Colgué, encendí el coche y miré mi reflejo en el retrovisor.
La mujer que había llorado en ese pasillo había desaparecido.
Solo quedaba Sofía —la CEO— que por fin había aprendido el precio de la misericordia.
Mi teléfono vibró: un mensaje de WhatsApp de Ricardo.
«Amor, ya llegué a Valencia. Estoy agotado. Voy a dormir. Besos. Te amo.»
Reí —suave, seco, sin alegría.
Luego escribí mi respuesta con una calma perfecta.
«De acuerdo, cariño. Duerme bien. Ten dulces sueños —porque mañana podrías despertar ante una realidad… sorprendente. Yo también te amo.»
Enviar.
Y cuando la pantalla se apagó, una sonrisa torcida se dibujó en mis labios.
El juego acababa oficialmente de comenzar.
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