“Mamá, cena aquí esta tarde. Llegaré temprano a casa”. Sonreí, reconfortada por la alegre voz de mi hija, sin imaginar que ese mismo día mi mundo cambiaría por completo.

Escuché cada palabra.

Rafael respondió:

Estoy pensando. Espera a que Maricel consiga el dinero de los ahorros de su madre. En cuanto lo tenga, podré pagar mis deudas y luego nos iremos. ¿Entiendes?

Se me heló la sangre. Su objetivo eran los ahorros de toda mi vida: ¡ochocientos mil pesos que había planeado darle a Maricel como capital!

Quería salir corriendo, pero mis piernas no se movían.

La otra mujer continuó:

Di lo que quieras, pero no confío en ti. Lo prometiste, pero aun así te acuestas con tu esposa. No seré el tercero en discordia para siempre.

Rafael espetó:

¡Silencio! Espera a que llegue el dinero; todo cambiará.

Un momento de silencio, luego la voz de Maricel en altavoz:

Cariño, llegaré temprano a casa. ¿Ya se despertó mamá?

—Mamá aún no ha llegado. Tengo una cita con un cliente —mintió Rafael con frialdad.

Me sentí entumecido. El hombre educado y sonriente que una vez conocí era ahora un extraño que mentía sin dudarlo.

La puerta se cerró de golpe y los pasos se desvanecieron. Abrí lentamente la puerta del armario. La habitación olía a un perfume extraño, la ropa de Maricel estaba arrugada y el anillo de bodas de Rafael estaba sobre la mesa. Me dejé caer al suelo, con lágrimas corriendo.

“Maricel… hija mía… ¿cómo pudiste casarte con alguien así?”

Pero llorar no cambiaría nada. Me sequé las lágrimas, respiré hondo y cogí el teléfono. En silencio, llamé a la policía.

“Sospecho que mi yerno cometió fraude y robo de propiedad”.

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