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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hijaa

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Pasé semanas leyendo libros de botánica, de química básica, de toxicología, de medicina forense. Leí sobre los venenos que usaban en la antigüedad, sobre las plantas tóxicas que crecían en México, sobre los síntomas de diferentes tipos de envenenamiento. Tomaba notas en una libretita que después quemaba en el patio de mi casa, memorizando la información antes de destruir la evidencia.

Descubrí que México era un paraíso de plantas venenosas. El toloache que los brujos usaban para hacer amarres y que en dosis altas causaba alucinaciones, convulsiones y paro cardíaco. La higuerilla, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más potentes del mundo, el extramonio primo del toloache, igual de mortal, el colorín con sus semillas rojas brillantes que parecían dulces pero que destruían los riñones.

la Adelfa, cuyos flores rosadas escondían toxinas que paralizaban el corazón. Todas estas plantas crecían en Jalisco, en los patios de las casas, en los parques, en los caminos rurales, en los terrenos valdíos. Nadie les prestaba atención, nadie sabía lo peligrosas que eran. Para todos eran solo hierbas, solo flores bonitas, solo parte del paisaje.

Para mí eran armas. Empecé a recolectar plantas en mis días libres. Iba al campo con una bolsa de plástico y guantes de cocina. Cortaba hojas, semillas, raíces. Las llevaba a mi casa y las procesaba en la cocina cuando mis hijos no estaban. Secaba las hojas al sol, molía las semillas en el molcajete, preparaba extractos hirviendo las plantas en agua.

Era un trabajo lento, meticuloso, que requería paciencia y precisión. También experimenté con animales. Compré ratas en el mercado de animales de esas que venden para alimentar serpientes. Les daba diferentes dosis de mis preparaciones y observaba los efectos. Aprendí cuánto toloache se necesitaba para matar a una rata de 200 g, cuánto risino, cuánto extrramonio.

Hacía cálculos para extrapolar las dosis a humanos, tomando en cuenta el peso corporal, el metabolismo, la forma de administración. Sé que suena horrible, sé que suena como el trabajo de un monstruo, pero cuando pierdes a un hijo de la forma en que yo perdí a Lupita, algo se rompe dentro de ti. La compasión desaparece. La empatía se evapora.

Solo queda el dolor y la rabia y las ganas de hacer sufrir a los que te hicieron sufrir. Me tomó 6 meses estar lista. 6 meses de investigación, de preparación, de planificación. Para entonces ya tenía un arsenal de venenos escondido en el sótano de mi casa en frascos de mayonesa y botellas de salsa que nadie sospecharía.

Tenía tolo molido que parecía orégano, risino líquido que parecía aceite de cocina, extracto de Adelfa que parecía jarabe para la tos. También tenía una lista. Pasé semanas recordando cada cara, cada nombre, cada detalle de las personas involucradas en lo que le pasó a Lupita, los hombres que la habían secuestrado esa noche de septiembre, los que la habían vigilado durante meses antes del secuestro, los que la habían custodiado durante las dos semanas que estuvo cautiva, los que estaban en el rancho el día que la encontré fumando y platicando como si

nada mientras mi hija colgaba de un árbol y, por supuesto, el chivo. Hice una lista de 23 nombres. Algunos los conocía bien, otros solo de vista, otros solo por apodo, pero todos habían participado de alguna forma en la muerte de mi hija. Todos habían sabido lo que estaba pasando y no habían hecho nada para impedirlo. Todos merecían morir.

El primero de mi lista fue fácil. Un tipo al que llamaban el flaco, uno de los icarios de bajo nivel que había estado en el rancho ese día. Era un muchacho joven de unos 25 años. flaco como su apodo, con cara de ratón y dientes chuecos. No era nada importante, no tenía poder real, pero había estado ahí. Había visto el cuerpo de mi hija y no había sentido nada.

Había seguido fumando su cigarro como si fuera un día cualquiera. El flaco tenía una debilidad. Le encantaba el atole de arroz que yo preparaba. Cada vez que llegaba a la casa de Tlajomulco, me pedía que le hiciera un jarrito. “Doña Lupe, su atol de mi abuelita”, me decía siempre con esa sonrisa de rata. Y yo siempre se lo preparaba con canela extra como a él le gustaba y él siempre me daba 50 pesos de propina.

Un día de abril de 2015, el flaco llegó solo a la casa después de un trabajo. Venía cansado, sudado, con manchas de sangre en la camisa que yo sabía que tendría que lavar después. Me pidió su atole como siempre y yo se lo preparé con todo el cariño del mundo, pero esta vez le agregué un ingrediente especial. semillas de toloache finamente molidas, mezcladas con la canela para disimular cualquier sabor extraño.

Había calculado la dosis con cuidado, suficiente para matar a un hombre de su peso en unas horas, pero no tanto como para que el sabor fuera detectable. El flaco se tomó el atole completo mientras me platicabade su trabajo, de una muchacha que le gustaba, de los planes que tenía para comprarse una moto nueva. Yo lo escuchaba con paciencia, asintiendo en los momentos correctos, sonriendo cuando hacía chistes malos.

Por dentro contaba los minutos. Media hora después empezó a sentirse mal. Primero mareo, después sudoración, después confusión. Pensó que era el calor, que estaba cansado del trabajo de la noche anterior. Me dijo que se iba a acostar un rato en uno de los cuartos que me avisara si llegaba alguien. Lo vi subir las escaleras tambaleándose, agarrándose de la pared para no caerse.

Me quedé en la cocina lavando trastes esperando. Tres horas después, uno de los otros muchachos subió a buscarlo porque no contestaba el radio. Lo encontró tirado en la cama con espuma en la boca, sin pulso. Gritó que el flaco estaba muerto, que llamaran a alguien, que qué había pasado. Yo subí con los demás, fingiendo sorpresa, fingiendo horror.

Vi el cuerpo del flaco, sus ojos abiertos mirando al techo, su cara congelada en una mueca de dolor y por dentro, muy adentro donde nadie podía verlo, sentí algo que no había sentido desde la muerte de Lupita. Satisfacción. Llamaron a un doctor que trabajaba para la organización, examinó el cuerpo, hizo algunas preguntas y dictaminó que había sido un paro cardíaco.

“Estas cosas pasan”, dijo encogiéndose de hombros. El muchacho era joven, pero llevaba una vida de mucho estrés. El corazón no aguanta. Nadie sospechó nada. Nadie conectó la muerte de el flaco con el atole que le había preparado horas antes. ¿Por qué lo harían? Era solo la doña Lupe, la viejita que limpiaba y cocinaba. Llevaba casi 10 años trabajando para ellos sin dar problemas.

Era parte del mobiliario, tan inofensiva como las sillas del comedor. El funeral del flaco fue tres días después. Asistí como todos los demás. Le di el pésame a su madre. Recé un rosario por su alma. Nadie notó que por dentro estaba celebrando. Nadie notó que ya había tachado el primer nombre de mi lista. Quedaban 22.

Esa primera muerte me enseñó muchas cosas. Aprendí que podía hacerlo, que tenía el estómago para matar a sangre fría. Aprendí que el veneno funcionaba, que mis cálculos eran correctos y aprendí que nadie iba a sospechar de la viejita de la limpieza. Pero también aprendí que tenía que ser más cuidadosa.

No podía matar a todos en la misma casa con el mismo método en poco tiempo. Eso levantaría sospechas incluso entre gente tan descuidada como estos narcos. Tenía que espaciar las muertes, variar los venenos, hacerlo parecer accidental o natural cada vez. desarrolló un sistema. Nunca mataba a más de dos personas en el mismo mes. Nunca usaba el mismo veneno dos veces seguidas.

Nunca envenenaba a alguien el mismo día que cocinaba para ellos. Usaba venenos de efecto [ __ ] que tardaban horas o días en hacer efecto, para que cuando murieran yo estuviera en otro lugar con testigos que confirmaran que no había estado cerca. El segundo fue el perico, otro de los que estuvo en el rancho.

Le puse risino en el café que le servíó una mañana de mayo. Murió una semana después de lo que parecía insuficiencia renal. Los doctores dijeron que probablemente era por la diabetes que ni él sabía que tenía. El tercero fue el moreno, que había sido el chóer la noche que secuestraron a Lupita. Reconocí su cara de las descripciones que me dieron los vecinos que vieron el secuestro.

Le preparé unos tamales con extracto de sicuta silvestre que conseguí en un terreno valdío cerca de mi casa. Murió dos días después de aparente intoxicación alimentaria. Le echaron la culpa a unos tacos que había comido en un puesto callejero. El cuarto, el quinto, el sexto. Cada muerte era diferente.

Algunos morían rápido en horas, otros tardaban días, semanas. Algunos sufrían mucho, convulsiones y vómitos y dolor. Otros se iban tranquilos en su sueño sin saber lo que les estaba pasando. No me importaba el sufrimiento. De hecho, parte de mí lo disfrutaba. Cada vez que veía a uno de mis objetivos retorcerse de dolor, pensaba en Lupita.

Pensaba en lo que ella había sufrido durante esas dos semanas en manos del chivo. Pensaba en las marcas de tortura en su cuerpo, en los moretones, en las quemaduras. y pensaba que se lo merecían, que todos se lo merecían. La organización empezó a notar que estaba perdiendo gente. Entre 2015 y 2017, más de 10 icarios y operadores de bajo nivel murieron de causas aparentemente naturales.

Hubo reuniones, hubo investigaciones internas, hubo paranoia. Algunos pensaban que era una maldición, que alguien les había hecho brujería. Otros pensaban que era algo en el agua, en la comida de los restaurantes donde comían. en las drogas que consumían, pero nadie, absolutamente nadie, sospechó de Doña Lupe.

Hubo un momento de peligro en 2016, cuando tres de mis objetivos murieron en el mismo mes. Uno de los contadores, un tipo desconfiado al quellamaban el calculador, empezó a hacer preguntas. Quería saber qué tenían en común los muertos, dónde habían estado, qué habían comido, con quién habían hablado. Me llamó a su oficina y me interrogó durante una hora.

Me preguntó si había notado algo raro, si alguien había actuado sospechoso, si había visto algo fuera de lo normal. Yo le contesté con mi mejor cara de viejita inocente. Le dije que no había notado nada, que yo solo limpiaba y cocinaba, que no me metía en los asuntos de los muchachos. El calculador me miró fijamente por un largo rato tratando de detectar alguna mentira en mi cara, pero yo había pasado años perfeccionando mi máscara, años fingiendo que todo estaba bien mientras por dentro me moría.

Un interrogatorio de una hora no era nada comparado con eso. Al final me dejó ir. Nunca volvió a sospechar de mí. Y tr meses después el calculador también estaba en mi lista. No por lo de Lupita, sino porque durante el interrogatorio me había amenazado. Me había dicho que si descubría que yo tenía algo que ver con las muertes, me iba a despellejar viva.

Nadie me amenazaba y se salía con la suya. Ya no. Le puse extracto de Adelfa en el whisky que guardaba en su oficina. Murió de un infarto dos semanas después. El doctor dijo que era el estrés del trabajo. Para finales de 2017 ya había eliminado a 15 de los 23 nombres de mi lista. Quedaban ocho, incluyendo el más importante de todos, el chivo.

Pero el chivo era diferente a los demás. Era más paranoico, más cuidadoso, más difícil de alcanzar. No comía nada que no prepararan sus propias cocineras, mujeres que había traído de su pueblo natal y que vivían con él en su casa. tenía un catador que probaba todo antes que él, un muchacho [ __ ] que literalmente arriesgaba su vida cada vez que el chivo se sentaba a comer.

Casi nunca iba a las casas de seguridad donde yo trabajaba. Prefería moverse entre sus propias propiedades en Michoacán. Había intentado llegar a él varias veces sin éxito. Una vez logré que le sirvieran una botella de tequila que yo había contaminado, pero el catador la probó primero y se enfermó.

El chivo mandó investigar de dónde había salido esa botella. Y casi me descubren. Tuve que inventar una historia sobre un proveedor de licor que vendía producto adulterado y el pobre tipo terminó ejecutado, aunque no había hecho nada. Me sentí mal por él. Era inocente, solo un comerciante tratando de ganarse la vida, pero no lo suficiente como para confesar, no lo suficiente como para detener mi misión.

En esta guerra había daños colaterales. Yo lo había aceptado desde el principio. Pasaron los meses y el chivo seguía vivo, seguía respirando, seguía disfrutando de su poder mientras mi hija se pudría en una tumba. Cada día que pasaba era un insulto a su memoria, una burla a mi dolor. Pero yo era paciente. Había esperado años. Podía esperar más.

Tarde o temprano el chivo cometería un error. Tarde o temprano bajaría la guardia y yo estaría ahí esperando con mi veneno listo. La oportunidad llegó en diciembre de 2017 de la forma más inesperada. En diciembre de 2017, el CJNG organizó una fiesta grande en una de las casas de Zapopan. Era para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales, un tipo al que llamaban el ingeniero porque había estudiado dos años de ingeniería civil antes de dedicarse al narco.

El ingeniero cumplía 50 años y quería una celebración a lo grande con mariachi, con banda, con comida para 100 personas, con todo el lujo que el dinero del narco podía comprar. Me pidieron que ayudara con la preparación de la comida. Iban a venir comandantes de toda la región, gente importante de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima.

Necesitaban que preparara birria de res, pozole rojo, tamales de puerco, carnitas, todo un banquete digno de la ocasión. Me ofrecieron pagarme el triple de lo normal y yo acepté sin dudarlo, no por el dinero, sino porque sabía que el chivo iba a estar ahí. El chivo casi nunca asistía a eventos sociales de la organización.

Era demasiado paranoico, demasiado desconfiado. Prefería quedarse en sus territorios de Michoacán, rodeado de su gente de confianza, lejos de cualquier posible amenaza. Pero el ingeniero era su compadre, el padrino de uno de sus hijos. No podía faltar a su cumpleaños número 50 sin causar un insulto grave. Cuando me enteré de que el chivo iba a venir, sentí que el corazón se me aceleraba. 3 años.

3 años llevaba esperando esta oportunidad. tres años planeando, preparando, soñando con el momento en que finalmente podría cobrar la deuda que ese monstruo tenía con mi hija. Pero tenía un problema. El chivo no comía nada que yo preparara, siempre llevaba su propia comida, sus propias bebidas, sus propias cocineras.

Incluso en fiestas como esta se apartaba con su grupo y comía lo que le traían sus mujeres. Era casi imposible envenenarlo por la ruta tradicional.Pasé noches enteras pensando en cómo hacerlo. Repasé todo lo que sabía sobre el chivo, sus hábitos, sus rutinas, sus debilidades y entonces recordé algo que había observado en las pocas ocasiones en que lo había visto en fiestas anteriores.

El chivo tenía un ritual después de las celebraciones. Cuando la fiesta se extendía hasta tarde, cuando había bebido suficiente tequila y fumado suficientes puros, siempre subía al baño del segundo piso a refrescarse. Se encerraba ahí por 10 o 15 minutos, se echaba agua en la cara, se lavaba las manos, a veces hasta se cambiaba la camisa si estaba muy sudada.

Decía que le ayudaba a despejarse, a mantenerse alerta. Había observado este ritual tres veces en los últimos años. Siempre el mismo baño, siempre el mismo procedimiento y lo más importante, siempre usaba la crema para manos que estaba en ese baño. Era una crema cara, importada, que alguien había dejado ahí y que a el chivo le gustaba porque olía a la banda y dejaba las manos suaves.

Ahí estaba mi oportunidad. Durante mis investigaciones en la biblioteca había aprendido sobre venenos que se absorbían por la piel. El más potente era la conitina, un extracto de la planta llamada acónito o casco del [ __ ] Unas gotas en la piel eran suficientes para matar a un hombre en cuestión de horas.

El veneno entraba al torrente sanguíneo a través de los poros, atacaba el sistema nervioso, paralizaba el corazón y lo mejor de todo, los síntomas parecían un infarto común y corriente. El problema era conseguir aconitina. El acónito no crecía naturalmente en Jalisco. Era una planta de climas fríos, de montañas. Pero después de meses de búsqueda encontré a un herbolario en Guadalajara que vendía plantas exóticas para coleccionistas.

Le compré tres plantas de acón diciéndole que eran para decorar mi jardín. El viejo me advirtió que eran tóxicas, que no las tocara con las manos descubiertas. Le di las gracias y le pagué el doble de lo que pedía para que no hiciera preguntas. Pasé dos semanas procesando las plantas. Extraje el veneno de las raíces, que era donde estaba más concentrado, hirviéndolas en agua destilada y evaporando el líquido hasta que quedó un aceite espeso y amarillento.

Era conitina casi pura, suficiente para matar a 20 hombres. Guardé el aceite en un frasquito de esmalte de uñas que había lavado y esterilizado para que nadie sospechara si lo encontraban. La noche antes de la fiesta fui a la casa de Zapopan a preparar todo para el día siguiente. Llegué temprano, cuando todavía no había nadie más que los guardias de seguridad.

Les dije que necesitaba revisar la cocina, organizar los ingredientes, asegurarme de que no faltara nada. Subí al segundo piso con mi bolsa de limpieza, como si fuera a revisar que los baños estuvieran listos para los invitados. Entré al baño que usaba el chivo y cerré la puerta con seguro. Trabajé rápido, saqué el frasquito con la conitina y lo mezclé con la crema para manos que estaba en el ababo.

Usé un palito de madera para revolverlo bien, asegurándome de que el veneno quedara distribuido uniformemente. También puse un poco en el borde de la llave de la babo, en la toalla que el chivo usaba para secarse en el jabón líquido, múltiples puntos de contacto para asegurarme de que absorbiera suficiente veneno, aunque solo tocara una de las superficies.

Cuando terminé, lavé el frasquito y el palito en el escusado y los tiré a la basura envueltos en papel higiénico. Revisé que todo se viera normal, que no hubiera nada fuera de lugar. El baño se veía exactamente igual que antes, limpio, ordenado, inofensivo. Bajé a la cocina y seguí con mis preparativos como si nada hubiera pasado. Nadie sospechó nada.

Nadie me preguntó qué había estado haciendo arriba. Era solo doña Lupe revisando que todo estuviera limpio para la fiesta. El día de la celebración llegué a las 3 de la tarde para empezar a cocinar. La casa ya estaba llena de actividad. Hombres montando mesas, mujeres arreglando flores, técnicos instalando bocinas y luces.

El mariachi llegó a las 5, la banda a las 6. Los primeros invitados empezaron a llegar a las 7. Yo me quedé en la cocina, cocinando, sirviendo, organizando. Cada vez que podía me asomaba a la sala para ver quién había llegado, buscando la cara del chivo entre la multitud. Las horas pasaban y él no aparecía. Empecé a preocuparme y si no venía y si a última hora había decidido quedarse en Michoacán y si todo mi plan había sido en vano.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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