramente amenazante.

Mariela decidió que no podía esperar más.