—Soy Sergio. ¿Puedo verla?
Su voz.
Mi piel se heló.
Alejandro se acercó.
—No.
—Soy su pareja —insistió Sergio—. Tengo derecho.
Una enfermera mayor intervino con firmeza.
—El paciente decide quién entra.
Escuché un golpe seco contra la pared. Nunca lo había oído perder el control.
Alejandro volvió a mi lado.
—¿Te das cuenta? No es tranquilo. Es controlado. Y cuando pierde el control, sale esto.
Lloré. No por el dolor físico. Sino porque mi vida “normal” acababa de romperse en silencio.
Esa misma noche llegó una agente de la fiscalía, Laura Méndez. Directa, sin dramatismos.
—Necesito fechas, síntomas, detalles. ¿Cambió algo en tu rutina? ¿Quién tenía acceso a tu comida? ¿A tus cuentas?
Y entonces recordé.
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