
Mi esposo se negó a pagar la cirugía que podría haberme salvado la vida. Al irse, le dijo al médico: «No voy a pagar por una esposa rota. No voy a malgastar mi dinero en algo que ya está perdido». No lloré. Permanecí en silencio, contando los latidos de mi corazón. Tres días después, regresó, no por mí, sino por su reloj olvidado. Cuando abrió la puerta del dormitorio, se quedó inmóvil. En ese instante, comprendí que algo había cambiado... y que el miedo ya no era mío.
El médico habló con claridad, sin rodeos, como quien sabe que cada segundo cuenta. La cirugía era compleja, sí, pero viable. Había una opción. Asentí desde la mesa de operaciones, con el cuerpo cansado, pero la mente despejada. Miré a mi esposo, Héctor, esperando la más mínima cosa: una pregunta, una duda, un gesto de cariño.
Se levantó antes de terminar la explicación. Se ajustó la chaqueta como si se preparara para una reunión incómoda y, de espaldas, pronunció la frase que aún oigo con precisión quirúrgica:
No pago por una esposa rota. No voy a malgastar mi dinero en algo perdido.
El doctor permaneció inmóvil. No lloré. No supliqué. Permanecí en silencio, contando los latidos de mi corazón, uno a uno, como si fueran las cuentas de un rosario privado. Héctor salió de la consulta sin mirarme. La puerta se cerró con un suave clic. El mundo seguía girando.
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