
—Te vienes conmigo. No voy a dejar que pases frío.
Dentro de la casa, se sentaron junto a la chimenea, envueltos en cobijas, escuchando la lluvia mientras algo profundo e inexplicable tomaba forma entre ellos.
—¿Nunca te has sentido solo aquí? —preguntó Isabela.
—Siempre creí que la soledad era una elección —respondió Diego—, pero esta noche me hizo entender que quizá solo estaba esperando.
—¿Esperando qué?
—Esperarte a ti.
Un nuevo comienzo
Al amanecer, la tormenta había pasado. Isabela despertó con la cabeza apoyada en el hombro de Diego. Prepararon el desayuno juntos, un gesto sencillo que a él le pareció extraordinario.
Cuando ella dijo que debía irse, Diego sintió que el pánico lo invadía.
—Quédate.
—¿Qué dices?
—Quédate conmigo. Hay trabajo, hay espacio… y si tú quieres, podríamos casarnos.
La propuesta era simple, sincera y llena de esperanza.
Isabela vio en sus ojos la misma soledad que llevaba en su propio corazón.
—Sí… me quedaré.
Amor, familia y futuro :
Los días siguientes transformaron el rancho. Isabela llenó la casa de vida: flores, nuevos platillos y alegría. Trabajaron juntos, planearon su boda y el amor creció poco a poco.
La ceremonia fue sencilla, pero perfecta.
Esa noche compartieron su primera intimidad con ternura, respeto y descubrimiento. No fue perfecta, pero fue real.
Pasaron los meses y el rancho prosperó. Un año después de la tormenta, Isabela le anunció a Diego que estaba embarazada.
Él lloró de felicidad.
La tormenta que alguna vez trajo miedo había marcado, en realidad, el comienzo de todo.
El rancho ya no era el refugio de un hombre solitario: se había convertido en el hogar de una familia en crecimiento. Diego comprendió por fin que su vida nunca había estado completa.
Solo estaba esperando a que Isabela llegara para empezar de verdad.
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