Marisol Ortega caminaba por la orilla de la carretera como si cada paso fuera una negociación con el mundo: “uno más… uno más… por mis niñas”. A su izquierda, Renata, de ocho años, apretaba los labios para no llorar; a su derecha, Sofía, de seis, arrastraba las sandalias rotas y soltaba un quejidito que a Marisol le atravesaba el pecho como aguja.
El sol caía sobre los cerros de Jalisco con ese naranja bonito que en otro tiempo habría sido promesa de tarde tranquila. Pero ese día solo era aviso: en unas horas sería noche, y ellas no tenían dónde dormir.
Las habían echado del cuartito que rentaban por “tres meses atrasados”, con la misma frialdad con la que se barre polvo de una banqueta. Marisol había suplicado, había ofrecido limpiar, cocinar, pagar de a poco… El dueño ni siquiera la dejó terminar. “Aquí no es albergue.” Cerró la puerta y con eso cerró también la última idea de seguridad que le quedaba.
En una bolsa de manta llevaba todo lo que aún podían llamar suyo: dos mudas, un jabón partido a la mitad, una foto doblada de Raúl—su esposo—sonriendo con casco de construcción, y una manta vieja. Eso era su mundo. Y el mundo, a cambio, le ofrecía puro viento.

—Mamá… tengo hambre —susurró Sofía, como si tuviera vergüenza de necesitar.
Marisol tragó saliva. Al mediodía habían compartido una tortilla entre las tres. Eso ya era recuerdo.
—Aguanta poquito, mi vida… —dijo, intentando que su voz sonara como antes, como cuando Raúl estaba vivo y ella prometía cosas sin miedo.
El nombre de él se le encendió adentro. Raúl había muerto seis meses atrás, aplastado por un derrumbe en una obra. “Indemnización”, habían dicho. “Nos haremos responsables”, habían jurado. Luego, nada: patrón desaparecido, números que ya no contestaban, papeles que se perdieron “en el sistema”. Y ella quedó sola con dos manos, dos hijas y una sensación constante de que la vida era una puerta que se cerraba en la cara.
Siguieron avanzando en silencio hasta que Sofía se detuvo de golpe.
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