Se me puso la piel de gallina.
Luego confesó la peor parte.
Se había quedado dormido una vez. Y cuando despertó...
Ya era demasiado tarde.
Después de eso, convirtió la casa en una fortaleza: armarios cerrados, timbres en las puertas, pestillos en las ventanas. Me sentí como si viviera en una prisión construida por el miedo.
Pregunté en voz baja: “¿Crees que podría…?”
Él me interrumpió inmediatamente.
—No. Pero el miedo no necesita lógica.
Entonces llegó el primer shock real.
Una mañana, un sirviente me contó que había estado de pie en lo alto de la escalera en plena noche, con los ojos abiertos, sin reaccionar. Me había estado sujetando, empapado en sudor, impidiendo que me cayera.
Me miró y dijo, casi desesperadamente:
¿Ves? No me equivoqué.
Tenía miedo, de mí misma, de lo que se escondía en mi interior. Pero también vi algo nuevo en su miedo: no iba a dejar que me derrumbara.
¿Por qué no duermes?, pregunté.
“Porque si me duermo”, dijo, “la historia se repite”.
Una noche se fue la luz. En la oscuridad, por primera vez, le tomé la mano. No la apartó.
Susurré: "¿Qué pasa si tengo miedo?"
Él respondió como si fuera un juramento:
“Entonces seguiré observando hasta la mañana”.
Y en esa misma oscuridad, reveló otro secreto.
Estaba enfermo. Le quedaba poco tiempo.
“No quería dejarte sola”, dijo, “en esta casa… en este mundo”.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
“¿Entonces me compraste?”
Él negó con la cabeza.
—No. Confié en ti… con mi mayor miedo.
Algo extraño ocurrió después de eso. El miedo se volvió rutina. La rutina se convirtió en una especie de seguridad.
Y luego se desplomó.
A la mañana siguiente, no había silla, ni pasos, ni un silencio vigilante. Solo sirenas y el hospital.
Las paredes blancas parecían una prisión. Los pitidos de la máquina, el olor a medicina, los zapatos apresurados... todo intensificaba mi miedo. Él yacía inconsciente, más viejo y más desgastado de lo que nunca lo había visto.
Un médico me llevó aparte.
—Su estado es crítico —dijo—. En su corazón y mente. ¿Quién eres tú para él?
Dudé, y en esa vacilación me di cuenta de que este matrimonio ya no era “papel”.
Respondí con firmeza:
"Soy su esposa."
Permaneció inconsciente durante tres días. Al cuarto, sus dedos se movieron. Abrió los ojos.
Lo primero que preguntó, tan suavemente que me quebró, fue:
"¿Estabas durmiendo?"
Las lágrimas inundaron mis ojos.
—No —dije—. Ahora me toca mirar.
Mientras aún se recuperaba, aprendí otra verdad que lo cambió todo. Una enfermera mayor me detuvo en el pasillo.
“No te lo contaron todo”, dijo.
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