Miguel pasó su primera noche en el hospital rodeado de cables, sueros y monitores. La fiebre bajó lentamente, pero los médicos seguían vigilando su respiración con atención. Daniela no se separó ni un segundo de la puerta del cuarto, sentada en el suelo, abrazando a Víctor como si pudiera protegerlo de todo. Manuel Navarro no estaba preparado para eso. Nunca había pisado un hospital que no fuera para una junta o para algún chequeo rápido. Y ahora allí estaba, sentado en una silla incómoda de plástico, viendo como tres niños extraños, sucios y silenciosos, se habían convertido en su responsabilidad por una sola mentira.
“Soy su padre”, había dicho y con esa frase se encadenó a una historia que no le pertenecía. “¿Están bien?”, preguntó en voz baja mientras se acercaba con una bolsa de pan y jugo. Daniela lo miró con desconfianza. Tomó la comida, pero no agradeció. Tampoco le permitió acercarse demasiado a Miguel. No le des jugo a Víctor, le da dolor de panza. Dijo simplemente. Manuel asintió sorprendido. Esa niña tenía 11 años, pero hablaba como una adulta cansada. Pasaron tres días.
Miguel empezó a reaccionar. Sonreía débilmente, movía las manos, tomaba leche. Los médicos dijeron que era cuestión de tiempo para que se recuperara por completo. La pediatra, sin embargo, comenzó a hacer preguntas. Señor Navarro, ¿ha considerado una terapia familiar? ¿Usted cría a los tres solo? Sí, bueno, hace poco, respondió él dudando. Y la madre falleció. Lo siento mucho. ¿Y la escuela? ¿Ya están inscritos? Manuel evitó responder. Cada pregunta era una trampa, cada silencio una amenaza. Y entonces llegó el DIF.
Una trabajadora social, joven y seria, apareció con una carpeta en la mano. Se presentó como Laura Martínez. Nos llamaron del hospital. Procedimiento estándar cuando se trata de niños internados sin información médica previa. Queremos saber cómo están, dijo mirando a Manuel con ojo clínico. Él trató de mantener la compostura. Ya están mejor. Yo me estoy haciendo cargo. Laura ojeó la carpeta. Usted figura como el padre en la admisión. ¿Puede mostrarme el acta de nacimiento de los niños? Manuel tragó saliva.
No tenía nada, ni un solo documento. Pero antes de que pudiera responder, Daniela se levantó de su silla. No tenemos papeles porque los perdimos cuando mi mamá murió. Todo se quemó en un incendio dijo sin titubear con una firmeza que no parecía infantil. Laura la miró sorprendida. Tu mamá falleció. Sí, hace como tr meses. Desde entonces mi hermana me cuida. Mi hermana, ese detalle no lo pasó por alto Laura, pero lo dejó pasar por ahora. Bueno, si hay una figura paterna presente, no tenemos necesidad de intervenir, pero voy a tener que hacer una visita domiciliaria solo para constatar que los niños están en un entorno seguro.
Por supuesto, respondió Manuel con voz firme, aunque por dentro ya se imaginaba el desastre. Cuando salieron del hospital, Miguel aún débil en brazos, Daniela no quiso subir al auto de inmediato. ¿A dónde vamos? A mi casa, dijo Manuel. Y luego solo por unos días hasta que todo se acomode. Ella lo miró con esos ojos oscuros que ya lo habían detenido una vez. Si nos vas a dejar después, mejor déjanos ya. No supo que responder, solo abrió la puerta del auto y esperó.
El departamento de Manuel era amplio, moderno y frío, una vista panorámica de la ciudad, pisos brillantes, muebles caros, silencios que dolían. Daniela entró primero cargando a Víctor mientras Miguel dormía en brazos de Manuel. Miró todo con ojos grandes, sin decir nada, solo caminó directo hacia un rincón y se sentó en el suelo. Víctor la imitó. “Pueden sentarse en el sofá, no pasa nada”, dijo Manuel. Aquí estamos bien”, respondió ella. No era miedo, era costumbre. Esa noche fue un caos.
Miguel lloraba por fiebre intermitente. Víctor no quería dormir solo y Daniela insistía en no usar la cama que Manuel había preparado para ella. Se quedó dormida en el suelo, abrazada a sus hermanos, como lo había hecho cada noche desde que su madre murió. Manuel los observó desde la puerta del cuarto. Algo se quebraba lentamente dentro de él. Una incomodidad nueva, una culpa sin nombre. Al día siguiente, la trabajadora social llegó, revisó el lugar, tomó notas, preguntó por la rutina de los niños, por sus alimentos, por su higiene.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.