Tenía tres fotos. Una de Aurelio Junior en su trabajo de la refaccionaria, una de Fernando en su graduación de preparatoria y una de Lupita en su uniforme de enfermería, recién tomada unas semanas antes. Era una foto hermosa. Lupita sonreía la cámara con esa sonrisa suya, el pelo recogido en un chongo, la bata blanca impecable.
El chivo las miró una por una. Cuando llegó a la de Lupita, se detuvo. La miró por varios segundos acercándosela a la cara, estudiando cada detalle. Esta es su hija. Le dije que sí con orgullo en la voz. Le conté que estaba estudiando enfermería, que iba a ser una profesionista, que era la luz de mis ojos.
El chivo sonrió de una manera que me heló la sangre, una sonrisa queno le llegaba a los ojos, una sonrisa de depredador que ha encontrado a su presa. “¡Qué bonita está!”, me dijo, “Parece artista de televisión. ¿Tiene novio?” Le dije que no, que estaba muy ocupada con la escuela, que no tenía tiempo para esas cosas.
“Qué bueno”, dijo el chivo devolviéndome las fotos. Las muchachas de ahora se echan a perder muy rápido con tanto noviecito. Está bien que se enfoque en sus estudios. Guardé las fotos en mi cartera, agradecí el cumplido y seguí cocinando. Pero algo en mi interior me gritaba que había cometido un error terrible. La forma en que había mirado esa foto, la forma en que había sonreído, conocía esa mirada, la había visto en los ojos de hombres que miraban a mujeres como si fueran carne en una carnicería.
Las semanas siguientes, el chivo empezó a hacerme preguntas sobre Lupita. Cada vez que llegaba a alguna de las casas donde yo estaba limpiando, me buscaba para preguntarme por ella, que dónde estudiaba exactamente, que en qué turno iba a la escuela, que si tenía novio, que en qué colonia vivíamos. que cuál era su comida favorita, que qué música le gustaba.
Yo le daba respuestas vagas, evasivas. Le decía que Lupita estaba muy ocupada con la escuela, que casi no salía de la casa, que no tenía tiempo para nada. Trataba de no darle información específica, de proteger a mi hija de alguna forma, pero el chivo no se rendía. Cada vez sus preguntas eran más directas, más insistentes y cada vez yo sentía más miedo.
Un día, como en mayo de 2014, el chivo me acorraló en un pasillo de la casa de Zapopan. me agarró del brazo con fuerza, apretándome hasta que sentí que me iba a romper el hueso, y me habló al oído. Doña Lupe, quiero conocer a su hija. Quiero que me la presente. Le dije que no era posible, que Lupita estaba muy enfocada en sus estudios, que no andaba buscando novio, que era una muchacha seria.
El chivo apretó más fuerte. Sentí que se me entumía la mano. No le estoy preguntando, doña Lupe, le estoy diciendo. Yo puedo darle una buena vida a su hija. Puedo darle todo lo que quiera, ropa, joyas, carros, una casa grande. La voy a tratar como reina. Solo tiene que presentármela. Le dije que lo iba a pensar, que iba a hablar con Lupita cualquier cosa para que me soltara.
El chivo sonrió otra vez con esa sonrisa de víbora y me soltó el brazo. Piénselo bien, doña Lupe. Usted sabe quién soy yo. Usted sabe lo que puedo hacer. Le estoy pidiendo por las buenas. No me haga pedírselo por las malas. Esa noche llegué a mi casa con el brazo morado. Lupita me preguntó qué me había pasado y le dije que me había golpeado con una puerta.
Otra mentira para la lista de mentiras que le había contado toda su vida. No dormí esa noche. Me quedé sentada en la sala, en la oscuridad pensando en qué hacer. Sabía que el chivo no iba a aceptar un no por respuesta. Sabía que en ese mundo cuando un comandante quería algo, lo tomaba. Había visto cómo trataban a las mujeres que les gustaban, las secuestraban, las violaban, las usaban hasta que se aburrían y después las desechaban.
Algunas terminaban en fosas, otras terminaban en las calles vendiéndose, otras simplemente desaparecían. Pensé en huir. Pensé en tomar a Lupita y a mis hijos y largarnos de Guadalajara esa misma noche. Irnos a otro estado, a otro país donde el chivo no pudiera encontrarnos. Pero sabía que era imposible. El Cilla Neg tenía ojos en todas partes.
Tenían contactos en las terminales de autobuses, en el aeropuerto, en las carreteras. Si desaparecíamos nos encontrarían y entonces sería peor. Pensé en hablar con el contador, pedirle que intercediera, pero sabía que no serviría de nada. El chivo era comandante, tenía poder real. El contador era solo un empleado, igual que yo.
No podía meterse en asuntos personales de un superior. Pensé en ir a la policía, pero la mitad de la policía de Jalisco trabajaba para el CJNG. Si iba a denunciar, la denuncia llegaría a oídos del chivo antes de que saliera de la estación. Estaba atrapada, completamente atrapada. Durante los siguientes meses viví en pánico constante.
Le dije a Lupita que tuviera cuidado, que no hablara con extraños, que no aceptara ventones de nadie, que siempre anduviera acompañada. Ella me preguntaba por qué estaba tan asustada y yo le inventaba excusas. Le decía que había muchos robos en la zona, que tenía que protegerse. Traté de mantenerla encerrada en la casa lo más posible.
No quería que saliera, no quería que la vieran. Pero Lupita tenía que ir a la escuela. Tenía que hacer sus prácticas en el hospital. Tenía que vivir su vida, no podía encerrarla para siempre. El chivo no esperó mi permiso. Empezó a seguir a Lupita por su cuenta. Mandaba a sus hombres a vigilarla fuera de la escuela de enfermería, fuera de la casa.
fuera del hospital donde hacía sus prácticas. Un día, Lupita llegó asustada diciéndome que un tipo en una camionetanegra le había gritado cosas mientras caminaba a la parada del camión. Le había dicho que estaba muy bonita, que porque andaba sola, que él podía llevarla a donde quisiera. Otro día me dijo que había encontrado un ramo de rosas rojas en la puerta de la casa.
No tenía tarjeta, no decía de quién era, solo las flores envueltas en papel celofán con un listón rojo. Lupita pensó que era de algún admirador secreto de la escuela y hasta le dio risa. Yo tuve que fingir que también me parecía gracioso mientras por dentro me moría de terror. Una semana después llegó otro ramo, este con una nota.
Decía, “Para la enfermera más bonita de Jalisco. Pronto nos conoceremos.” Lupita se asustó esa vez. me preguntó quién podía ser, si debíamos llamar a la policía. Le dije que probablemente era una broma de alguien de la escuela, que no se preocupara, pero esa noche escondí todos los cuchillos de la cocina debajo de mi colchón, por si acaso.
En septiembre de 2014, el chivo perdió la paciencia. Era un viernes por la noche. Lupita regresaba de la escuela como a las 8, ya estaba oscuro. Yo estaba en la casa preparando la cena, esperándola como todas las noches. Cuando dieron las 8:30 y no llegaba, empecé a preocuparme. Le llamé al celular, pero no contestaba. Salí a la calle a buscarla, pero no la vi por ningún lado.
A las 9 de la noche, una vecina llegó corriendo a mi casa. Estaba pálida, temblando. Me dijo que había visto como una camioneta negra se detuvo junto a Lupita a tres cuadras de la casa, que dos hombres se bajaron, la agarraron de los brazos, le taparon la boca y la subieron a la fuerza mientras ella pataleaba y trataba de gritar, que todo pasó en menos de un minuto, que ella no pudo hacer nada, solo mirar desde su ventana paralizada de miedo.
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