—¿Por qué sería locura? —preguntó él, sorprendiéndose de su propia curiosidad.
—¡Ocho niños! Y esa mujer… llegó hace tiempo, sí, trabaja como mula, pero… —Doña Pilar bajó la voz— dicen que “viuda” no es exactamente.
La frase se le quedó clavada. Héctor se fue a su casa con el zócalo aún zumbándole en la cabeza.
Esa noche, el silencio de su comedor le pareció… más grande que la casa.
El miércoles, sin avisar a nadie, se puso el abrigo grueso y caminó hasta la calle del templo, donde estaba el cobertizo de don Pancho. La “casa” de Mariana.
Era peor de lo que imaginó.
Tablas separadas por rendijas, techo de lámina que lloraba aire frío. Adentro, una lámpara de aceite temblaba. Héctor oyó risitas apagadas, instrucciones, un llanto de bebé… el sonido de una familia sobreviviendo apretada.
Tocó.
La puerta se abrió y Mariana apareció, alerta, como si el mundo siempre viniera a pedirle algo.
—Don Héctor.
—Necesito ver con mis ojos antes del viernes —dijo él—. Si me permite.
Mariana dudó un segundo y luego abrió más.
Adentro, el calor era poquito pero honesto. Una mesa pequeña, dos bancos, una estufa improvisada. Ximena salió cargando a Benjamín con una dignidad que no combinaba con sus quince años.
—Buenas tardes —saludó, educada.
Los demás niños asomaron como animalitos curiosos, pero sin desorden. Héctor sintió algo raro: respeto. No por él, sino por la forma en que esa familia se movía como una sola cosa.
Mariana le ofreció el banco cerca de la estufa.
—Toño —llamó—. Quédate. Los demás, al cuarto.
Toño se recargó en la pared con los brazos cruzados. Miró a Héctor como si fuera un examen.
—Dime la verdad —le soltó Héctor, sin rodeos—. ¿Qué piensas de la propuesta de tu mamá?
Toño no titubeó.
—Que mi mamá está desesperada —dijo, y Mariana cerró los ojos un segundo, como si le doliera oírlo en voz alta—. Y que usted está solo. Podría funcionar… si los dos son honestos y si usted… —tragó saliva— si usted no se va.
La palabra irse dejó un eco.
—¿Cuántos hombres han pasado y se han ido? —preguntó Héctor, y Mariana se quedó rígida.
—Dos —admitió ella al fin—. Uno huyó en cuanto supo cuántos eran. El otro aguantó unas semanas. Dijo que no podía con el ruido.
Toño lo miró de frente.
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