Fue entonces cuando doña Carmela, una señora que conocía del mercado de oblatos, me habló de un trabajo especial. Doña Carmela era una mujer de unos 60 años, siempre vestida de negro, con cara de pocos amigos. Vendía verduras en un puesto cerca de donde yo compraba. Nunca habíamos sido amigas, pero ella sabía de mi situación. Todo el mercado sabía.
Un día me jaló del brazo cuando pasé frente a su puesto. Me dijo que conocía gente que pagaba muy bien por servicios de limpieza, que eran personas discretas que necesitaban a alguien de confianza. Me dijo que pagaban 500 pesos por día, más de lo que yo ganaba en una semana limpiando casas normales. Me dijo que si me interesaba ella podía recomendarme.
Yo no era tonta. Sabía que 500 pesos diarios por limpiar no era normal. sabía que tenía que haber algo raro detrás de ese trabajo. En Guadalajara todos sabíamos cómo funcionaban las cosas, todos sabíamos que había gente que se dedicaba a negocios turbios, pero también sabía que mi hija necesitaba útiles escolares, que el recibo de la luz estaba atrasado tres meses, que la despensa se acababa cada vez más rápido, que el banco iba a quitarnos la casa si no pagaba.
Le pregunté a doña Carmela qué tipo de gente era. Ella me miró con esos ojos fríos y me dijo, “Gente que paga bien y que no hace preguntas. Usted tampoco haga preguntas y todo va a estar bien.” Entendí el mensaje. Sabía exactamente en qué me estaba metiendo. Pero cuando tienes tres hijos que alimentar y ninguna otra opción, la moral se vuelve un lujo que no puedes pagar. Le dije que sí a doña Carmela.
me dijo que al día siguiente pasarían por mí a las 6 de la mañana, que no le dijera a nadie, ni a mis hijos, ni a mis vecinas, ni al padre de la parroquia que el silencio era parte del trabajo. Esa noche no dormí. Me la pasé rezando, pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba a punto de hacer, pidiéndole a Aurelio que me perdonara desde el cielo.
Pero también le pedí a la Virgen que me protegiera, que protegiera a mis hijos. Le prometí que solo sería temporal, que en cuanto juntara suficiente dinero me saldría. Mentiras que uno se dice para poder dormir. Esa primera vez llegó una camioneta suburba negra con vidrios polarizados.
Eran las 6 de la mañana exactas, todavía estaba oscuro. El chóer era un tipo joven de unos 25 años con tatuajes en los brazos y una mirada que daba miedo. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y mascaba chicle con la boca abierta. No me dijo nada, solo me hizo una seña para que subiera.
Viajamos como 40 minutos hacia las afueras de Guadalajara, hacia la zona de Tlajomulco. Yo iba en el asiento de atrás, mirando por la ventana, viendo cómo la ciudad se iba quedando atrás, cómo entrábamos a zonas que yo no conocía. La camioneta entró a una colonia residencial de casas grandes, con bardas altas y cámaras de seguridad, casas que costaban más de lo que yo ganaría en toda mi vida.
Cuando llegamos a la casa entendí todo. Era una mansión de dos pisos con alberca, jardines enormes, camionetas de lujo estacionadas afuera. Había una fuente en la entrada con un ángel de piedra, plantas tropicales por todos lados, un portón eléctrico que se abrió automáticamente cuando llegamos y adentro había como 10 hombres armados con rifles, radios, chalecos tácticos.
Unos estaban durmiendo en sillones de piel. Otros jugando cartas en una mesa de mármol, otros limpiando armas en el piso de la sala. Había botellas de whisky vacías por todos lados, ceniceros llenos de colillas, platos sucios apilados en la cocina. El lugar apestaba a cigarro, alcohol, a sudor de hombre. Me recibió un hombre mayor como de 50 años con lentes de pasta y camisa de vestir.
Todos lo llamaban el contador. Tenía cara de oficinista, de burócrata, no de criminal. Me habló con educación, casi con amabilidad. Me explicó las reglas. Yo venía a limpiar, a cocinar si hacíafalta, a lavar ropa. No podía hablar con nadie de lo que veía. No podía usar teléfono dentro de la casa, no podía preguntar nada.
No podía mirar a los ojos a nadie a menos que me hablaran primero. Si cumplía, me pagarían bien y me tratarían con respeto. Si no cumplía, bueno, el contador no especificó qué pasaría, solo me miró fijamente por unos segundos y eso fue suficiente. La amenaza estaba clara, sin necesidad de palabras.
Ese primer día limpié la casa entera. Barrí, trapé, lavé trastes, tendí camas, limpié baños, recogí basura, organicé la cocina, todo normal, como cualquier casa rica. Pero cuando llegué a uno de los cuartos del fondo, un cuarto que estaba cerrado con llave y que el contador me abrió personalmente, encontré algo que me heló la sangre.
El cuarto estaba vacío, excepto por una silla de metal en el centro y en el piso alrededor de la silla había manchas oscuras, manchas que yo sabía perfectamente que eran. Había limpiado sangre de pollo cuando ayudaba a mi mamá a desplumar animales en el limón. Había limpiado sangre de puerco cuando matábamos para las fiestas.
Conocía el olor, conocía la textura, conocía cómo se secaba y se ponía café con el tiempo. Esa mancha era sangre humana, mucha sangre humana. No dije nada. Sentí que las piernas me temblaban, que el estómago se me revolvía, que quería salir corriendo de ahí y nunca volver. Pero pensé en Lupita, en su sonrisa, en sus útiles escolares, en la casa que íbamos a perder.
Respiré hondo, fui por la cubeta, eché cloro y tallé hasta que no quedó rastro. Tardé dos horas en limpiar ese cuarto. Cuando terminé, el piso de cemento estaba impecable, como si nunca hubiera pasado nada ahí. El contador vino a revisar mi trabajo, asintió con aprobación y me dio un sobre con 500 pesos en efectivo. Hizo buen trabajo, doña Lupe me dijo.
La esperamos mañana a la misma hora. Así empezó todo. Así empezaron 12 años de mi vida que quisiera borrar de mi memoria, pero que tengo grabados para siempre como si fueran ayer. Durante los primeros meses solo limpiaba esa casa de tlajomulco. Iba tres o cuatro veces por semana, siempre temprano, siempre en la suburban negra, siempre con diferentes chóeres.
Eh, los hombres de la casa me empezaron a a conocer, a tratarme con cierto respeto. Me decían doña Lupe o jefa, algunos hasta me pedían que les preparara comida especial. Tamales de puerco, pozole rojo, birria de res. Yo cocinaba para ellos como si fueran mis hijos. Les preparaba sus platillos favoritos, les ponía la mesa bonita, les servía con una sonrisa, no porque los quisiera, sino porque aprendí rápido que en ese mundo ser útil era ser intocable.
Mientras yo le sirviera, mientras yo limpiara su mugre y guardara sus secretos, ellos me protegerían. Pero también vi cosas que ninguna persona debería ver. Vi cómo traían hombres amarrados en la cajuela de camionetas con bolsas negras en la cabeza, gritando y suplicando. Vi cómo los bajaban a golpes, cómo los arrastraban por el piso, cómo los metían al cuarto del fondo.
Escuché gritos que duraban horas, súplicas que me partían el alma, llantos que todavía escucho en mis pesadillas y después silencio. Un silencio terrible, pesado, que significaba que todo había terminado. Y después yo entraba con mi cubeta y mi cloro a limpiar lo que quedaba. Nunca pregunté quiénes eran esas personas. Nunca pregunté qué habían hecho, por qué estaban ahí, si tenían familia que los buscara.
Solo limpiaba, solo cerraba los ojos y rezaba un Padre Nuestro por sus almas mientras tallaba sus sangres del piso. Era lo único que podía hacer por ellos. Era lo único que me mantenía cuerda. En 2008, dos años después de empezar, me ascendieron. El contador me citó en la oficina que tenía en el segundo piso de la casa, me ofreció un café y me dijo que mis jefes estaban muy contentos con mi trabajo.
Dijo que era discreta, eficiente, confiable, que en dos años nunca había dado problemas, nunca había hecho preguntas, nunca había faltado un día. “Me iban a asignar a más casas”, me dijo. “Me iban a pagar más. Ahora ganaría 1,000 pesos diarios, más propinas, más regalos ocasionales. Pero también me advirtió que ahora iba a haber cosas más delicadas, conocer gente más importante, que el nivel de silencio que se esperaba de mí era absoluto.
Acepté, por supuesto, qué otra opción tenía. Para entonces ya había pagado la casa, ya había sacado a mis hijos adelante, ya me había acostumbrado al dinero. Volver a ganar 500 pesos a la semana limpiando casas normales ya no era una opción. Fue entonces cuando supe para quién trabajaba realmente. Una mañana de marzo llegué a una casa nueva en Zapopan, en una zona residencial todavía más exclusiva que Tlajomulco.
La casa era enorme, tres pisos, con una barda de 4 m de altura y cámaras por todos lados. Había más seguridad que nunca. Conté por lo menos 20 hombresarmados, algunos con uniformes que parecían militares. Cuando entré a la sala, había un hombre sentado en un sillón de cuero tomando café y leyendo el periódico.
Era de estatura media, moreno, con bigote bien recortado, ojos pequeños y fríos. Vestía ropa normal, jeans y camisa a cuadros como cualquier ranchero, pero había algo en su presencia, algo en la forma en que todos los demás lo miraban, que te decía que no era cualquier persona. Lo reconocí de las noticias. Era Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación, el hombre más buscado de México.
No era como lo pintaban en la televisión, no era un monstruo con cuernos. No era un demonio sediento de sangre, era un hombre tranquilo, casi educado. Cuando me vio entrar con mis cosas de limpieza, me miró unos segundos con esos ojos fríos y luego le dijo a uno de sus hombres, “Que la señora desayune antes de empezar y que le den fruta para que lleve a su casa.” Eso fue todo.
No me amenazó, no me intimidó, no me habló directamente, solo me trató como lo que era la señora que limpiaba. Y eso en cierta forma era lo más aterrador de todo, que para él yo era completamente invisible, que podía ordenar la muerte de decenas de personas y al mismo tiempo preocuparse porque la señora de la limpieza desayunara bien.
Ese día desayuné huevos rancheros con frijoles, tortillas recién hechas, jugo de naranja natural. Me atendieron como si fuera una invitada de honor y cuando terminé de limpiar la casa me dieron una bolsa con mangos, papayas y plátanos para que llevara a mis hijos. Así era ese mundo, violencia y amabilidad, horror y cortesía, todo mezclado en una realidad que desafiaba toda lógica.
Desde ese día me convertí en parte del círculo cercano. No era importante, claro, era solo la limpiadora, pero estaba ahí. Veía entrar y salir a los comandantes, a los contadores, a los abogados. Escuchaba conversaciones sobre territorios, sobre rutas de droga, sobre competidores que había que eliminar. Conocía las caras de todos los que importaban en el CJNG.
Y ellos confiaban en mí porque llevaba años sin abrir la boca, porque nunca había dado problemas, porque era la doña Lupe que les hacía tamales de puerco y les dejaba las casas impecables. Para ellos, yo era parte del mobiliario, tan inofensiva como la mesa del comedor o el sillón de la sala. Con el dinero que ganaba pude pagar la casa completamente, pude mantener a mis hijos, pude darle educación a mi Lupita.
Cuando ella me dijo que quería estudiar enfermería, lloré de orgullo. Mi niña iba a ser profesionista. Mi niña iba a tener una vida diferente a la mía, una vida limpia, una vida honrada. Nunca le dije para quién trabajaba, nunca le conté lo que hacía realmente. Ella pensaba que yo limpiaba casas de empresarios ricos, gente de la televisión, políticos y en cierta forma así era, solo que estos empresarios traficaban drogas y mataban gente.
Los años pasaron. 2009, 2010, 2011, 2012. El CJNG crecía, se volvía más poderoso, más violento. Empezaron las guerras con otros cárteles, los enfrentamientos con el gobierno, las masacres que salían en las noticias y yo seguía limpiando sus casas, lavando su ropa manchada, cocinando para sus icarios. Me acostumbré al horror.
Me volví insensible. Cuando veía sangre en un piso, ya no sentía nada. Era solo trabajo, era solo lo que tenía que hacer para sobrevivir, para darle un futuro a mis hijos. Llegué a limpiar hasta 15 casas de seguridad diferentes a lo largo de esos años. Casas en Tlajomulco, Zapopan, Tlaquepaque, El Salto, Chapala, incluso algunas en Michoacán.
Conocía cada escondite, cada ruta, cada protocolo de seguridad. sabía dónde guardaban las armas, dónde escondían el dinero, dónde tenían los cuartos de interrogatorio, dónde enterraban a los muertos. Esa información valía millones. Cualquier autoridad, cualquier cártel rival habría pagado fortunas por saber lo que yo sabía, pero nunca hablé, nunca traicioné.
Porque tenía miedo, sí, pero también porque de alguna forma retorcida me sentía parte de algo. Me sentía protegida, me sentía importante. Qué estúpida fui, qué ciega estuve todos esos años. Porque mientras yo les era leal, mientras yo les lavaba la sangre de sus crímenes, ellos ya tenían los ojos puestos en lo único que me importaba en el mundo. Mi hija.
Mi Lupita creció hermosa, alta, morena, clara, con los ojos grandes de su padre y una sonrisa que iluminaba cualquier cuarto. Tenía el pelo largo hasta la cintura, negro como ala de cuervo, que se peinaba en una trenza gruesa todos los días. Era delgada, pero fuerte, de esas mujeres que parecen frágiles, pero tienen un carácter de acero por dentro.
Era buena estudiante, responsable, respetuosa, nunca me dio problemas. Mientras sus amigas andaban de noviecitas y fiestas, mientras escapaban de la escuela para ir a los antros del centro, Lupita se quedaba en casaestudiando, ayudándome con los queaceres, yendo a la iglesia conmigo los domingos.
era la hija que toda madre sueña tener. Desde chiquita supo que quería ser enfermera. Me decía que quería ayudar a la gente, cuidar a los enfermos, aliviar el dolor de los que sufrían. Yo la veía jugar con sus muñecas, poniéndoles vendas, dándoles medicinas imaginarias y me llenaba de orgullo. Mi niña iba a ser alguien. Mi niña iba a romper el ciclo de pobreza que había marcado a nuestra familia por generaciones.
En 2013, cuando cumplió 18 años, entró a la escuela de enfermería en la Universidad de Guadalajara. Pasó el examen de admisión con una de las calificaciones más altas de su generación. Cuando me dio la noticia, me solté llorando como Magdalena en medio de la cocina. Mi hija, la hija de una mujer que apenas había terminado la primaria, iba a ser profesionista.
Le hice una fiesta en la casa para celebrar. Invité a toda la familia, a los vecinos, a sus amigas de la secundaria. Maté un puerco. Contraté un mariachi de tres músicos. Compré una tarta de tres pisos con su nombre escrito en betún rosa. Fue el día más feliz de mi vida. verla ahí rodeada de gente que la quería con ese vestido blanco que le había comprado especial para la ocasión, sonriendo como solo ella sabía sonreír.
Si hubiera sabido lo que venía, habría detenido el tiempo en ese momento. La habría abrazado y nunca la habría soltado. Lupita no sabía nada de mi trabajo real. Para ella, yo era una señora de limpieza que trabajaba para familias adineradas. Nunca le mentí directamente, solo omití a las partes feas.
Cuando me preguntaba por qué siempre me recogían en camionetas polarizadas, le decía que los patrones eran muy privados, que les gustaba mantener un perfil bajo. Cuando me preguntaba por qué a veces llegaba tan tarde, le decía que las casas eran muy grandes y que había mucho trabajo. Ella me creía porque me quería creer, porque no podía imaginar que su madre, la mujer que la llevaba a misa y le rezaba el rosario antes de dormir, trabajara para asesinos.
Pero en este mundo los secretos no duran para siempre y los monstruos siempre terminan encontrando a los inocentes. El problema empezó en marzo de 2014. Uno de los comandantes del CJNG, un tipo al que todos llamaban el chivo, llegó a la casa de Tlajomulco mientras yo estaba limpiando la cocina. El chivo era un hombre de unos 35 años, alto, fornido, con cara de pocos amigos y una cicatriz que le cruzaba el cuello de lado a lado.
Dicen que se la hizo un rival que intentó degollarlo, pero falló. Dicen que el chivo lo encontró después y lo mantuvo vivo tres días mientras lo despellejaba pedazo a pedazo. Era uno de los comandantes de plaza más violentos del CJNG. controlaba la zona de Uruapan en Michoacán, donde se producía la mayor parte del aguacate del país.
Extorsionaba a los productores, cobraba cuotas a los transportistas, mataba a cualquiera que se negara a pagar. Dicen que había ejecutado a más de 50 personas con sus propias manos. Dicen que le gustaba torturar, que disfrutaba el sufrimiento ajeno, que a veces grababa videos de sus víctimas suplicando y los veía después para entretenerse.
Era el tipo de hombre que todos en la organización temían. Incluso los otros comandantes le tenían miedo. Cuando el chivo llegaba a una casa, el ambiente cambiaba. Los icarios bajaban la mirada, hablaban en voz baja, trataban de no llamar su atención. Ese día de marzo, el chivo se sentó en la cocina mientras yo preparaba unos chilaquiles para los muchachos.
Me miraba mientras cocinaba, sin decir nada, solo mirándome con esos ojos de víbora que tenía. Yo trataba de ignorarlo, de concentrarme en lo que estaba haciendo, pero sentía su mirada quemándome la espalda. De repente me habló. Doña Lupe, ¿usted tiene familia? Le dije que sí, que tenía tres hijos ya grandes.
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