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Milei llama escoria al pueblo colombiano y PETRO le da una lección brutall

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Usted confía en el individualismo como motor del progreso. Yo valoro la fuerza de la acción colectiva. Son diferencias legítimas que merecen debate. Pero llamar que escoria a un pueblo entero no es debatir, es negar la posibilidad misma del diálogo democrático. Mientras Petro hablaba, las redes sociales estallaban.

Fragmentos de su discurso se viralizaban en tiempo real. El hashtag na no somos escoria se convertía en tendencia global. Miles de colombianos, independientemente de su posición política, compartían el mensaje con orgullo nacional, herido, pero dignidad intacta. Colombia y Argentina son naciones hermanas, continuó Petro, su tono volviéndose más conciliador.

Compartimos historia, cultura, desafíos. Hemos acogido a miles de argentinos que buscaron refugio durante la dictadura. Miles de colombianos han encontrado en Argentina un segundo hogar. Nuestros pueblos están unidos por lazos que trascienden a los gobiernos de turno. En ese momento, Petro hizo algo inesperado, dejó el podio y caminó hacia la delegación argentina.

Las cámaras siguieron su movimiento con asombro. se detuvo frente a mi ley extendió su mano. “Le reitero mi invitación a visitar Colombia”, dijo, esta vez dirigiéndose directamente a él, no como adversario ideológico, sino como líder de un país hermano. Venga y compruebe por sí mismo que no somos escoria, somos un pueblo con dignidad, con historia, con futuro.

El momento era eléctrico. Los fotógrafos disparaban sus cámaras frenéticamente. Los delegados contuvieron el aliento. Mi ley miró la mano extendida, claramente descolocado por este gesto que rompía todos los protocolos diplomáticos. Por un instante que pareció eterno, mi ley dudó. Su expresión revelaba un conflicto interno.

Finalmente, en un gesto que sorprendió a propios y extraños, se puso de pie y estrechó la mano de Petro. No fue un apretón entusiasta ni cálido, pero fue un gesto de reconocimiento básico, un mínimo acto de civilidad recuperada. Los presentes aplaudieron espontáneamente, no tanto por simpatía hacia uno u otro líder, sino por el alivio de ver que la diplomacia, aunque herida, seguía viva.

Petro regresó al podio mientras Miley volvía a sentarse, visiblemente incómodo, pero ya sin la hostilidad inicial. Este simple apretón de manos, dijo Petro retomando su discurso, es más valioso que 1000 discursos incendiarios. Es un recordatorio de que más allá de nuestras diferencias seguimos siendo capaces de reconocernos como iguales.

Algunos de los delegados de países más conservadores que habían recibido con cierta simpatía las críticas de mi ley al socialismo, ahora asentían ante las palabras de Petro. El presidente colombiano había conseguido algo notable, hacer que incluso sus adversarios ideológicosreconocieran la dignidad de su posición. Señoras y señores, Petro comenzó a cerrar su intervención.

Vivimos tiempos de polarización extrema. La tecnología que prometía conectarnos nos ha dividido en burbujas ideológicas donde solo escuchamos lo que ya creemos. Los algoritmos amplifican nuestras diferencias. y silencian nuestros puntos en común. En este contexto es fácil caer en la tentación de la descalificación, del insulto, de la negación del otro.

Las cámaras mostraban ahora a la delegación colombiana. Sus rostros reflejaban un orgullo tranquilo, una dignidad recuperada tras el insulto inicial. No había arrogancia en sus expresiones, sino la serenidad de quienes se sienten bien representados. Pero si queremos enfrentar los desafíos globales que no conocen de fronteras, el cambio climático, la desigualdad, las migraciones masivas, el crimen transnacional, necesitamos recuperar la capacidad de dialogar a través de nuestras diferencias. Necesitamos menos

gritos y más escucha, menos dogmatismo y más pragmatismo, menos insultos y más argumentos. Petro hizo una última pausa observando el rostro de cada uno de los líderes presentes. Colombia no espera que todos compartan nuestra visión del mundo. Solo pedimos respeto, el mismo respeto que ofrecemos a quienes piensan diferente.

Porque al final, como dijo nuestro premio Nobel Gabriel García Márquez, lo único que pedimos es una segunda oportunidad sobre la tierra. El discurso de Petro concluyó con un estruendoso aplauso que se extendió por varios minutos. Incluso delegaciones que normalmente mantenían distancia con el mandatario colombiano se pusieron de pie, reconociendo no necesariamente su posición ideológica, sino la dignidad con la que había respondido a un ataque frontal.

Mientras bajaba del podio, Petro fue recibido por la vicepresidenta y su equipo diplomático, quienes lo felicitaron discretamente. Las cámaras captaron algo inusual. Varios delegados de distintos países se acercaban a la comitiva colombiana para expresar su apoyo. Entre ellos, sorprendentemente, se encontraban representantes de naciones que mantenían gobiernos de derecha.

Mi ley, por su parte, permanecía sentado con expresión indescifrable. Su equipo lo rodeaba aparentemente sugiriéndole estrategias para manejar la situación. El contraste era evidente. Mientras Petro se movía con naturalidad entre los asistentes recibiendo felicitaciones, mi ley parecía aislado, confinado a un pequeño círculo de colaboradores.

Los periodistas presentes en la sala no perdían detalle. Los corresponsales internacionales transmitían en vivo para sus respectivos países, analizando lo que muchos ya describían como un momento histórico en las relaciones latinoamericanas. Estamos presenciando algo extraordinario”, comentaba Ana Lucía Martínez, reconocida periodista mexicana para su cadena televisiva.

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