Mi hermana y yo saltamos de la cama y corrimos hasta la habitación de nuestro padre. Detrás de la puerta, escuchamos la voz temblorosa de Larissa:
—¡No! Por favor… ¡no hagas eso!
Empujé la puerta.
Y lo que vi ante mis ojos… me dejó sin palabras.
Mi padre sostenía un enorme ramo de flores que había preparado para ella; había planeado una sorpresa romántica, pero tropezó con la vieja alfombra, haciendo que todo cayera al suelo. Larissa se había dejado caer sobre la cama, soltando un grito de susto, y luego empezó a reír nerviosamente. Mi padre, rojo de vergüenza y riéndose al mismo tiempo, se disculpaba mientras la ayudaba a levantarse.
En ese instante comprendí que todo el miedo y el drama que había imaginado no eran más que una prueba de su amor. A pesar de la diferencia de edad, a pesar de esos largos años de soledad, por fin eran felices, y su vida juntos apenas comenzaba.
Esa noche, después de recoger las flores y calmar las risas, nos encontramos todos sentados en la sala, aliviados. El grito que al principio nos había aterrorizado se convirtió en una anécdota divertida de la que nos reiríamos durante años. Mi padre y Larissa se quedaron dormidos en los brazos del otro y, por primera vez en mucho tiempo, la casa volvió a sentirse completa.

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