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“TRAS LA CAÍDA DE MADURO”: Venezolana Envenenó A 4 Agentes De MADURO Que Huyeron A México

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Renté un cuarto pequeño en la colonia Roma Norte compartido con otras dos venezolanas. México me dio refugio, me dio oportunidad, me salvó la vida. En agosto de 2019 conseguí trabajo de mesera en un restaurante mexicano venezolano en la colonia Condesa Sabor Caraqueño. El dueño, don Ramón, era mexicano, pero su esposa era venezolana.

Entendía nuestra situación. Me pagaban 5000 pesos a la semana, más propinas. Alcanzaba para vivir. Trabajaba de martes a domingo, de 2 pm a 11 pm, atendiendo mesas, sirviendo arepas, pabellón criollo, tequeños. Veía venezolanos todos los días, refugiados como yo, todos con historias similares, familiares muertos, desaparecidos, huyendo de maduro, llorábamos juntos, nos abrazábamos, nos apoyábamos.

Así viví durante 3 años. de 2019 a 2022 trabajando, sobreviviendo, intentando olvidar, pero no podía olvidar. Cada noche soñaba con Carlos, con Sebastián, con los cuatro hombres que los mataron, el capitán, el flaco, el gordo, el chino, sus nombres grabados en mi memoria hasta el 12 de enero de 2022. Ese día cambió todo.

Ese día vi a uno de ellos en Ciudad de México. En mi restaurante era jueves, como a las 8 de la noche, entró un hombre solo, como de 45 años, corpulento, tatuajes en los brazos, se sentó en una mesa, pidió una cerveza polar. Arepas, reina pepeada, hablaba español con acento venezolano. Como nosotros, yo lo atendí, como a cualquier cliente. Buenas noches.

¿Qué va a ordenar? Me miró. Dame unas arepas, reina pepeada, y una polar bien fría. Claro. ¿Algo más? No, eso su voz. Esa voz la había escuchado antes. Fui a la cocina, le di la orden al cocinero y ahí, mientras esperaba, lo recordé. Esa voz la había escuchado el 23 de abril de 2018 en el teléfono.

Cuando Sebastián me llamó, “Tú también vienes, chamo”, era él. Regresé al comedor. Lo observé desde lejos. Su cara, sus tatuajes, su forma de hablar. Era el gordo, uno de los cuatro agentes del Cevín que habían matado a Carlos y Sebastián aquí en Ciudad de México, en mi restaurante. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.

Le llevé sus arepas temblando. Aquí tiene. Gracias, chama. Se comió las arepas. Tranquilo. Como si nada, como si no hubiera matado a nadie. pagó, dejó propina, se fue. Yo me quedé paralizada. Cuando terminó mi turno a las 11 pm, salí del restaurante y lo vi. Estaba en la esquina fumando, hablando por teléfono.

Lo seguí a distancia, por varias cuadras, entró a un edificio en la colonia Condesa, departamentos, tercer piso. Me quedé afuera. Mirando el edificio, ahí vivía el gordo, uno de los asesinos de mi familia en México, escondido, viviendo tranquilo, mientras yo lloraba todas las noches por mi esposo y mi hijo muertos.

Esa noche no dormí, pensé, planeé y tomé una decisión. iba a matar a el gordo y después iba a encontrar a los otros tres y los iba a matar a todos con lo único que sabía hacer bien, medicina. Si crees que María tiene derecho a venganza, comenta. Solo quedan 10 minutos de historia. Los siguientes días los pasé investigando a El gordo.

Descubrí su rutina. Iba al restaurante dos veces por semana, martes y jueves, siempre solo, siempre a las 8 pm. Vivía en el departamento 302 del edificio en Condesa. Solo trabajaba eh no sé en qué, pero tenía dinero. Ropa cara, reloj caro. Probablemente había huído de Venezuela con dinero robado del régimen.

Como muchos funcionarios de Maduro, yo era enfermera, conocía farmacología, sabía qué medicamentos eran letales, cómo usarlos, cómo hacer que pareciera muerte natural. El plan era simple. Conseguir insulina o cloruro de potasio, mezclarlo en su comida o bebida, muerte por paro cardíaco, parecería muerte natural. El 25 de enero de 2022, dos semanas después de verlo por primera vez, lo hice. Era martes.

El gordo llegó a las 8 pm, como siempre, pidió arepas y una polar. Yo fui a la cocina, saqué de mi bolsillo una jeringa pequeña con 40 unidades de insulina rápida. La había conseguido con una amiga venezolana diabética. Le dije que era para mi abuela. 40 unidades de insulina en una persona no diabética causa hipoglucemia severa. Coma, muerte.

Inyecté la insulina en su cerveza polar con la jeringa. Por debajo de la tapa nadie vio. Agité la botella suavemente. La insulina se mezcló. Le llevé su orden. Aquí tiene. Buen provecho. Gracias, chama. Se tomó la cerveza completa en 20 minutos. Comió sus arepas, pagó, se fue. Yo esperé a las 11 pm.

Cuando terminó mi turno, pasé por su edificio. Había una ambulancia, luces, paramédicos subiendo. Me acerqué. ¿Qué pasó? Un señor del tercer piso parece que le dio un paro cardíaco. Lo están bajando. Vi cuando lo sacaron en camilla, inconsciente, con oxígeno. Murió camino al hospital. Al día siguiente, los periódicos Hombre Venezolano de 45 años muere por paro cardíaco en la condesa. Posible infarto fulminante.

Nadie sospechó nada. Uno de cuatro. No sentí remordimiento, solo satisfacción y ganas de continuar. Ahora necesitaba encontrar a los otros tres. Durante los siguientes meses investigué. Pregunté en la comunidad venezolana en CDMX. ¿Conocen a venezolanos que trabajaron para el Cevín? y están escondidos aquí.

Poco a poco fui juntando información. En abril de 2022, 6 meses después de matar al gordo, encontré al flaco. Vivía en la colonia del Valle. Trabajaba como guardia de seguridad en una plaza comercial. Usaba nombre falso, pero lo reconocí por su cara, su voz. El 15 de mayo de 2022 lo envenené con cloruro de potasio mezclado en un jugo que le regalé de parte de una compatriota venezolana. murió esa noche.

Arritmia cardíaca fatal, 2 de cuatro. En agosto de 2022 encontré a el chino, el que había jalado el gatillo, el que ejecutó a Carlos con un disparo en la nuca. Vivía en Tlalpan, trabajaba de taxista. El 3 de septiembre lo envenené con digoxina, un medicamento cardíaco en sobredosis causa muerte por arritmia. Se lo puse en un café que le compré como agradecimiento por llevarme gratis porque somos paisanos.

Murió dos días después. Muerte súbita cardíaca, tres de cuatro. Quedaba uno. El capitán, el líder, el que había dado las órdenes, el más peligroso, el más cuidadoso. Lo busqué durante meses. De septiembre de 2022 a julio de 2023. Nada, nadie sabía de él. Hasta que en julio de 2023 una venezolana me dijo, “Hay un tipo que trabaja en una gasolinera en Itapalapa.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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