Soy Isabela Cruz. A los ojos de mi esposo, Gerardo Morales, soy solo una ama de casa sencilla: sin trabajo, sin ambición y, según él, sin valor.
Lo que Gerardo no sabe es que soy la dueña secreta de Grupo Vanguard Global Holdings, un imperio valorado en 5 mil millones de dólares, con líneas navieras en la costa del Pacífico mexicano, hoteles de lujo en Cancún y Los Cabos, y empresas tecnológicas con sede en Ciudad de México, Monterrey y otras ciudades de Latinoamérica.
¿Por qué lo oculté? Porque quería que Gerardo me amara por quien soy, no por mi dinero. Cuando nos conocimos en Guadalajara, era amable, trabajador y lleno de sueños. Pero cuando ascendió en la empresa donde trabajaba —sin saber que también era una subsidiaria mía— cambió. Se volvió arrogante, despectivo y perdió al hombre del que me enamoré.
Llegó la noche de su fiesta de ascenso. Acababa de ser nombrado Vicepresidente de Ventas de la compañía en México.
Yo estaba preparándome y sosteniendo mi vestido de gala cuando Gerardo entró en la habitación con un gancho en la mano.
—¿Qué haces, Isabela? —preguntó con frialdad—. ¿Por qué tienes ese vestido?
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