Pero Isabel ya no era la mujer aterrada de antes. Decidió defenderse. Al día siguiente, fingió arreglar el jardín y se escondió tras unos rosales cerca de la alberca. Valeria tomaba el sol y hablaba por teléfono con su amiga Brenda, en altavoz.
—La vieja ya descubrió lo del asilo, pero Alejandro cree que es un spa de lujo. Una vez allá, diré que hubo engaño, que el contrato es por un año y romperlo cuesta una fortuna… Luego dejaré de visitarla poco a poco, hasta que se pudra sola en ese agujero. Ese será mi verdadero regalo de bodas.
Isabel, temblando, activó la grabadora. Ya tenía la prueba.
El tiempo corría. Valeria había programado llevarse a Isabel al “retiro” a la mañana siguiente, justo un día antes de la fiesta de compromiso. Alejandro tendría reuniones todo el día.
Esa noche, Valeria entró con una maleta de plástico barato.
—Empaque. Mañana a las nueve pasa el coche. Alejandro no sabe nada… es demasiado bueno para hacer esto. Menos mal que me tiene a mí.
Isabel la miró fijamente.
—No me voy a ir.
Valeria estalló. Le jaló el cabello y la arrastró fuera del cuarto. Isabel se aferró al marco de la puerta, dejando marcas de uñas en la madera. Lucía escuchó los gritos y subió corriendo, paralizada de miedo.
Valeria lanzó a Isabel al sofá y gritó fuera de sí:
—¡Usted es una parásita! Yo le doy de comer, le doy techo, le permito vivir en un palacio… ¡y se atreve a estorbarme! Yo seré la dueña de esta casa, de este dinero y de Alejandro.
Tomó el cuadro más querido de Isabel: la foto de Alejandro en su graduación de primaria, y lo estrelló contra la chimenea.
Isabel gritó y gateó para recoger los pedazos. Valeria reía.
Luego puso un banquito y obligó a Isabel a sentarse. En cuanto lo hizo, Valeria pateó una pata del banco con su tacón. Isabel cayó contra el piso de mármol, con un dolor insoportable en la cadera y las costillas.
—Por favor… ya basta… —susurró.
En ese momento, la puerta principal se abrió. Alejandro entró con un ramo de orquídeas. Sonrió… hasta que vio a su madre en el suelo, la casa destruida y a Valeria de pie, triunfante.
Corrió a levantar a Isabel. El celular de ella cayó al piso, con la pantalla encendida. Alejandro lo tomó y presionó “reproducir”.
La voz de Valeria llenó la sala:
—“…meterla en ese agujero… dejar que se muera poco a poco… será mi regalo de bodas…”
Alejandro quedó helado. Valeria palideció.
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