Daba el dinero, pero no se involucraba personalmente. Pero esta solicitud lo conmovió profundamente. Me dijo que visitaríamos a la muchacha. Fuimos al hospital donde estaba internada. Era un hospital público con paredes descascaradas y olor a desinfectante barato. La muchacha se llamaba Patricia. Estaba en una cama en un cuarto compartido con otras tres pacientes. Estaba muy delgada, pálida, con pañuelo cubriendo su cabeza porque había perdido el pelo por la quimioterapia, pero sus ojos brillaban de emoción cuando nos vio entrar.
El señor Mario se sentó en la orilla de su cama y le tomó la mano. Le habló con ternura, le contó chistes, le hizo reír. Patricia se olvidó por un momento de su enfermedad. Durante una hora fue solo una muchacha feliz conociendo a su ídolo. Le firmó autógrafos, le trajo flores, le prometió que volvería a visitarla y cumplió esa promesa. Durante los siguientes dos meses visitó a Patricia dos veces por semana. Le llevaba revistas, chocolates, le contaba sobre las filmaciones.
A veces solo se sentaba con ella en silencio, sosteniendo su mano mientras ella dormía. La familia de Patricia estaba abrumada de gratitud, pero también confundida. No entendían por qué Cantinflas dedicaba tanto tiempo a su hija. En diciembre, Patricia empeoró rápidamente. Una noche recibimos llamada urgente del hospital. Patricia estaba muriendo. Pedí ver al señor Mario una última vez. Salimos inmediatamente, aunque era la madrugada. Llegamos al hospital y corrimos a su habitación. Patricia estaba consciente, pero apenas podía hablar.
Su mamá y sus hermanos estaban alrededor de la cama llorando. El señor Mario se acercó a ella. Patricia lo miró y sonrió débilmente. Con voz apenas audible. le agradeció por haberla hecho feliz en sus últimos meses. Le dijo que moriría en paz sabiendo que su ídolo se había convertido en su amigo. El señor Mario le sostuvo la mano y le cantó suavemente una canción de cuna que su propia madre le cantaba cuando él era niño. Patricia cerró los ojos mientras él cantaba.
Su respiración se hizo más lenta, más superficial, hasta que finalmente se detuvo. Murió sosteniendo la mano del hombre que había sido su luz en la oscuridad de su enfermedad. El señor Mario siguió cantando unos segundos más, como si no quisiera aceptar que ella se había ido. Luego cayó y se quedó sentado junto a ella con la cabeza inclinada. La familia lloraba abiertamente. El señor Mario les ofreció pagar todos los gastos del funeral. Se fue del hospital con expresión devastada.
Durante el camino a casa no habló. Cuando llegamos, se encerró en su estudio. Yo escuché música triste toda la noche. No eran los pasos de insomnio, era alguien procesando pérdida otra vez. Al día siguiente me llamó a su estudio. Tenía ojos hinchados de llorar. Me dijo algo que me sorprendió. Me dijo que visitar a Patricia había sido más beneficioso para él que para ella. Verla enfrentar la muerte con valentía, verla mantener el buen humor a pesar del dolor, verla agradecer por cada día extra de vida, le había enseñado algo sobre el valor de la existencia.
Me dijo que él se quejaba constantemente sobre su vida, sobre no poder estar con su hijo, sobre vivir una mentira pública, pero tenía salud, tenía dinero, tenía comida en la mesa, tenía techo sobre su cabeza. Patricia no tenía nada de eso y aún así murió agradecida por haber vivido. Eso lo hacía sentir avergonzado de su autocompasión. La muerte de Patricia marcó un cambio en el señor Mario. Empezó a valorar más cada día, a quejarse menos, a enfocarse más en ayudar que en lamentar.
En enero de 1955 me anunció que quería expandir nuestro programa de ayuda. Ya no solo responderíamos a solicitudes, buscaríamos activamente gente que necesitara ayuda. Contratamos a dos personas más de confianza absoluta para que nos ayudaran a investigar casos. Yo supervisaba todo, reportaba directamente al señor Mario. Llegamos a ayudar a más de 100 familias por mes. Pagábamos operaciones, medicinas, funerales, rentas, becas escolares, lo que fuera necesario. El señor Mario dedicaba casi el 50% de sus ingresos a estas ayudas.
Una tarde le pregunté si no le preocupaba gastar tanto dinero. Él sonrió y me dijo que el dinero era solo papel, que no podía llevárselo a la tumba. que el único valor real del dinero era lo que podías hacer con él para mejorar vidas. Me dijo que moriría pobre si eso significaba que había ayudado a todos los que pudo. Esas palabras me hicieron amarlo aún más. No amor romántico, nunca fue eso. Era amor de respeto profundo, de admiración genuina por un ser humano excepcional disfrazado de comediante.
El mundo veía a Cantinflas, el payaso. Yo conocía a Mario, el hombre con corazón de oro que sufría en silencio mientras ayudaba a miles. En marzo de 1955, Rosalía anunció que se retiraba. Su salud no era buena y quería pasar sus últimos años con su familia. El señor Mario le dio una pensión generosa y una bonificación enorme. Rosalía lloró de agradecimiento. El día que se fue, me abrazó fuerte y me susurró, “Cuídalo, Elena. Ese hombre tiene corazón demasiado grande para este mundo cruel.
Me quedé sola como empleada doméstica principal. El señor Mario contrató una cocinera que venía tres veces por semana, pero el resto del tiempo éramos solo él y yo en esa casa enorme. Nuestra relación se volvió todavía más cercana. Yo no era solo empleada, era confidente, asistente, amiga, la única persona con quien podía ser completamente auténtico. Una noche de abril me llamó a su estudio. Estaba bebiendo whisky, algo que hacía raramente. Me ofreció una copa. Yo acepté aunque no era acostumbrada.
Nos sentamos en silencio por un rato. Luego él empezó a hablar de muerte. Me preguntó si yo creía en vida después de la muerte. Le dije que sí, que tenía que creer, porque si no, ¿qué sentido tenía todo este sufrimiento? Él me dijo que él no estaba seguro. A veces pensaba que si había algo después, pero otras veces pensaba que solo había vacío. Le aterraba la idea de morir y simplemente dejar de existir. Toda su fama, todo su trabajo, todo se olvidaría eventualmente.
En 100 años nadie recordaría quién fue Cantinflas. seríamos todos polvo. Le dije que eso no era verdad, que sus películas quedarían para siempre, que generaciones futuras seguirían riéndose con él. Él negó con la cabeza. Me dijo que las películas eran solo celuloides, que eventualmente se desintegrarían. Lo único que realmente quedaba de una persona era el impacto que tuvo en otras vidas y ese impacto era imposible de medir. Le pregunté si por eso ayudaba a tanta gente para dejar impacto.
Él pensó largo rato antes de responder. Me dijo que al principio sí, que ayudaba por culpa y por querer dejar legado, pero ahora ayudaba simplemente porque no podía no hacerlo. Ver a alguien sufriendo y tener capacidad de ayudar, pero elegir no hacerlo era imposible para él. se había vuelto parte de quién era. Esa noche conversamos hasta el amanecer. Hablamos de vida, muerte, significado, propósito, todo lo grande y terrible de la existencia humana. Cuando finalmente nos fuimos a dormir, el sol ya estaba saliendo.
Yo me sentía agotada, pero también llena. Esas conversaciones profundas alimentaban mi alma de formas que no sabía explicar. En mayo recibí noticia terrible. Mi mamá había muerto. Ataque cerebral repentino. Mis hermanos me llamaron llorando. El señor Mario me encontró llorando en mi cuarto. No dijo nada, solo me abrazó dejándome llorar. Luego me dijo que fuera a Guanajuato inmediatamente, que me tomara todo el tiempo que necesitara, que no me preocupara por nada. Me dio dinero para el funeral y me puso su carro con chóer a disposición.
Estuve dos semanas en mi pueblo. El funeral de mi mamá fue simple, pero digno. Toda la gente del pueblo que ella había conocido vino a despedirla. Contaban historias sobre su bondad, su trabajo duro, su sonrisa a pesar de la pobreza. Yo lloraba escuchando esas historias, dándome cuenta de que mi mamá había sido heroína silenciosa, igual que tantas mujeres mexicanas pobres. Mis hermanos ya eran hombres hechos y derechos. El mayor se había casado y tenía dos hijos. El segundo trabajaba en una fábrica en León.
El tercero había emigrado al norte buscando mejor vida. Todos habían salido adelante a pesar de la pobreza. Mi mamá había logrado su objetivo de crear hijos trabajadores y buenos. Podía descansar en paz. Cuando volví a la Ciudad de México, algo había cambiado en mí. Perder a mis dos padres me hizo consciente de mi propia mortalidad. Yo tenía 24 años, pero sabía que la vida podía terminar en cualquier momento. Decidí que mientras viviera haría que mi vida contara, igual que el señor Mario hacía que la suya contara ayudando a otros.
El señor Mario me recibió con preocupación genuina. Me preguntó por mis hermanos, me ofreció ayuda si la necesitaban. Le agradecí y le dije que estaban bien. Luego me senté con él en su estudio y le dije algo que había estado pensando durante mi viaje. Le dije que quería dedicar mi vida completa a ayudarlo con su trabajo de caridad. Ya no quería ser solo empleada doméstica. Quería ser su socia en esta misión de ayudar a México. Él se emocionó con mi propuesta.
me dijo que era exactamente lo que necesitaba, alguien totalmente comprometido con la causa. Me ofreció un salario mayor y me dio más responsabilidades. Desde ese día fui oficialmente su asistente ejecutiva para obras filantrópicas. Contratamos más empleados para la casa. Yo me dediqué completamente a coordinar las ayudas. Entre 1955 y 1960 ayudamos a miles de personas. Pagamos cientos de cirugías, miles de medicinas, cientos de funerales, miles de becas escolares. Construimos tres escuelas en zonas rurales. Financiamos dos clínicas médicas en barrios pobres.
Establecimos un fondo permanente para viudas y huérfanos. Todo en absoluto secreto. Nadie podía saber qué Cantinflas estaba detrás. El señor Mario estaba más feliz durante esos años que en cualquier otro momento desde que lo conocí. Tener propósito claro, sentir que su vida servía para algo más grande que su fama, le daba paz. Seguía filmando películas, seguía haciendo cantinflas en público, pero en privado era Mario Moreno, el filántropo secreto. En 1960 sucedió algo que lo alteró profundamente. Recibió carta de Marion.
Su hijo Mario Arturo acababa de cumplir 16 años. Era casi un hombre. Marion enviaba una foto. El muchacho era alto, guapo, con el bigote apenas creciendo, sonrisa segura. Se parecía tanto a su padre que era imposible negarlo. Marion escribía que el muchacho preguntaba cada vez más sobre su padre biológico. El padrastro le había contado que era adoptado. Ahora quería saber quién era su papá real. El señor Mario entró en crisis otra vez. Marion le preguntaba si quería que le revelara la verdad al muchacho, si quería conocer a su hijo como padre, no como tío.
Era decisión que debía tomarse ahora, porque pronto el muchacho sería adulto y tendría derecho a saber su propia historia. Pasamos semanas discutiendo las opciones. Por un lado, el señor Mario moría de ganas de que su hijo supiera la verdad, de poder tener relación real con él. Por otro lado, revelarlo significaba arriesgar escándalo público, destruir su carrera, manchar el nombre de su hijo con el estigma de bastardo de estrella de cine. Después de mucha agonía, tomó la decisión más dolorosa de su vida.
le escribió a Marion diciéndole que no revelara la verdad, que era mejor que su hijo siguiera creyendo que su padrastro era su verdadero padre, que creciera normal, sin la carga de ser hijo secreto de Cantinflas, que viviera su propia vida sin la sombra de la fama. Era el sacrificio final de amor paternal, renunciar a ser padre para proteger a su hijo. Cuando terminó de escribir esa carta, lloró durante horas. Yo me quedé con él en su estudio sin decir nada.
No había palabras de consuelo para una decisión así. Él acababa de renunciar voluntariamente a la única cosa que realmente quería la vida, una relación con su hijo. Lo hizo por amor. Ese es el tipo de hombre que era. Marion respondió semanas después. Respetaba su decisión. Le contó a su hijo que su padre biológico había muerto antes de que él naciera. El muchacho aceptó esa historia y siguió adelante con su vida. Nunca sabría que su padre vivía, que lo amaba desde lejos, que lo había estado protegiendo toda su vida.
Esa decisión cambió algo en el señor Mario. Se volvió más melancólico, más silencioso. Ya no había las conversaciones largas de antes. Se sumó más profundamente en el trabajo, filmando sin parar, ayudando a más gente. Era como si intentara llenar el vacío con actividad constante. En 1961 recibimos noticia que nos alegró. Rosa, la muchacha de Oaxaca que habíamos ayudado, se había casado. Su esposo había adoptado legalmente a su hija Elena. Ahora eran familia completa y feliz. Rosa nos invitó a la boda.
El señor Mario no pudo ir públicamente, pero fuimos disfrazados sentándonos al fondo de la iglesia. Ver a Rosa radiante en su vestido de novia, ver a su hija de 7 años como damita de honor, ver al novio mirando a Rosa con amor puro, todo eso nos llenó de alegría. habíamos ayudado a crear esa historia feliz. Esa familia existía y prosperaba porque el señor Mario había intervenido en el momento preciso. Esa era la recompensa real de todo nuestro trabajo.
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