La esperamos mañana a la misma hora. Así empezó todo. Así empezaron 12 años de mi vida que quisiera borrar de mi memoria, pero que tengo grabados para siempre como si fueran ayer. Durante los primeros meses solo limpiaba esa casa de tlajomulco. Iba tres o cuatro veces por semana, siempre temprano, siempre en la suburban negra, siempre con diferentes chóeres.
Eh, los hombres de la casa me empezaron a a conocer, a tratarme con cierto respeto. Me decían doña Lupe o jefa, algunos hasta me pedían que les preparara comida especial. Tamales de puerco, pozole rojo, birria de res. Yo cocinaba para ellos como si fueran mis hijos. Les preparaba sus platillos favoritos, les ponía la mesa bonita, les servía con una sonrisa, no porque los quisiera, sino porque aprendí rápido que en ese mundo ser útil era ser intocable.
Mientras yo le sirviera, mientras yo limpiara su mugre y guardara sus secretos, ellos me protegerían. Pero también vi cosas que ninguna persona debería ver. Vi cómo traían hombres amarrados en la cajuela de camionetas con bolsas negras en la cabeza, gritando y suplicando. Vi cómo los bajaban a golpes, cómo los arrastraban por el piso, cómo los metían al cuarto del fondo.
Escuché gritos que duraban horas, súplicas que me partían el alma, llantos que todavía escucho en mis pesadillas y después silencio. Un silencio terrible, pesado, que significaba que todo había terminado. Y después yo entraba con mi cubeta y mi cloro a limpiar lo que quedaba. Nunca pregunté quiénes eran esas personas. Nunca pregunté qué habían hecho, por qué estaban ahí, si tenían familia que los buscara.
Solo limpiaba, solo cerraba los ojos y rezaba un Padre Nuestro por sus almas mientras tallaba sus sangres del piso. Era lo único que podía hacer por ellos. Era lo único que me mantenía cuerda. En 2008, dos años después de empezar, me ascendieron. El contador me citó en la oficina que tenía en el segundo piso de la casa, me ofreció un café y me dijo que mis jefes estaban muy contentos con mi trabajo.
Dijo que era discreta, eficiente, confiable, que en dos años nunca había dado problemas, nunca había hecho preguntas, nunca había faltado un día. “Me iban a asignar a más casas”, me dijo. “Me iban a pagar más. Ahora ganaría 1,000 pesos diarios, más propinas, más regalos ocasionales. Pero también me advirtió que ahora iba a haber cosas más delicadas, conocer gente más importante, que el nivel de silencio que se esperaba de mí era absoluto.
Acepté, por supuesto, qué otra opción tenía. Para entonces ya había pagado la casa, ya había sacado a mis hijos adelante, ya me había acostumbrado al dinero. Volver a ganar 500 pesos a la semana limpiando casas normales ya no era una opción. Fue entonces cuando supe para quién trabajaba realmente. Una mañana de marzo llegué a una casa nueva en Zapopan, en una zona residencial todavía más exclusiva que Tlajomulco.
La casa era enorme, tres pisos, con una barda de 4 m de altura y cámaras por todos lados. Había más seguridad que nunca. Conté por lo menos 20 hombresarmados, algunos con uniformes que parecían militares. Cuando entré a la sala, había un hombre sentado en un sillón de cuero tomando café y leyendo el periódico.
Era de estatura media, moreno, con bigote bien recortado, ojos pequeños y fríos. Vestía ropa normal, jeans y camisa a cuadros como cualquier ranchero, pero había algo en su presencia, algo en la forma en que todos los demás lo miraban, que te decía que no era cualquier persona. Lo reconocí de las noticias. Era Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación, el hombre más buscado de México.
No era como lo pintaban en la televisión, no era un monstruo con cuernos. No era un demonio sediento de sangre, era un hombre tranquilo, casi educado. Cuando me vio entrar con mis cosas de limpieza, me miró unos segundos con esos ojos fríos y luego le dijo a uno de sus hombres, “Que la señora desayune antes de empezar y que le den fruta para que lleve a su casa.” Eso fue todo.
No me amenazó, no me intimidó, no me habló directamente, solo me trató como lo que era la señora que limpiaba. Y eso en cierta forma era lo más aterrador de todo, que para él yo era completamente invisible, que podía ordenar la muerte de decenas de personas y al mismo tiempo preocuparse porque la señora de la limpieza desayunara bien.
Ese día desayuné huevos rancheros con frijoles, tortillas recién hechas, jugo de naranja natural. Me atendieron como si fuera una invitada de honor y cuando terminé de limpiar la casa me dieron una bolsa con mangos, papayas y plátanos para que llevara a mis hijos. Así era ese mundo, violencia y amabilidad, horror y cortesía, todo mezclado en una realidad que desafiaba toda lógica.
Desde ese día me convertí en parte del círculo cercano. No era importante, claro, era solo la limpiadora, pero estaba ahí. Veía entrar y salir a los comandantes, a los contadores, a los abogados. Escuchaba conversaciones sobre territorios, sobre rutas de droga, sobre competidores que había que eliminar. Conocía las caras de todos los que importaban en el CJNG.
Y ellos confiaban en mí porque llevaba años sin abrir la boca, porque nunca había dado problemas, porque era la doña Lupe que les hacía tamales de puerco y les dejaba las casas impecables. Para ellos, yo era parte del mobiliario, tan inofensiva como la mesa del comedor o el sillón de la sala. Con el dinero que ganaba pude pagar la casa completamente, pude mantener a mis hijos, pude darle educación a mi Lupita.
Cuando ella me dijo que quería estudiar enfermería, lloré de orgullo. Mi niña iba a ser profesionista. Mi niña iba a tener una vida diferente a la mía, una vida limpia, una vida honrada. Nunca le dije para quién trabajaba, nunca le conté lo que hacía realmente. Ella pensaba que yo limpiaba casas de empresarios ricos, gente de la televisión, políticos y en cierta forma así era, solo que estos empresarios traficaban drogas y mataban gente.
Los años pasaron. 2009, 2010, 2011, 2012. El CJNG crecía, se volvía más poderoso, más violento. Empezaron las guerras con otros cárteles, los enfrentamientos con el gobierno, las masacres que salían en las noticias y yo seguía limpiando sus casas, lavando su ropa manchada, cocinando para sus icarios. Me acostumbré al horror.
Me volví insensible. Cuando veía sangre en un piso, ya no sentía nada. Era solo trabajo, era solo lo que tenía que hacer para sobrevivir, para darle un futuro a mis hijos. Llegué a limpiar hasta 15 casas de seguridad diferentes a lo largo de esos años. Casas en Tlajomulco, Zapopan, Tlaquepaque, El Salto, Chapala, incluso algunas en Michoacán.
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