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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hijaa

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Traté de mantener la voz tranquila, de no mostrar nerviosismo y tiene fotos de ellos. Le dije que sí, que siempre llevaba fotos en mi cartera. En ese entonces todavía no existían los celulares con cámara como ahora, así que cargaba fotografías impresas de mis hijos. “Enséñemelas”, me ordenó. Fui por mi bolsa y saqué la cartera.

Tenía tres fotos. Una de Aurelio Junior en su trabajo de la refaccionaria, una de Fernando en su graduación de preparatoria y una de Lupita en su uniforme de enfermería, recién tomada unas semanas antes. Era una foto hermosa. Lupita sonreía la cámara con esa sonrisa suya, el pelo recogido en un chongo, la bata blanca impecable.

El chivo las miró una por una. Cuando llegó a la de Lupita, se detuvo. La miró por varios segundos acercándosela a la cara, estudiando cada detalle. Esta es su hija. Le dije que sí con orgullo en la voz. Le conté que estaba estudiando enfermería, que iba a ser una profesionista, que era la luz de mis ojos.

El chivo sonrió de una manera que me heló la sangre, una sonrisa queno le llegaba a los ojos, una sonrisa de depredador que ha encontrado a su presa. “¡Qué bonita está!”, me dijo, “Parece artista de televisión. ¿Tiene novio?” Le dije que no, que estaba muy ocupada con la escuela, que no tenía tiempo para esas cosas.

“Qué bueno”, dijo el chivo devolviéndome las fotos. Las muchachas de ahora se echan a perder muy rápido con tanto noviecito. Está bien que se enfoque en sus estudios. Guardé las fotos en mi cartera, agradecí el cumplido y seguí cocinando. Pero algo en mi interior me gritaba que había cometido un error terrible. La forma en que había mirado esa foto, la forma en que había sonreído, conocía esa mirada, la había visto en los ojos de hombres que miraban a mujeres como si fueran carne en una carnicería.

Las semanas siguientes, el chivo empezó a hacerme preguntas sobre Lupita. Cada vez que llegaba a alguna de las casas donde yo estaba limpiando, me buscaba para preguntarme por ella, que dónde estudiaba exactamente, que en qué turno iba a la escuela, que si tenía novio, que en qué colonia vivíamos. que cuál era su comida favorita, que qué música le gustaba.

Yo le daba respuestas vagas, evasivas. Le decía que Lupita estaba muy ocupada con la escuela, que casi no salía de la casa, que no tenía tiempo para nada. Trataba de no darle información específica, de proteger a mi hija de alguna forma, pero el chivo no se rendía. Cada vez sus preguntas eran más directas, más insistentes y cada vez yo sentía más miedo.

Un día, como en mayo de 2014, el chivo me acorraló en un pasillo de la casa de Zapopan. me agarró del brazo con fuerza, apretándome hasta que sentí que me iba a romper el hueso, y me habló al oído. Doña Lupe, quiero conocer a su hija. Quiero que me la presente. Le dije que no era posible, que Lupita estaba muy enfocada en sus estudios, que no andaba buscando novio, que era una muchacha seria.

El chivo apretó más fuerte. Sentí que se me entumía la mano. No le estoy preguntando, doña Lupe, le estoy diciendo. Yo puedo darle una buena vida a su hija. Puedo darle todo lo que quiera, ropa, joyas, carros, una casa grande. La voy a tratar como reina. Solo tiene que presentármela. Le dije que lo iba a pensar, que iba a hablar con Lupita cualquier cosa para que me soltara.

El chivo sonrió otra vez con esa sonrisa de víbora y me soltó el brazo. Piénselo bien, doña Lupe. Usted sabe quién soy yo. Usted sabe lo que puedo hacer. Le estoy pidiendo por las buenas. No me haga pedírselo por las malas. Esa noche llegué a mi casa con el brazo morado. Lupita me preguntó qué me había pasado y le dije que me había golpeado con una puerta.

Otra mentira para la lista de mentiras que le había contado toda su vida. No dormí esa noche. Me quedé sentada en la sala, en la oscuridad pensando en qué hacer. Sabía que el chivo no iba a aceptar un no por respuesta. Sabía que en ese mundo cuando un comandante quería algo, lo tomaba. Había visto cómo trataban a las mujeres que les gustaban, las secuestraban, las violaban, las usaban hasta que se aburrían y después las desechaban.

Algunas terminaban en fosas, otras terminaban en las calles vendiéndose, otras simplemente desaparecían. Pensé en huir. Pensé en tomar a Lupita y a mis hijos y largarnos de Guadalajara esa misma noche. Irnos a otro estado, a otro país donde el chivo no pudiera encontrarnos. Pero sabía que era imposible. El Cilla Neg tenía ojos en todas partes.

Tenían contactos en las terminales de autobuses, en el aeropuerto, en las carreteras. Si desaparecíamos nos encontrarían y entonces sería peor. Pensé en hablar con el contador, pedirle que intercediera, pero sabía que no serviría de nada. El chivo era comandante, tenía poder real. El contador era solo un empleado, igual que yo.

No podía meterse en asuntos personales de un superior. Pensé en ir a la policía, pero la mitad de la policía de Jalisco trabajaba para el CJNG. Si iba a denunciar, la denuncia llegaría a oídos del chivo antes de que saliera de la estación. Estaba atrapada, completamente atrapada. Durante los siguientes meses viví en pánico constante.

Le dije a Lupita que tuviera cuidado, que no hablara con extraños, que no aceptara ventones de nadie, que siempre anduviera acompañada. Ella me preguntaba por qué estaba tan asustada y yo le inventaba excusas. Le decía que había muchos robos en la zona, que tenía que protegerse. Traté de mantenerla encerrada en la casa lo más posible.

No quería que saliera, no quería que la vieran. Pero Lupita tenía que ir a la escuela. Tenía que hacer sus prácticas en el hospital. Tenía que vivir su vida, no podía encerrarla para siempre. El chivo no esperó mi permiso. Empezó a seguir a Lupita por su cuenta. Mandaba a sus hombres a vigilarla fuera de la escuela de enfermería, fuera de la casa.

fuera del hospital donde hacía sus prácticas. Un día, Lupita llegó asustada diciéndome que un tipo en una camionetanegra le había gritado cosas mientras caminaba a la parada del camión. Le había dicho que estaba muy bonita, que porque andaba sola, que él podía llevarla a donde quisiera. Otro día me dijo que había encontrado un ramo de rosas rojas en la puerta de la casa.

No tenía tarjeta, no decía de quién era, solo las flores envueltas en papel celofán con un listón rojo. Lupita pensó que era de algún admirador secreto de la escuela y hasta le dio risa. Yo tuve que fingir que también me parecía gracioso mientras por dentro me moría de terror. Una semana después llegó otro ramo, este con una nota.

Decía, “Para la enfermera más bonita de Jalisco. Pronto nos conoceremos.” Lupita se asustó esa vez. me preguntó quién podía ser, si debíamos llamar a la policía. Le dije que probablemente era una broma de alguien de la escuela, que no se preocupara, pero esa noche escondí todos los cuchillos de la cocina debajo de mi colchón, por si acaso.

En septiembre de 2014, el chivo perdió la paciencia. Era un viernes por la noche. Lupita regresaba de la escuela como a las 8, ya estaba oscuro. Yo estaba en la casa preparando la cena, esperándola como todas las noches. Cuando dieron las 8:30 y no llegaba, empecé a preocuparme. Le llamé al celular, pero no contestaba. Salí a la calle a buscarla, pero no la vi por ningún lado.

A las 9 de la noche, una vecina llegó corriendo a mi casa. Estaba pálida, temblando. Me dijo que había visto como una camioneta negra se detuvo junto a Lupita a tres cuadras de la casa, que dos hombres se bajaron, la agarraron de los brazos, le taparon la boca y la subieron a la fuerza mientras ella pataleaba y trataba de gritar, que todo pasó en menos de un minuto, que ella no pudo hacer nada, solo mirar desde su ventana paralizada de miedo.

Sentí que el mundo se me venía encima, que las piernas me fallaban, que no podía respirar, que algo se rompía dentro de mi pecho. Mi niña, mi Lupita, se la habían llevado. Corrí a buscar al contador. Sabía dónde vivía, en una casa en la colonia Providencia. Llegué como loca, golpeando la puerta, gritando que me ayudara.

El contador salió en pijama, confundido, preguntándome qué pasaba. Le conté todo entre lágrimas. Le supliqué que intercediera, que hablara con el chivo, que le dijera que me devolviera mi hija. Me arrodillé frente a él, le besé las manos, le ofrecí todo lo que tenía, mis ahorros, mi casa, mi vida. El contador me miró con lástima, una lástima genuina, de esas que duelen más que el desprecio.

“Doña Lupe”, me dijo con voz suave, “Usted sabe cómo son las cosas. El chivo es comandante, tiene poder. Yo no puedo meterme en sus asuntos personales, nadie puede. Le rogué más. Le dije que haría lo que fuera, que trabajaría gratis el resto de mi vida, que nunca pediría nada. Él solo negó con la cabeza.

Lo siento, doña Lupe. De verdad, lo siento, pero no hay nada que yo pueda hacer. Váyase a su casa y espere. Tal vez el chivo se aburra pronto y la regrese. Me fui de ahí arrastrándome, destruida. Regresé a mi casa y me quedé sentada en la sala toda la noche abrazando la foto de Lupita, rezando a todos los santos que conocía.

A las 3 de la mañana sonó mi celular. Era un número desconocido. Contesté con las manos temblando. Doña Lupe era la voz del chivo, tranquila, casi amable. No se preocupe, su hija está conmigo. La estoy tratando como reina. Como le prometí. Tiene su propio cuarto, su propia ropa, todo lo que necesita. Pronto ella va a entender que yo soy un buen hombre, que la voy a hacer feliz.

Le supliqué que me la devolviera. Le dije que haría lo que quisiera, que le daría lo que pidiera. El chivo se rió. Una risa suave, casi tierna. Doña Lupe, lo que yo quiero ya lo tengo. Solo le llamo para que esté tranquila, para que sepa que su hija está bien. Siga haciendo su trabajo como siempre y todo va a estar bien.

Pero si hace alguna tontería, si va la policía, si le cuenta a alguien, entonces las cosas se van a poner feas. ¿Me entiende? Le dije que sí, que entendía, que no haría nada. Muy bien, dijo el chivo. Que descanse doña Lupe y no se preocupe por Lupita. Está en buenas manos. Colgó. Tres días después me llegó un video al celular.

Era Lupita sentada en una cama grande con sábanas de seda en un cuarto que parecía de hotel de lujo. Tenía la cara hinchada de tanto llorar, los ojos rojos, el pelo revuelto, pero no tenía golpes visibles, no tenía marcas. Hablaba mirando a la cámara con voz temblorosa pero controlada. Decía que estaba bien, que el chivo la trataba bien, que tenía todo lo que necesitaba.

Decía que yo no me preocupara, que pronto iba a poder ir a visitarla, pero yo veía sus ojos. Detrás de las palabras ensayadas, detrás de la fachada de tranquilidad, veía terror puro. Veía a mi niña rogándome en silencio que la salvara y yo no podía hacer nada, absolutamente nada. Pasaron dos semanas, dos semanas de infierno absoluto, dossemanas sin dormir, sin comer, sin poder pensar en otra cosa que no fuera mi hija encerrada en algún lugar con ese monstruo.

Mis otros hijos querían ir a buscarla, querían enfrentar a a el chivo, querían hacer algo, pero yo les dije que no, que los matarían. Les conté la verdad sobre mi trabajo, sobre para quién trabajaba, sobre el poder que tenía esa gente. Aurelio Junior lloró de rabia. Fernando se quedó en silencio mirando la pared, pero al final entendieron que no había nada que pudiéramos hacer.

Y entonces, el 3 de octubre de 2014, recibí la llamada que terminó de destruir mi vida. era uno de los hombres del chivo. Me dijo que fuera a un rancho cerca de Tala, que ahí encontraría a mi hija. Me dio la dirección exacta y colgó sin decir más. Su voz era plana, sin emoción, como si estuviera dando indicaciones para llegar a una tienda.

Algo en esa voz me dijo que que algo estaba muy mal. Algo me dijo que no iba a encontrar a mi hija viva. Pedí prestado un carro a un vecino y manejé hacia Tala. El rancho estaba en medio de la nada. A unos 20 minutos del pueblo por un camino de terracería lleno de baches. Cuando llegué, vi la camioneta del chivo estacionada afuera de una casa de adobe.

Había varios de sus hombres fumando y platicando bajo un árbol como si estuvieran en un día de campo. Cuando me vieron llegar, uno de ellos señaló hacia el fondo del terreno, donde había un árbol grande, un mezquite viejo de tronco grueso y ramas retorcidas. Caminé hacia allá. Cada paso se sentía como caminar en arenas movedizas.

Cada paso me acercaba a algo que no quería ver, que no podía ver, que iba a destruirme para siempre. Y entonces la vi, mi lupita colgada de una rama con una soga gruesa al cuello, las manos atadas a la espalda con cinta gris, el cuerpo completamente desnudo, cubierto de moretones, cortadas, quemaduras de cigarro. Tenía marcas de mordidas en los hombros, en los pechos.

en los muslos. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, vacíos de todo. Me caí de rodillas en la tierra. Grité hasta que se me desgarró la garganta. Vomité todo lo que tenía dentro. Golpeé el suelo con los puños hasta que me sangraron los nudillos. Uno de los hombres del chivo se acercó a mí sin prisa, se paró a mi lado, encendió un cigarro y me habló sin mirarme.

El comandante manda decir que la chamaca no quiso cooperar. que se puso muy difícil, que él trató de ser paciente, de tratarla bien, pero ella no entendía. Se la pasaba llorando, gritando, intentando escaparse. Hasta lo rasguñó en la cara una vez. Mire. Señaló hacia la casa, donde el chivo estaba saliendo por la puerta.

Tenía tres arañazos profundos en la mejilla izquierda, todavía frescos. Mi Lupita se había defendido. Mi niña había peleado hasta el final. El comandante dice que usted puede llevarse el cuerpo, continuó el hombre, que no la va a molestar más, que puede seguir trabajando como siempre, que todo olvidado. Me quedé ahí tirada en la tierra no sé cuánto tiempo.

Pudieron ser minutos, pudieron ser horas. Solo miraba el cuerpo de mi hija meciéndose suavemente con el viento, como una muñeca de trapo abandonada. Al final, uno de los hombres cortó la soga y bajó el cuerpo. Lo envolvieron en una sábana sucia y lo metieron en la cajuela de mi carro.

Me dieron unas palmadas en el hombro, me dijeron que lo sentían y se fueron a seguir fumando bajo el árbol. Manejé de regreso a Guadalajara con el cuerpo de mi hija en la cajuela. No recuerdo el camino, no recuerdo haber llegado. Solo recuerdo que cuando abrí la cajuela frente a mi casa, mis hijos salieron corriendo y vieron lo que quedaba de su hermana.

Enterramos a Lupita tres días después en el panteón de Mesquitán. No hubo investigación policial, no hubo justicia, no hubo nada, solo una tumba con una cruz blanca y el nombre de mi niña grabado en piedra. María Guadalupe Sánchez Herrera. 1995 hasta 2014. Amada hija, hermana y amiga, descansa en paz.

Tenía 19 años, toda una vida por delante, y se la arrebataron porque un monstruo la quiso y ella se negó. El chivo nunca pagó por lo que hizo. Siguió siendo comandante, siguió controlando su plaza, siguió matando y torturando como si nada hubiera pasado. Y yo tuve que seguir trabajando para ellos, seguir limpiando sus casas, cocinando para sus hombres, lavando su [ __ ] ropa manchada de sangre, porque si me iba, si huía, si hablaba, matarían a mis otros hijos, a mis nietos, a toda mi familia.

Así que me quedé. Seguí siendo doña Lupe, la limpiadora de confianza. Seguí sonriendo cuando ellos sonreían, agachando la cabeza cuando pasaban, agradeciéndoles las propinas que me daban. Pero por dentro algo murió conmigo ese día junto con mi Lupita y algo más nació en su lugar. Algo oscuro, frío, paciente, algo que no sentía miedo, que no sentía compasión, que no sentía nada, excepto una cosa, venganza.

Los meses que siguieron a la muerte de Lupita fueron los más oscuros de mivida. Por fuera seguía siendo la misma doña Lupe de siempre, puntual, eficiente, discreta, siempre con una sonrisa para los muchachos, siempre con los tamales listos a tiempo. Por dentro era un cadáver que caminaba, un fantasma que solo respiraba porque el corazón no sabía detenerse.

Bajé 15 kg en dos meses. No podía comer. Todo me sabía a tierra, a ceniza, a muerte. No podía dormir más de una o dos horas seguidas, porque cada vez que cerraba los ojos veía a mi Lupita colgando de ese árbol, meciéndose con el viento, mirándome con esos ojos vacíos. Me despertaba gritando su nombre, empapada en sudor, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensaba que me iba a reventar.

Mis hijos estaban destrozados. Aurelio Junior quería venganza. Hablaba de conseguir una pistola, de ir a buscar al chivo, de matarlo con sus propias manos. Yo tuve que calmarlo. Tuve que explicarle que si hacía eso nos matarían a todos. El CJNG no perdonaba, no olvidaba. Si tocabas a uno de los suyos, te borraban del mapa junto con toda tu familia.

hasta los primos lejanos, hasta los vecinos que te caían bien. Fernando se encerró en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de comer, dejó de salir de su cuarto. Pasaba los días acostado mirando el techo, sin responder cuando le hablábamos. Un mes después de la muerte de Lupita, intentó ahorcarse en el baño con el cinturón de su pantalón. Lo encontré justo a tiempo.

Ya estaba morado, ya casi no respiraba. Lo llevamos al hospital, le salvaron la vida, pero algo en él se rompió para siempre. Hasta el día de hoy toma pastillas para la depresión y casi no sale de su casa. Yo cargaba con todo eso, con el dolor de haber perdido a mi hija, con la culpa de haberla puesto en peligro por mi trabajo, con la responsabilidad de mantener a mis otros hijos con vida y encima tenía que seguir yendo a trabajar, seguir limpiando las casas de los asesinos de mi niña, seguir cocinando para hombres que sabían lo que

el chivo había hecho y no habían movido un dedo para impedirlo. Hubo días en que pensé en matarme, en acabar con todo, en sufrir. tenía acceso a venenos, a cuchillos, a tantas formas de terminar con mi vida. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, pensaba en Aurelio Junior y Fernando.

Pensaba en mis nietos que apenas estaban naciendo y me detenía. No podía abandonarlos. Ya habían perdido a su hermana, no podían perder también a su madre, pero sobre todo no podía morirme sin antes hacer pagar el chivo por lo que había hecho. La idea de la venganza llegó poco a poco, como una semilla que se planta en tierra fértil y va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol enorme que da sombra a todo lo demás.

Al principio era solo un pensamiento vago, un deseo imposible. Después se fue convirtiendo en una fantasía recurrente, en algo que imaginaba cada noche antes de dormir. Y finalmente se transformó en un plan concreto, detallado, meticuloso. Yo tenía algo que nadie más tenía, acceso. Llevaba casi 10 años entrando y saliendo de las casas de seguridad del CJNG.

Conocía las rutinas, los horarios, las debilidades del sistema. Sabía cuándo llegaban los cargamentos de droga, cuando había reuniones importantes, cuando los comandantes bajaban la guardia, sabía quién confiaba en quién, quién odiaba a quién, dónde estaban los puntos débiles y, sobre todo, yo preparaba su comida.

Durante años les había cocinado a estos hombres, les había preparado sus platillos favoritos, les había servido en sus fiestas. les había dado de comer en sus bocas. Confiaban en mí ciegamente. Nunca, ni una sola vez habían sospechado de la viejita que les hacía tamales. Era demasiado insignificante, demasiado inofensiva, demasiado invisible.

Esa invisibilidad iba a ser mi arma. La idea del veneno llegó una noche de diciembre de 2014 mientras limpiaba el cuarto de interrogatorios de la casa de Tlajomulco. Había sangre fresca en el piso, mucha sangre. y restos de lo que le habían hecho a alguien esa tarde. Mientras tallaba las manchas con cloro y agua caliente, pensé en todas las formas en que estos hombres mataban: balas, cuchillos, machetes, fuego, ácido, formas violentas, ruidosas, que dejaban rastros, que atraían atención, pero había otras formas de matar. Formas

silenciosas, lentas, que no dejaban rastro, formas que parecían naturales, accidentales, que nadie investigaba. El veneno era la forma de los débiles, de los que no tenían fuerza para enfrentar a sus enemigos directamente. Era la forma de las mujeres, de los esclavos, de los sirvientes. Era mi forma.

Empecé a investigar con cuidado. No podía buscar en internet porque sabía que me podían rastrear que el CJNG tenía gente en las compañías de teléfono que monitoreaba lo que buscaba la gente. Así que fui a la biblioteca pública de Guadalajara, la que está en el centro, cerca de la catedral. Saqué una credencial a nombre de mi hermana que vivía en Estados Unidos por si acasoalguien preguntaba después.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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