Bajó la mirada.
"No mentí. Es solo que... esta noche fue diferente".
De día, ya no lo soportaba. Le pregunté lo que me daba miedo:
"¿Por qué me vigilas de noche?"
Se quedó junto a la ventana. Afuera, los árboles se mecían con el viento.
"Porque si no lo hago", dijo en voz baja, "algo muy malo puede pasar".
Se me hizo un nudo en la garganta.
"¿A mí?"
Su respuesta contenía más miedo que certeza.
"A los dos".
Esa noche fingí dormir, con los ojos cerrados y la mente completamente despierta. No trajo la silla. Se sentó en el suelo, junto a la cama, como si estuviera de guardia.
Pregunté en voz baja: "¿Tienes miedo?".
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