¿Te quedas con uno? Susurra la niña entre lágrimas. Millonario se queda helado al ver a una niña de la calle cuidando a dos bebés. La llovisna había comenzado otra vez, delgada y helada como agujas en la piel. Daniela apretó los dientes para no tiritar mientras se acurrucaba junto a sus hermanos, cubriéndolos con el pedazo de cobija raída que su madre les dejó antes de morir. La construcción abandonada donde vivían era apenas un esqueleto de concreto, sin paredes completas, sin puertas, sin nada que detuviera el viento.
A veces entraban perros callejeros, otras veces algo peor. Hombres borrachos buscando un lugar para dormir o algo que tomara la fuerza. Miguel, el más pequeño, apenas tenía un año. Estaba caliente, demasiado caliente. Llevaba dos días sin comer bien. Su llanto era apenas un susurro y su piel ardía como brasas. Víctor, de tres años, se abrazaba al cuerpo de Daniela dormido con las mejillas sucias y la ropa empapada. “No te me mueras, miguelito, por favor”, susurró ella, sintiendo cómo le temblaban las manos.
Ya no tenía a quien pedirle ayuda. Ya había robado una fruta esa mañana y casi la golpean. Ya había revisado los basureros de los restaurantes, pero solo encontró huesos secos y bolsas con Moo. No podía esperar más. No podía ver a su hermano arder en fiebre otra noche. Salió cargando a Miguel envuelto como pudo en su suéter más seco y tomó a Víctor de la mano. Caminaron así empapados, cruzando las calles oscuras de Medellín, hasta que el paisaje cambió.
Las casas se volvieron edificios, los techos se llenaron de luces cálidas y los autos eran limpios, brillantes, caros. Llegaron a una zona que Daniela siempre evitaba. El distrito financiero sabía que aquí los niños sucios como ella eran vistos como plaga, pero también sabía que aquí estaba la gente que tenía lo que ella necesitaba. Calor, comida y quizás una oportunidad para salvar a Miguel. Entró con miedo en una cafetería elegante donde el aire olía a café tostado y pan recién horneado.
Todos la miraron. Una niña mugrosa con un bebé en brazos y otro niño descalzo a su lado. La hostilidad fue inmediata. Una mujer se levantó molesta. Un mesero se acercó. No puedes estar aquí, niña dijo con firmeza. Sal, por favor. Mi hermano está enfermo. Si se está muriendo dijo Daniela con voz temblorosa. Solo necesito que alguien me ayude. Nadie respondió. Solo la miraban, algunos con disgusto, otros con indiferencia. Daniela bajó la mirada sintiéndose invisible otra vez y entonces él la vio.

Desde una mesa en la esquina, un hombre con traje oscuro, reloj brillante y expresión de mármol alzó la vista de su celular. Manuel Navarro, empresario millonario, temido por sus empleados y evitado por sus familiares. El tipo de hombre que siempre tenía prisa, que nunca sonreía, que hacía temblar salas de juntas con una sola palabra. Él no se movió, no habló, solo observó algo en los ojos de esa niña, grandes y oscuros como pozos sin fondo, lo desarmó por dentro, aunque no lo entendió en ese momento.
El mesero intentó empujarla, pero Manuel levantó la mano. Espera dijo. Todos se quedaron en silencio. Manuel se puso de pie, caminó hacia ella. Daniela retrocedió un paso con los ojos muy abiertos. ¿Qué le pasa al niño? Preguntó él. Tiene fiebre desde ayer. No come, no se mueve. No tengo a dónde ir, contestó ella sin parpadear, aunque su voz se quebró al final. Manuel la miró. Miró al bebé. El niño sudaba, tenía la piel roja, los labios resecos, un escalofrío le recorrió la espalda.
“Vamos”, dijo finalmente. “¿A dónde?” “Al hospital.” Daniela dudó. Nadie hacía eso. Nadie ayudaba sin pedir nada a cambio. ¿Por qué? No lo sé, pero si no lo llevamos ahora, no va a sobrevivir la noche. Subieron a su camioneta negra, lujosa y silenciosa como un avión. Daniela no soltó a Miguel ni un segundo. Víctor miraba todo con asombro, con la boca abierta. El hospital privado más cercano los recibió de inmediato. Manuel entró cargando al bebé, seguido por la niña empapada y el niño pequeño, mientras los médicos se acercaban corriendo.
“Nombre del paciente”, preguntó una enfermera. “Miguel, no sé sus apellidos completos”, dijo Manuel nervioso por primera vez en años. “¿Usted es el padre?” El silencio se volvió denso. Daniela lo miró. Sus ojos suplicaban. Sí, dijo Manuel de pronto. Soy su padre. La enfermera no preguntó más. Llamaron a pediatría urgente. Ingresaron al bebé entre luces blancas, camillas y tubos de oxígeno. Miguel ya no respondía. “Necesitamos que firme esto”, dijo una doctora extendiéndole una hoja. “Autorización para tratamiento.” Manuel miró el papel.
Su nombre no iba allí. No conocía el apellido real de los niños. No conocía nada de ellos y aún así su mano firmó. Daniela lo observaba desde la silla con los pies colgando, la ropa mojada y los ojos abiertos como faros en la noche. En su vida corta había aprendido a no confiar, a no llorar frente a extraños, a no esperar que alguien se quedara. Pero ese hombre, con cara de piedra y traje caro, había mentido por ellos y eso no se lo iba a olvidar nunca.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.