El día de la boda de mi hermana Lucía debía ser perfecto. Eso decía mi madre, Carmen, mientras me ajustaba el vestido barato que ella misma eligió para mí, como si fuera una sirvienta más en la familia. Mi padre, Rafael, ni siquiera me miró cuando llegué al salón del restaurante El Mirador, donde yo trabajaba desde hacía tres años.
Yo no sabía que ellos habían reservado allí. Cuando vi el cartel de “Boda de Lucía y Daniel” en la entrada, el estómago se me hundió. Intenté dar media vuelta, pero Javier, mi jefe, me vio y me llamó con la mano.
—Sofía, hoy necesitamos a todos. Hay un evento grande. —Su voz era amable, pero firme.
Yo tragué saliva.
—Javier… esa boda… es de mi familia.
Él frunció el ceño, sorprendido, pero no dijo nada. Me envió a la zona VIP, donde estaban los invitados más importantes. Y ahí los vi: mi madre con su sonrisa falsa, mi padre con su mirada de hielo, y mi hermana, radiante, vestida de blanco como una reina.
Lucía me vio y apenas levantó una ceja, como si yo fuera un error de decoración.
Mi padre golpeó la mesa con los dedos y dijo alto, para que todos oyeran:
—Mírala. La camarera llegó.
La gente se giró. Me ardieron las mejillas.
—Papá… —susurré, intentando mantener la compostura.
Él se inclinó hacia mí con desprecio.
—Eres camarera. Entonces sírvenos. Esta es la mesa de la familia. —Escupió la palabra “familia” como si yo no mereciera pertenecer.
Familia
Mi madre añadió, sin mirarme a los ojos:
—No hagas drama, Sofía. Haz tu trabajo. Hoy es el día de tu hermana.
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