MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

—Amor, no es verdad… ella está loca… se lastima sola…

Alejandro no la miró. Canceló la tarjeta, bloqueó las cuentas, anuló su acceso a la casa.

—Tienes diez minutos. Recoge tus cosas y lárgate. No vuelvas a acercarte a mí ni a mi madre.

Valeria lloró, suplicó, pero fue inútil. Se fue en un taxi, con una sola maleta y sin un peso. Sus “amigas” le cerraron las puertas una por una.

Cuando el taxi desapareció, Alejandro cayó de rodillas ante su madre.

—Perdóname, mamá… fui un idiota… te dejé sufrir sola…

Isabel acarició su cabello.

—Ya pasó, hijo. Mientras estemos juntos, todo está bien.

Un año después, la mansión era un hogar. Isabel enseñaba a Sofía, la nueva esposa de Alejandro —una pediatra dulce— a hacer pan casero. Sofía estaba embarazada.

Alejandro entró y abrazó a las dos mujeres que más amaba. Puso la mano de su madre sobre el vientre de Sofía. Isabel sintió la patadita y lloró.

—¿Voy a ser abuela?

—Gracias por no rendirte, mamá —susurró Alejandro—. Todo esto es gracias a ti.

Muy lejos de ahí, en un restaurante de carretera, Valeria limpiaba mesas con un uniforme sucio. En la televisión, pasaban la noticia de Alejandro, Sofía e Isabel inaugurando un ala pediátrica.

Valeria apretó el trapo, llena de odio.

—¡Oye! —gritó un cliente—. ¡El café está frío!

Valeria tembló, dejó caer la taza y se rompió en pedazos.

Como el corazón de una madre… que ella jamás supo respetar.

En el balcón de la mansión, Isabel miraba las estrellas con su hijo.

—¿Recuerdas? —dijo Alejandro—. Decías que cada estrella era un beso de papá desde el cielo.

Isabel sonrió.

—Y todavía me besa cada noche.

La vida a veces tarda… pero siempre devuelve la justicia.
El amor de una madre no se compra, no se roba.
Y las lágrimas del ayer… hoy son sonrisas eternas.

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