Fernanda lo miró fijamente.
—Una noche de fiesta, tú habías bebido demasiado. Ella te quiso desde el principio. Aprovechó esa noche. Te buscó después, pero ya habías desaparecido.
Tras eso vino la historia que lo destrozó: una familia religiosa, la vergüenza, Beatriz trabajando embarazada, llorando de noche, sin apoyo. El bebé nacido en un día de lluvia. Luego, la decisión imposible: dar al niño en adopción a alguien de confianza para evitar que fuera a un orfanato. La enfermedad cardíaca, la tristeza, la muerte de Beatriz con solo 23 años.
—¿Y el niño? —preguntó Antônio con la voz rota—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Está vivo?
Helena y Fernanda se miraron.
—El niño nunca salió de la familia —dijo la abuela, al fin—. Beatriz nos pidió que lo criáramos. Lo registramos como hijo de Fernanda. Ese niño creció creyendo que su padre lo había abandonado. Ese niño… es Lucas.
El tiempo pareció detenerse. Antônio giró la cabeza hacia el acuario. Allí estaba Lucas, riendo con Pedro, tocando el vidrio mientras un pez enorme pasaba frente a ellos. El mismo brillo en los ojos, la misma forma de fruncir el ceño cuando se concentraba, la misma dignidad silenciosa.
—¿Lucas… es mi hijo? —susurró.
—Biológicamente, sí —respondió Helena—. Pero quien lo ha criado somos nosotras. Quien ha estado levantándose de madrugada cuando tenía fiebre, quien ha trabajado en tres casas para que comiera, ha sido Fernanda.
Antonio sintió la culpa como un peso físico. Tenía un hijo y nunca lo supo. Un hijo que lo había salvado sin saber quién era. Un hijo enfermo del corazón, como su madre. Un hijo que había crecido en la pobreza mientras él acumulaba fortuna.
—Quiero decirle la verdad —dijo—. Quiero ser su padre.
—No así, de golpe —respondió Fernanda rápidamente—. Lucas solo tiene diez años. Si ahora le dices que toda su vida era una mentira, lo vas a destrozar. Déjale conocerte primero. Sé presente. Y cuando esté preparado, le contamos todo.
Helena añadió con firmeza:
—Puedes haberle dado la vida, pero la infancia se la dimos nosotras. Si vas a entrar en su mundo, será con respeto y paso a paso.
Antônio asintió. Tenían razón. Sabía de negocios, pero no sabía nada de ser padre. No quería arrancarle al niño la seguridad que, con tanto esfuerzo, habían construido.
Entonces Helena habló de algo más: la arritmia hereditaria de Lucas, los tratamientos caros, las medicinas que a veces no podían pagar, su propia enfermedad, la lucha diaria por sobrevivir. Y algo dentro de Antônio se reorganizó por completo.
—No es caridad —dijo, cuando Fernanda intentó negarse a su ayuda—. Es mi responsabilidad. Yo causé parte de este dolor sin saberlo. Ahora que lo sé, no voy a mirar hacia otro lado.
Aquella noche, tres adultos cansados y heridos, y un hombre rico cargado de culpas, hicieron un pacto silencioso: cuidar juntos de ese niño honesto que, sin darse cuenta, había unido sus historias.
Los días siguientes, Antônio se movió rápido. Investigó a fondo a Rodrigo y descubrió la verdad: el gerente vendía información a la competencia y planeaba entregar los documentos que Lucas había encontrado. En una reunión con todos los directores, lo expuso delante de todos, no solo por la traición, sino por haber humillado a un niño que había hecho más por la empresa en cinco minutos que él en años. Rodrigo salió escoltado del edificio, y esa puerta se cerró para siempre.
Al mismo tiempo, se abrió otra. António consiguió los mejores médicos para Helena y para Lucas. A Fernanda le ofreció un buen puesto administrativo, con horario digno y seguro médico. Inscribió a Lucas en una escuela mejor, le compró los libros que siempre había querido y, sobre todo, empezó a pasar tiempo con él: enseñándole a leer números, a entender cómo funcionaban los negocios, escuchando sus ideas, dejándolo hacer preguntas.
Para Lucas, Antônio era “el señor de la empresa”, un mentor, un adulto que por primera vez lo miraba sin pena ni desprecio. No sabía que, en realidad, era su padre. Pero sentía, en el fondo, que entre ellos había un vínculo distinto.
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