Pero no sabían qué pasaría un minuto después.
El líder dio otro paso más y se inclinó hacia ella.
—Entonces, ¿me lo vas a dar de la manera fácil o te lo vamos a explicar?
Verónica lo miró con atención. Sin gritos ni pánico. Solo tensión en sus ojos y una expresión fría y concentrada.
"¿De verdad crees que es una buena idea?" preguntó en voz baja.
Los chicos intercambiaron miradas y se rieron.
¿Oíste eso? Nos está asustando.
“Chica, ¿te das cuenta de con quién estás hablando?”
No hay nadie aquí. Solo tú y yo.
Verónica de repente sonrió.
—Exactamente. Solo tú y yo.
Uno de ellos se quedó congelado.
"¿Por qué sonríes?"
“Porque no tienes idea de en qué te has metido”, respondió ella.
El líder dio un paso adelante, irritado.
Deja de fingir. El teléfono y la cadena. Ya.
Y en ese momento, desde la curva del callejón, entre las sombras de los árboles, dos hombres corpulentos emergieron lentamente. Eran los guardaespaldas de la chica. Altos, vestidos de negro, con rostros fríos. Se movían con calma, sin alboroto, pero su andar transmitía una sensación de poder.
Los vándalos no tenían idea de que acababan de intentar robar a la hija de uno de los hombres más ricos.
Los chicos se dieron la vuelta.
"¿Quién es ese?"
Uno de los guardias se acercó y dijo secamente:
“¿Problemas?”
Verónica ni siquiera se dio la vuelta.
“Ya no”, respondió ella con calma.
Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los chicos.
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