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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hija

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Había seguido fumando su cigarro como si fuera un día cualquiera. El flaco tenía una debilidad. Le encantaba el atole de arroz que yo preparaba. Cada vez que llegaba a la casa de Tlajomulco, me pedía que le hiciera un jarrito. “Doña Lupe, su atol de mi abuelita”, me decía siempre con esa sonrisa de rata. Y yo siempre se lo preparaba con canela extra como a él le gustaba y él siempre me daba 50 pesos de propina.

Un día de abril de 2015, el flaco llegó solo a la casa después de un trabajo. Venía cansado, sudado, con manchas de sangre en la camisa que yo sabía que tendría que lavar después. Me pidió su atole como siempre y yo se lo preparé con todo el cariño del mundo, pero esta vez le agregué un ingrediente especial. semillas de toloache finamente molidas, mezcladas con la canela para disimular cualquier sabor extraño.

Había calculado la dosis con cuidado, suficiente para matar a un hombre de su peso en unas horas, pero no tanto como para que el sabor fuera detectable. El flaco se tomó el atole completo mientras me platicabade su trabajo, de una muchacha que le gustaba, de los planes que tenía para comprarse una moto nueva. Yo lo escuchaba con paciencia, asintiendo en los momentos correctos, sonriendo cuando hacía chistes malos.

Por dentro contaba los minutos. Media hora después empezó a sentirse mal. Primero mareo, después sudoración, después confusión. Pensó que era el calor, que estaba cansado del trabajo de la noche anterior. Me dijo que se iba a acostar un rato en uno de los cuartos que me avisara si llegaba alguien. Lo vi subir las escaleras tambaleándose, agarrándose de la pared para no caerse.

Me quedé en la cocina lavando trastes esperando. Tres horas después, uno de los otros muchachos subió a buscarlo porque no contestaba el radio. Lo encontró tirado en la cama con espuma en la boca, sin pulso. Gritó que el flaco estaba muerto, que llamaran a alguien, que qué había pasado. Yo subí con los demás, fingiendo sorpresa, fingiendo horror.

Vi el cuerpo del flaco, sus ojos abiertos mirando al techo, su cara congelada en una mueca de dolor y por dentro, muy adentro donde nadie podía verlo, sentí algo que no había sentido desde la muerte de Lupita. Satisfacción. Llamaron a un doctor que trabajaba para la organización, examinó el cuerpo, hizo algunas preguntas y dictaminó que había sido un paro cardíaco.

“Estas cosas pasan”, dijo encogiéndose de hombros. El muchacho era joven, pero llevaba una vida de mucho estrés. El corazón no aguanta. Nadie sospechó nada. Nadie conectó la muerte de el flaco con el atole que le había preparado horas antes. ¿Por qué lo harían? Era solo la doña Lupe, la viejita que limpiaba y cocinaba. Llevaba casi 10 años trabajando para ellos sin dar problemas.

Era parte del mobiliario, tan inofensiva como las sillas del comedor. El funeral del flaco fue tres días después. Asistí como todos los demás. Le di el pésame a su madre. Recé un rosario por su alma. Nadie notó que por dentro estaba celebrando. Nadie notó que ya había tachado el primer nombre de mi lista. Quedaban 22.

Esa primera muerte me enseñó muchas cosas. Aprendí que podía hacerlo, que tenía el estómago para matar a sangre fría. Aprendí que el veneno funcionaba, que mis cálculos eran correctos y aprendí que nadie iba a sospechar de la viejita de la limpieza. Pero también aprendí que tenía que ser más cuidadosa.

No podía matar a todos en la misma casa con el mismo método en poco tiempo. Eso levantaría sospechas incluso entre gente tan descuidada como estos narcos. Tenía que espaciar las muertes, variar los venenos, hacerlo parecer accidental o natural cada vez. desarrolló un sistema. Nunca mataba a más de dos personas en el mismo mes. Nunca usaba el mismo veneno dos veces seguidas.

Nunca envenenaba a alguien el mismo día que cocinaba para ellos. Usaba venenos de efecto [ __ ] que tardaban horas o días en hacer efecto, para que cuando murieran yo estuviera en otro lugar con testigos que confirmaran que no había estado cerca. El segundo fue el perico, otro de los que estuvo en el rancho.

Le puse risino en el café que le servíó una mañana de mayo. Murió una semana después de lo que parecía insuficiencia renal. Los doctores dijeron que probablemente era por la diabetes que ni él sabía que tenía. El tercero fue el moreno, que había sido el chóer la noche que secuestraron a Lupita. Reconocí su cara de las descripciones que me dieron los vecinos que vieron el secuestro.

Le preparé unos tamales con extracto de sicuta silvestre que conseguí en un terreno valdío cerca de mi casa. Murió dos días después de aparente intoxicación alimentaria. Le echaron la culpa a unos tacos que había comido en un puesto callejero. El cuarto, el quinto, el sexto. Cada muerte era diferente.

Algunos morían rápido en horas, otros tardaban días, semanas. Algunos sufrían mucho, convulsiones y vómitos y dolor. Otros se iban tranquilos en su sueño sin saber lo que les estaba pasando. No me importaba el sufrimiento. De hecho, parte de mí lo disfrutaba. Cada vez que veía a uno de mis objetivos retorcerse de dolor, pensaba en Lupita.

Pensaba en lo que ella había sufrido durante esas dos semanas en manos del chivo. Pensaba en las marcas de tortura en su cuerpo, en los moretones, en las quemaduras. y pensaba que se lo merecían, que todos se lo merecían. La organización empezó a notar que estaba perdiendo gente. Entre 2015 y 2017, más de 10 icarios y operadores de bajo nivel murieron de causas aparentemente naturales.

Hubo reuniones, hubo investigaciones internas, hubo paranoia. Algunos pensaban que era una maldición, que alguien les había hecho brujería. Otros pensaban que era algo en el agua, en la comida de los restaurantes donde comían. en las drogas que consumían, pero nadie, absolutamente nadie, sospechó de Doña Lupe.

Hubo un momento de peligro en 2016, cuando tres de mis objetivos murieron en el mismo mes. Uno de los contadores, un tipo desconfiado al quellamaban el calculador, empezó a hacer preguntas. Quería saber qué tenían en común los muertos, dónde habían estado, qué habían comido, con quién habían hablado. Me llamó a su oficina y me interrogó durante una hora.

Me preguntó si había notado algo raro, si alguien había actuado sospechoso, si había visto algo fuera de lo normal. Yo le contesté con mi mejor cara de viejita inocente. Le dije que no había notado nada, que yo solo limpiaba y cocinaba, que no me metía en los asuntos de los muchachos. El calculador me miró fijamente por un largo rato tratando de detectar alguna mentira en mi cara, pero yo había pasado años perfeccionando mi máscara, años fingiendo que todo estaba bien mientras por dentro me moría.

Un interrogatorio de una hora no era nada comparado con eso. Al final me dejó ir. Nunca volvió a sospechar de mí. Y tr meses después el calculador también estaba en mi lista. No por lo de Lupita, sino porque durante el interrogatorio me había amenazado. Me había dicho que si descubría que yo tenía algo que ver con las muertes, me iba a despellejar viva.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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