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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hija

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Mis hijos estaban destrozados. Aurelio Junior quería venganza. Hablaba de conseguir una pistola, de ir a buscar al chivo, de matarlo con sus propias manos. Yo tuve que calmarlo. Tuve que explicarle que si hacía eso nos matarían a todos. El CJNG no perdonaba, no olvidaba. Si tocabas a uno de los suyos, te borraban del mapa junto con toda tu familia.

hasta los primos lejanos, hasta los vecinos que te caían bien. Fernando se encerró en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de comer, dejó de salir de su cuarto. Pasaba los días acostado mirando el techo, sin responder cuando le hablábamos. Un mes después de la muerte de Lupita, intentó ahorcarse en el baño con el cinturón de su pantalón. Lo encontré justo a tiempo.

Ya estaba morado, ya casi no respiraba. Lo llevamos al hospital, le salvaron la vida, pero algo en él se rompió para siempre. Hasta el día de hoy toma pastillas para la depresión y casi no sale de su casa. Yo cargaba con todo eso, con el dolor de haber perdido a mi hija, con la culpa de haberla puesto en peligro por mi trabajo, con la responsabilidad de mantener a mis otros hijos con vida y encima tenía que seguir yendo a trabajar, seguir limpiando las casas de los asesinos de mi niña, seguir cocinando para hombres que sabían lo que

el chivo había hecho y no habían movido un dedo para impedirlo. Hubo días en que pensé en matarme, en acabar con todo, en sufrir. tenía acceso a venenos, a cuchillos, a tantas formas de terminar con mi vida. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, pensaba en Aurelio Junior y Fernando.

Pensaba en mis nietos que apenas estaban naciendo y me detenía. No podía abandonarlos. Ya habían perdido a su hermana, no podían perder también a su madre, pero sobre todo no podía morirme sin antes hacer pagar el chivo por lo que había hecho. La idea de la venganza llegó poco a poco, como una semilla que se planta en tierra fértil y va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol enorme que da sombra a todo lo demás.

Al principio era solo un pensamiento vago, un deseo imposible. Después se fue convirtiendo en una fantasía recurrente, en algo que imaginaba cada noche antes de dormir. Y finalmente se transformó en un plan concreto, detallado, meticuloso. Yo tenía algo que nadie más tenía, acceso. Llevaba casi 10 años entrando y saliendo de las casas de seguridad del CJNG.

Conocía las rutinas, los horarios, las debilidades del sistema. Sabía cuándo llegaban los cargamentos de droga, cuando había reuniones importantes, cuando los comandantes bajaban la guardia, sabía quién confiaba en quién, quién odiaba a quién, dónde estaban los puntos débiles y, sobre todo, yo preparaba su comida.

Durante años les había cocinado a estos hombres, les había preparado sus platillos favoritos, les había servido en sus fiestas. les había dado de comer en sus bocas. Confiaban en mí ciegamente. Nunca, ni una sola vez habían sospechado de la viejita que les hacía tamales. Era demasiado insignificante, demasiado inofensiva, demasiado invisible.

Esa invisibilidad iba a ser mi arma. La idea del veneno llegó una noche de diciembre de 2014 mientras limpiaba el cuarto de interrogatorios de la casa de Tlajomulco. Había sangre fresca en el piso, mucha sangre. y restos de lo que le habían hecho a alguien esa tarde. Mientras tallaba las manchas con cloro y agua caliente, pensé en todas las formas en que estos hombres mataban: balas, cuchillos, machetes, fuego, ácido, formas violentas, ruidosas, que dejaban rastros, que atraían atención, pero había otras formas de matar. Formas

silenciosas, lentas, que no dejaban rastro, formas que parecían naturales, accidentales, que nadie investigaba. El veneno era la forma de los débiles, de los que no tenían fuerza para enfrentar a sus enemigos directamente. Era la forma de las mujeres, de los esclavos, de los sirvientes. Era mi forma.

Empecé a investigar con cuidado. No podía buscar en internet porque sabía que me podían rastrear que el CJNG tenía gente en las compañías de teléfono que monitoreaba lo que buscaba la gente. Así que fui a la biblioteca pública de Guadalajara, la que está en el centro, cerca de la catedral. Saqué una credencial a nombre de mi hermana que vivía en Estados Unidos por si acasoalguien preguntaba después.

Pasé semanas leyendo libros de botánica, de química básica, de toxicología, de medicina forense. Leí sobre los venenos que usaban en la antigüedad, sobre las plantas tóxicas que crecían en México, sobre los síntomas de diferentes tipos de envenenamiento. Tomaba notas en una libretita que después quemaba en el patio de mi casa, memorizando la información antes de destruir la evidencia.

Descubrí que México era un paraíso de plantas venenosas. El toloache que los brujos usaban para hacer amarres y que en dosis altas causaba alucinaciones, convulsiones y paro cardíaco. La higuerilla, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más potentes del mundo, el extramonio primo del toloache, igual de mortal, el colorín con sus semillas rojas brillantes que parecían dulces pero que destruían los riñones.

la Adelfa, cuyos flores rosadas escondían toxinas que paralizaban el corazón. Todas estas plantas crecían en Jalisco, en los patios de las casas, en los parques, en los caminos rurales, en los terrenos valdíos. Nadie les prestaba atención, nadie sabía lo peligrosas que eran. Para todos eran solo hierbas, solo flores bonitas, solo parte del paisaje.

Para mí eran armas. Empecé a recolectar plantas en mis días libres. Iba al campo con una bolsa de plástico y guantes de cocina. Cortaba hojas, semillas, raíces. Las llevaba a mi casa y las procesaba en la cocina cuando mis hijos no estaban. Secaba las hojas al sol, molía las semillas en el molcajete, preparaba extractos hirviendo las plantas en agua.

Era un trabajo lento, meticuloso, que requería paciencia y precisión. También experimenté con animales. Compré ratas en el mercado de animales de esas que venden para alimentar serpientes. Les daba diferentes dosis de mis preparaciones y observaba los efectos. Aprendí cuánto toloache se necesitaba para matar a una rata de 200 g, cuánto risino, cuánto extrramonio.

Hacía cálculos para extrapolar las dosis a humanos, tomando en cuenta el peso corporal, el metabolismo, la forma de administración. Sé que suena horrible, sé que suena como el trabajo de un monstruo, pero cuando pierdes a un hijo de la forma en que yo perdí a Lupita, algo se rompe dentro de ti. La compasión desaparece. La empatía se evapora.

Solo queda el dolor y la rabia y las ganas de hacer sufrir a los que te hicieron sufrir. Me tomó 6 meses estar lista. 6 meses de investigación, de preparación, de planificación. Para entonces ya tenía un arsenal de venenos escondido en el sótano de mi casa en frascos de mayonesa y botellas de salsa que nadie sospecharía.

Tenía tolo molido que parecía orégano, risino líquido que parecía aceite de cocina, extracto de Adelfa que parecía jarabe para la tos. También tenía una lista. Pasé semanas recordando cada cara, cada nombre, cada detalle de las personas involucradas en lo que le pasó a Lupita, los hombres que la habían secuestrado esa noche de septiembre, los que la habían vigilado durante meses antes del secuestro, los que la habían custodiado durante las dos semanas que estuvo cautiva, los que estaban en el rancho el día que la encontré fumando y platicando como si

nada mientras mi hija colgaba de un árbol y, por supuesto, el chivo. Hice una lista de 23 nombres. Algunos los conocía bien, otros solo de vista, otros solo por apodo, pero todos habían participado de alguna forma en la muerte de mi hija. Todos habían sabido lo que estaba pasando y no habían hecho nada para impedirlo. Todos merecían morir.

El primero de mi lista fue fácil. Un tipo al que llamaban el flaco, uno de los icarios de bajo nivel que había estado en el rancho ese día. Era un muchacho joven de unos 25 años. flaco como su apodo, con cara de ratón y dientes chuecos. No era nada importante, no tenía poder real, pero había estado ahí. Había visto el cuerpo de mi hija y no había sentido nada.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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