Cuando recibió la orden de restricción, Sergio me llamó desde otro número.
—Qué exagerada te pusiste —dijo con voz suave—. Siempre has sido fácil de guiar.
Alejandro tomó el teléfono.
—Estás violando una orden judicial. La llamada está registrada.
Silencio.
Luego su verdadera voz.
—Siempre metiéndote, doctor.
Colgó.
Y por primera vez, no sentí miedo.
Sentí furia.
—Sí sé vivir sin él —dije—. Solo que nunca me dejó intentarlo.
Las semanas siguientes fueron reconstrucción. Cambié cerraduras. Instalé cámaras. Volví a mi departamento acompañada. Cada taza, cada cuchillo de cocina, cada sobrecito de “té para el estómago” tenía otro significado.
La investigación siguió su curso. Ya no dependía de mi intuición, sino de pruebas.
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