Una mañana, Alejandro se sentó a solas con su madre en la biblioteca. La abrazó y se disculpó por no estar atento. Al tomarle el brazo, la manga se levantó y dejó ver los moretones.

—¡Mamá! ¿Qué es eso?
Isabel respiró hondo, a punto de decir toda la verdad. En ese instante, Valeria irrumpió con un sobre en la mano.
—¡Amor! —gritó emocionada—. ¡El club campestre aceptó la fecha de la boda! ¡Principios de junio, solo faltan dos meses!
Alejandro olvidó los moretones al instante y la abrazó, saltando de felicidad. Isabel miró la alegría ingenua de su hijo y las palabras se le atoraron en la garganta.
“¿Cómo voy a destruir el momento más feliz de su vida?”, pensó.
Valeria fue más lejos. Empezó a decir que Isabel estaba “confundida”, que olvidaba cosas, que hablaba sola. Luego fabricó un folleto falso de un supuesto centro de retiro de lujo llamado Villa Serenidad. En realidad, era el asilo más barato y miserable de la región, a cientos de kilómetros de la ciudad.
Isabel escuchó la conversación desde el despacho. Se le cayó la charola de té, haciéndose añicos. Valeria corrió a actuar.
—¡Suegra! Me asustó muchísimo. Seguro está cansada, vamos a su cuarto.
Alejandro le creyó todo y pidió a Lucía que limpiara.
Valeria cerró con llave el cuarto de Isabel y susurró:
—Si arruina mis planes, se va a arrepentir.
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