Lucas sintió las lágrimas queriendo salir, pero se obligó a tragar el llanto. No iba a llorar delante de ellos.
—No quiero dinero —susurró—. Solo vine a devolverlo.
Rodrigo puso la mano en el bolsillo y sacó unas monedas.
—Toma, dos reales para un bocadillo, y desaparece. Estamos “a mano”.
La humillación le quemó la cara. Lucas sintió que algo se rompía por dentro. No sabía cómo responder, las palabras se le trababan en la garganta. Se limitó a apretar los puños. Lo único que él quería era hacer lo correcto.
Lo que nadie en el hall sabía era que alguien lo observaba todo desde el segundo piso. Detrás de un gran ventanal, un hombre mayor de cabello gris seguía cada gesto, cada palabra, en silencio. Era Antônio Mendes, dueño de la empresa. A sus 67 años había aprendido que el verdadero carácter de una compañía no estaba en los informes ni en las cifras, sino en la forma en que se trataba a las personas que llegaban por la puerta. Y lo que estaba viendo le revolvía la sangre.
Cuando vio a Rodrigo ridiculizar al niño y tirar el sobre como basura, salió de su despacho y empezó a bajar las escaleras. Sus pasos firmes fueron llenando el hall de un silencio incómodo. De repente, todos se dieron cuenta de quién se acercaba.
—Rodrigo —su voz cortó el aire como un cuchillo.
El gerente se giró y, en un segundo, la soberbia desapareció.
—Señor Antônio… yo solo estaba… solucionando una situación.
—Yo vi exactamente qué estabas haciendo —respondió el dueño, sin subir el tono, pero con una dureza que hizo que varios se encogieran en su sitio.
Se acercó a la recepción, tomó el sobre amarillo y lo abrió. A medida que leía, su expresión cambió. Eran documentos confidenciales, los mismos que llevaba dos días buscando: papeles de una negociación millonaria que, en manos equivocadas, podían arruinar años de trabajo.
El silencio se hizo absoluto.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó a Lucas, pero su voz era totalmente distinta a la de los demás: era suave, respetuosa.
—Volviendo de la escuela, señor —contestó el niño, aún inseguro—. Estaba en el suelo, cerca de la lanchonete del señor Jorge, en la calle de las Acacias. Vi el logo de la empresa y creí que debía traerlo.
—¿Y por qué no te lo quedaste? ¿Por qué no pediste una recompensa?
Lucas lo miró, confundido.
—Porque no es mío, señor. Mi abuela dice que solo podemos quedarnos con lo que nos pertenece. Lo demás hay que devolverlo.
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