“TRAS LA CAÍDA DE MADURO”: Venezolana Envenenó A 4 Agentes De MADURO Que Huyeron A México
Mi esposo gritando, suéltenme, no he hecho nada. Después escuché a un hombre. Tú también vienes, chamo es un niño. Déjenlo gritó Carlos. Cállate, un golpe. Mi esposo dejó de gritar. Mamá, gritó Sebastián. La llamada se cortó. Salí corriendo del hospital. Subí a mi carro. Manejé a casa como loca. Cuando llegué, la puerta estaba destrozada, rota.
El apartamento destrozado, muebles volteados, vidrios rotos, sangre en el piso. Carlos y Sebastián no estaban, me habían quitado a mi familia. Llamé a la policía. No vinieron. Señora, si fue el Cevín, no podemos hacer nada. Llamé a abogados de derechos humanos. Señora, vamos a investigar, pero es difícil. El Cevín no responde a nadie.
Pasé tres días sin dormir, sin comer, solo buscando, preguntando, llamando. Nadie sabía nada o nadie quería decir nada. El 26 de abril, 4 días después del secuestro, un activista me llamó. María, encontramos a Carlos. ¿Dónde está? ¿Está bien? Silencio, María. Lo siento mucho. Carlos está muerto. Mi mundo se derrumbó.
¿Dónde? ¿Cómo lo encontraron en una carretera a las afueras de Caracas con un disparo en la nuca? Ejecución. Hay una nota del Sevin. Esto les pasa a los terroristas que se oponen al gobierno bolivariano. No pude ni llorar, solo caí al piso. Y Sebastián y mi hijo no lo encontramos, sigue desaparecido.
Mi esposo estaba muerto. Mi hijo desaparecido. Todo por protestar contra Maduro. Si esta historia te está destruyendo, suscríbete para más casos reales. Dale like. Continuamos. Los siguientes meses fueron un infierno. Enterré a Carlos el 28 de abril de 2018 en el cementerio del este en Caracas, su ataúdrado. No pude verlo.
El disparo en la nuca lo había desfigurado. En el funeral había agentes del Cevin vigilando, tomando fotos de todos los que asistían, buscaban a más opositores. Después del funeral seguí buscando a Sebastián. Fui a todas las sedes del Cevín en Caracas, a todas las cárceles, a todas las morgues. Nada. Sebastián había desaparecido, como otros miles de jóvenes en Venezuela bajo Maduro.
Desaparecido, forzado, sin rastro, sin cuerpo, sin nada. En agosto de 2018, 4 meses después, un contacto dentro del Cevín me habló en secreto. María, deja de buscar a tu hijo. ¿Por qué? ¿Sabes dónde está? Tu hijo está muerto, lo mataron la misma noche que a Carlos. Lo enterraron en una fosa clandestina. No vas a encontrar su cuerpo.
¿Quiénes? ¿Quiénes lo mataron? Un grupo del Cevín, cuatro agentes, los mismos que ejecutaron a Carlos. Dame nombres. No puedo, me matan. Por favor, necesito saber quiénes mataron a mi familia, dudó, pero me dio cuatro nombres en un papel escrito a mano. Estos son los cuatro. El líder se llama el capitán. Los otros tres son el flaco, el gordo y el chino.
Trabajan directamente para el régimen de Maduro. Son ejecutores, matan opositores, los desaparecen. ¿Dónde están? en Caracas, pero ten cuidado, son peligrosos, no puedes hacer nada contra ellos. El régimen los protege. Me fui con el papel en mi bolsillo. Cuatro nombres, cuatro asesinos, los que ejecutaron a mi esposo, los que mataron a mi hijo de 16 años.
Durante los siguientes meses intenté denunciarlos. Fui a fiscalías, a organizaciones de derechos humanos, a la ONU, a la OEA. Nadie hizo nada porque en Venezuela bajo Maduro, los agentes del Cevín son intocables. En diciembre de 2018 recibí amenazas. Deja de hablar o te matamos como a tu esposo. Llamadas anónimas, mensajes, seguimientos.
Sabía que si me quedaba en Venezuela me iban a matar. Enero de 2019 tomé la decisión más difícil de mi vida, huir de Venezuela. Dejé todo. Mi casa, mi trabajo, mi país, la tumba de Carlos, la memoria de Sebastián y escapé con una mochila, $500 y un papel con cuatro nombres. Crucé la frontera a Colombia, de Colombia a Panamá, de Panamá a México.
Llegué a Ciudad de México en marzo de 2019, refugiada, sola, destrozada, pero viva y con un objetivo, sobrevivir, reconstruir mi vida y algún día de alguna manera hacer pagar esos cuatro hombres. Comenta, ¿qué harías en el lugar de María? Dale like si sigues aquí. Llegué a Ciudad de México en marzo de 2019, una venezolana más, entre los cientos de miles de refugiados que oían del régimen de Maduro.
No conocía a nadie, no tenía dinero, no tenía papeles. Dormí en albergues para migrantes los primeros meses en la Mercedores comunitarios. Intenté trabajar como enfermera, pero sin papeles no podía. Mi título venezolano no servía en México. Necesitaba revalidarlo. Eso costaba dinero y tiempo. Así que trabajé en lo que pude, limpiando casas, cuidando niños, vendiendo arepas en la calle. Poco a poco junté dinero.
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