Desde las 4 de la mañana hasta las 7 de la noche, 6 días a la semana, Lupita alimentaba a generaciones completas de trabajadores, estudiantes y familias humildes que [música] poblaban uno de los municipios más peligrosos del Estado de México. Nacida en Actopán, Hidalgo, en 1951. Lupita migró a Ecatepec en 1977 junto a su esposo Rigoberto, buscando mejores oportunidades en la zona conurbada de la Ciudad de México.
Instalaron el puesto con [música] un crédito de 1500 pesos que tardaron 3 años en pagar. Rigoberto trabajaba como albañil en obras de la autopista México Pachuca mientras Lupita levantaba el negocio desde cero. Tuvieron tres hijos. Carlos y Rosa emigraron a Estados Unidos en busca del sueño americano, mientras Patricia se quedó trabajando como cajera en una bodega aurrerá cercana.
En 2008, Rigoberto falleció por complicaciones de diabetes. Lupita quedó viuda, pero nunca dejó de trabajar. El puesto era su vida, su identidad, su razón de levantarse [música] cada madrugada. Los vecinos la conocían como la abuela de todos, porque durante décadas regaló tortillas calientes a niños sin recursos.
Mantuvo una libreta de cuentas fiadas con deudas de 20 años que jamás cobró y fue testigo silencioso de cómo Ecatepec se transformaba de un pueblo obrero en un territorio marcado por la violencia del crimen organizado. Pero lo que nadie sabía era que Lupita guardaba un secreto heredado de su infancia. Su abuela materna, una curandera zapoteca que vivió entre 180 y 1980, le enseñó los secretos de la herbolaria [música] tradicional mexicana.
Remedios para el empacho, tés para el mal de ojo, pomadas para dolores musculares y también en páginas escritas [música] con tinta café y marcadas con una cruz negra, las recetas de plantas que quitaban la vida. El que siembra vientos cosecha tempestades”, decía una frase que su abuela escribió a mano en una fotografía [música] desgastada que Lupita cargaba en su cartera desde hacía décadas.
Lupita vivía en una casa de interés social de dos recámaras junto a su hija Patricia y su nieta Dulce María, una niña de 12 años que estudiaba en la secundaria técnica número 89, ubicada a seis cuadras del puesto. Dulce era la luz de los ojos de Lupita. Cada mañana a las 7 en punto, la niña pasaba [música] por el puesto rumbo a la escuela con su uniforme impecable y su mochila del club América.
“Buenos días, Abué. ¿Me apartas gorditas de frijol para la tarde?”, decía con una sonrisa que iluminaba la calle todavía oscura. Lupita le daba un beso en la frente y 20 pesos para su lunch. “Para que comas bien, mi reina”, respondía siempre. Por las tardes, después [música] de clases, Dulce regresaba y se sentaba en la banquita de madera del puesto a hacer tarea mientras ayudaba a contar tortillas y atender a clientes.
Los sábados aprendía a preparar tortillas de colores usando remolacha para las rosas, espinaca para las verdes y jamaica para las moradas, que vendían en día de muertos y fiestas patronales. El sueño de Lupita era ahorrar 80.000 pesos para inscribir a Dulce en la preparatoria del Centro [música] de Estudios Científicos y Tecnológicos del Instituto Politécnico Nacional.
“Vas a ser enfermera, mija hija”, la primera profesionista de la familia Morales le decía con orgullo mientras amasaba la masa del día. Pero Ecatepec no era un [música] lugar para sueños tranquilos. Con 1,600,000 habitantes, el municipio registraba [música] uno de los índices de criminalidad más altos del país. Feminicidios, secuestros, extorsiones y enfrentamientos entre células [música] del cártel Jalisco, nueva generación y remanentes de la familia michoacana eran parte del paisaje cotidiano.La zona [música] norte estaba dividida
territorialmente y Avenida Central funcionaba como corredor comercial, donde [música] los sicarios cobraban cuotas semanales a cada negocio. Las carnicerías pagaban [música] 800 pesos, las tortillerías 500, las tiendas de abarrotes 300. Lupita pagaba religiosamente cada viernes. Sicarios jóvenes de entre 15 y 25 años llegaban en motocicletas Italica con placas sobrepuestas.
Tatuajes [música] en brazos y cuellos, miradas frías y pistolas fajadas en la cintura. Aquí está su cuota, joven decía Lupita entregando los billetes sin protestar. No quiero problemas, así están las cosas. Dulce, curiosa como toda niña, un día preguntó, “Awe. ¿Por qué les das dinero a esos muchachos?” Lupita acarició su cabello negro y respondió con tristeza, “Porque así nos dejan trabajar en paz, mi amor.
Algún día esto [música] va a cambiar.” Pero el cambio que llegó no fue el que Lupita esperaba. Y cuando llegó fue con el sonido de ráfagas de cuerno de chivo y el grito desgarrador de una abuela sosteniendo el cuerpo sin vida de su nieta en medio de la calle. 12 [música] de marzo de 2019. 6:45 de la tarde. Dulce María salió de casa de su amiga Fernanda después de terminar un trabajo escolar de ciencias naturales sobre la fotosíntesis.
Caminó tres cuadras por la colonia Jardines de Morelos, rumbo a avenida Central, para tomar la combi que la llevaría de regreso a su casa. El cielo todavía conservaba algo de luz. La calle Jacarandas estaba llena de vecinos regresando del trabajo, niños [música] jugando fútbol en banquetas, señoras cerrando puestos de fritangas.
A 800 m del puesto de Lupita, [música] en ese mismo instante, una suburba negra blindada con placas sobrepuestas aceleraba a 90 km porh, persiguiendo a un joven de 19 años apodado, el Tlacuache, integrante de la Unión Tepito, [música] que había invadido territorio del cártel Jalisco Nueva Generación, vendiendo cristal en la colonia Shalostock.
Dos motocicletas Yamaha escoltaban la camioneta. Los sicarios disparaban ráfagas de AK47 hacia el fugitivo que corría desesperado entre los autos estacionados. La Suburban rebasó una combi escolar a toda velocidad, casi volcándola contra un poste de luz. Los niños dentro gritaron aterrorizados.
Las motocicletas dispararon sin control. El tlacuache [música] intentó esconderse detrás de un puesto de tacos, pero las balas destrozaron las láminas del techo y quebraron los vidrios de tres casas vecinas. La gente se tiró al suelo. Madres cubrieron a sus hijos con sus cuerpos. Don Memo, dueño de una tlapalería, alcanzó a jalar hacia adentro a dos ancianos que caminaban por la banqueta.
Dulce María estaba en la acera equivocada. Cargaba su mochila del América en la espalda y su cuaderno de ciencias abierto en [música] las manos, repasando las notas que había tomado esa tarde. Una bala perdida calibre 7.62 impactó [música] en su espalda a la altura del pulmón izquierdo. La niña cayó de rodillas sin entender qué había pasado.
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