—¡Mira, mami! ¡Una gallina!
Marisol levantó la vista. En medio del camino, picoteando como si nada, había una gallina blanca. No era común verla tan lejos del pueblo, menos sola. La gallina alzó la cabeza, las miró un segundo—sí, Marisol sintió que la miró—y luego se echó a andar por una vereda entre matorrales.
Fue una tontería, pensó. Una gallina no te salva la vida. Pero también pensó otra cosa, más profunda y desesperada: cuando ya no te queda nada, hasta una tontería puede ser señal.
—Vamos por ahí —decidió, y cambió de dirección.
Renata frunció el ceño, pero no discutió. En esos meses había aprendido a leer a su madre: cuando Marisol hablaba así, firme, era porque se estaba sosteniendo a sí misma.
La gallina las guió durante varios minutos, atravesando un terreno seco, hasta que entre unos árboles viejos apareció una casita. Pequeña, de adobe maltratado y madera vencida. El techo de lámina oxidada parecía a punto de rendirse. Las ventanas eran huecos sin vidrio, como ojos vacíos. A un costado, un carro viejo sin llantas se deshacía bajo el sol.
La gallina corrió directo al porche y se perdió entre otras aves.
Marisol sintió que el corazón le golpeaba. Empujó la puerta colgante y asomó la cabeza. Adentro olía a humedad, polvo, abandono. Había muebles rotos, telarañas, una mesa coja. Pero había techo. Había paredes. Había suelo.
—Quédense aquí —les dijo a las niñas, y entró sola, con el miedo en la garganta.
Revisó rápido. No había huellas recientes. No había basura nueva. Era una casa olvidada.
Cuando salió, el sol ya estaba por esconderse. Marisol se arrodilló en la tierra, juntó las manos y por fin dejó caer las lágrimas que había guardado todo el día.
—Gracias… aunque sea esto. Gracias por un techo.
Renata y Sofía se le colgaron del cuello y ese abrazo fue lo único caliente en un mundo frío.
Esa noche durmieron juntas sobre un colchón viejo que encontraron en una esquina. La manta apenas alcanzaba, pero se envolvieron una con otra, como si pudieran hacerse casa con sus propios cuerpos. Afuera, las gallinas cacaraqueaban de vez en cuando, y en vez de darles miedo, a Marisol le sonaron a compañía.
En el techo había agujeros por donde entraba la luz de la luna. Marisol miró esa luz y pensó en la otra luz: la de Raúl entrando por la puerta, cansado, pero vivo. Se mordió el labio para no sollozar y se prometió algo en silencio: “No me voy a morir de tristeza. Mis hijas no.”
Al amanecer la despertó el hambre, filosa. Dejó a las niñas dormidas y salió a explorar. Detrás de la casa encontró un pedacito de huerto abandonado: calabazas secas, hierbas silvestres. “Algo es algo”, murmuró. El problema era cocinar.
Volvió y revisó con más calma. En la cocina halló una olla de barro agrietada pero útil. Y entre escombros, un encendedor oxidado. Lo giró con manos temblorosas: una llamita azul apareció como milagro pequeño.
Hizo un fogón con piedras, juntó ramas, puso agua y echó las calabazas. Cuando las niñas despertaron, el caldo ya hervía.
—¿Qué haces? —preguntó Sofía, con ojos de sueño.
—Desayuno, mi amor —dijo Marisol, y sonrió como si el mundo no estuviera roto.
Comieron sorbiendo de la olla, turnándose. No sabía a mucho, pero era caliente. Sofía sonrió de verdad por primera vez en días.
Ese mismo día, Renata descubrió algo en la cajuela del carro viejo: tubos oxidados, alambres, una bomba manual.
—¿Para qué es? —preguntó.
Marisol los miró sin entender al principio, y luego recordó a Raúl arreglando una bomba de agua en casa de un vecino. “Es sencillo… si sellas bien, el agua camina”, le había dicho.
Esa noche, Marisol salió con una vela y caminó alrededor del terreno. A unos metros, escuchó un murmullo. Siguió el sonido y encontró un arroyo escondido entre piedras. Se arrodilló, metió las manos y probó el agua. Era dulce, limpia.
De regreso, mirando los tubos y la bomba, una idea empezó a armarse como rompecabezas: agua + tierra + trabajo = comida.
Al día siguiente, se levantó con una determinación que no sabía que aún tenía.
—Voy a traer agua del arroyo hasta aquí —anunció.
Renata la observó como si su mamá acabara de decir “voy a mover un cerro”.
—¿Cómo?
—Como me enseñó tu papá… aunque yo no lo aprendí bien. Pero lo vamos a intentar.
Renata se sentó a su lado, tomó un trapo y empezó a limpiar un tubo.
—Te ayudo.
Sofía también se sumó, espantando gallinas curiosas y recogiendo piedras para sostener la línea de tubos. Les sangraron los dedos, se les llenaron las uñas de tierra. Hubo un momento en que Marisol sintió que no iba a poder. Los tubos no encajaban, había fugas. Entonces Sofía encontró una caja con cinta vieja y alambre.
—¡Mira, mami!
Cuando todo estuvo listo, Marisol agarró la manija de la bomba y empezó a subirla y bajarla. Nada. Solo un chillido de metal cansado. Siguió. Renata puso sus manos encima de las de su madre y empujó también. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Hasta que, de pronto, un gorgoteo… y el agua salió, irregular, pero real, cerca de la casa.
Sofía gritó como si hubieran descubierto un tesoro.
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