—Así que todo este tiempo… —susurré, con la voz temblorosa mientras el amor se convertía en algo más frío— …he estado durmiendo con una serpiente.
Laura —la amiga a la que traté como a una hermana— no era más que una sanguijuela con sonrisa. Recordé sus falsas lágrimas cuando decía no tener dinero para comer, y cómo yo le extendía una tarjeta de crédito adicional. Recordé las excusas de “demasiadas horas de trabajo” de Ricardo —probablemente pasadas en la casa que yo poseía, con la mujer a la que hospedaba.
El dolor se endureció en hielo.
Abrí mi aplicación bancaria. Tenía acceso total a todo —incluida la cuenta de trading que Ricardo “gestionaba”, porque yo era la verdadera titular. Mis dedos se movieron rápido.
Revisar saldo.
30.000 € que debían ser fondos del proyecto.
Revisar transacciones.
Transferencias a boutiques. Joyas. Una clínica ginecológica en Segovia.
—Disfruten sus risas —susurré—. Mientras puedan.
No los confrontaría en esa habitación. Sería demasiado fácil —lágrimas, súplicas, excusas, teatro barato.
No.
Quería un sufrimiento a la altura de la traición.
Me levanté, acomodé mi chaqueta y fijé la vista en el pasillo hacia la habitación 305 como si fuera un objetivo.
—Disfruten su luna de miel en el hospital —murmuré—. Porque mañana… empieza su infierno.
Afuera, en mi coche, ni siquiera encendí el motor antes de llamar a Héctor —mi jefe de IT y seguridad de confianza.
—Buenos días, Héctor —dije con una voz calmada que ya no parecía mía.
—¿Señora de la Vega? ¿Todo bien?
—Necesito su ayuda esta noche. Urgente. Confidencial.
—Siempre, señora.
—Primero: bloquea la tarjeta platino de Ricardo. Segundo: congela la cuenta de trading que gestiona —di que hay una auditoría interna repentina. Tercero: avisa al equipo legal para preparar una recuperación de activos.
Un breve silencio —Héctor era lo bastante inteligente como para no preguntar por qué.
—Entendido. ¿Cuándo ejecutamos?
—Ahora. Inmediatamente. Quiero que la notificación llegue en el momento exacto en que intente pagar algo.
—Me encargo.
—Una cosa más —añadí—. Encuentra al mejor cerrajero posible. Y contrata a dos agentes de seguridad fuertes. Mañana por la mañana vamos a la casa de Segovia.
—A su servicio, señora.
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