Otro más que pagó por lo que te hicieron. Pronto van a estar todos. Pronto vas a poder descansar en paz. El último de mi lista murió en febrero de 2019, casi 5 años después de la muerte de Lupita. En total maté a 19 personas. 19 hombres que directa o indirectamente habían participado en el secuestro, tortura y asesinato de mi hija.
Cuatro de mi lista original escaparon, dos murieron en enfrentamientos con fuerzas federales antes de que pudiera llegar a ellos. Uno fue asesinado por una célula rival del cártel de Sinaloa y uno simplemente desapareció. Probablemente huyó a Estados Unidos cuando vio que sus compañeros estaban cayendo uno tras otro.
Cuando terminé, cuando el último nombre de mi lista estuvo tachado, me senté en la sala de mi casa y esperé sentir algo. Paz, alivio, satisfacción, cualquier cosa, pero no sentí nada. Solo el mismo vacío de siempre, la misma oscuridad que me había acompañado desde el día que encontré a Lupita en ese rancho.
La venganza no sana nada, eso lo sé ahora. Puedes matar a todos los que te hicieron daño. Puedes hacerlos sufrir como ellos te hicieron sufrir. Puedes cobrar cada gota de sangre que derramaron. Pero al final el dolor sigue ahí, el vacío sigue ahí, los muertos siguen muertos y los vivos seguimos arrastrando sus fantasmas.
Seguí trabajando para el CJNG durante dos años más, no porque quisiera, sino porque no sabía cómo salir y porque una parte de mí ya no le importaba lo que pasara. Había cumplido mi misión, había vengado a mi hija. Lo que me pasara después no tenía importancia. En 2021, finalmente dejé el trabajo. Les dije que estaba muy vieja, muy cansada, que mis articulaciones ya no aguantaban las jornadas de limpieza.
No era mentira. Tenía 51 años y el cuerpo me dolía como si tuviera 80. Años de trabajo pesado, de estrés constante, de manipular veneno sin protección adecuada. Habían cobrado su precio. Me dejaron ir sin problemas. Después de 15 años de servicio leal, de nunca dar problemas, de guardar todos sus secretos, me dieron una liquidación de 200,000 pesos y me desearon buena suerte.
El nuevo contador, un tipo joven que había reemplazado a el calculador, me dio un abrazo y me dijo que siempre sería bienvenida si quería volver. No volví. Me fui de Guadalajara y me mudé a un pueblito de Nayarit, cerca de la costa, lejos de todo lo que me recordaba a esos años. Compré una casita pequeña con vista al mar, con un jardincito donde planto flores y hierbas.
No plantas venenosas, ya no. Solo bugambilias, margaritas, albaca, romero, plantas de vida, no de muerte. Mis hijos saben la verdad, se las conté hace un año. Una noche que estábamos los tres solos en mi casita después de cenar pozole como cuando eran niños. Les conté todo. Mi trabajo para el CJNG, lo que sabía sobre la muerte de Lupita, lo que hice para vengarla.
Les conté de cada uno de los 19 hombres que maté, cómo los maté. ¿Por qué los maté? Al principio no me creyeron. Pensaron que estaba inventando cosas, que la vejez me estaba afectando la mente. Pero cuando vieron mi cara, cuando vieron la seriedad en mis ojos, entendieron queera verdad. Aurelio Junior se levantó y salió de la casa sin decir nada.
Fernando se quedó sentado llorando en silencio. Me quedé sola en la mesa, esperando su juicio, esperando su condena. Aurelio volvió una hora después. Tenía los ojos rojos de llorar. se sentó frente a mí, me tomó las manos y me dijo, “Gracias, mamá. Gracias por hacer lo que yo no pude hacer.” Fernando me abrazó después.
Me dijo que entendía, que no me juzgaba, que Lupita estaría orgullosa de mí. No sé si Lupita estaría orgullosa. No sé si lo que hice estuvo bien o mal. Maté a 19 personas. Son 19 familias que perdieron a alguien, 19 madres que lloraron a sus hijos, como yo lloré a la mía. Algunos de esos hombres tenían esposas, tenían niños pequeños.
Niños que ahora crecen sin padre por mi culpa, igual que mis nietos crecen sin su tía Lupita. Eso me hace tan mala como ellos. Probablemente. Tal vez. No lo sé. Las líneas entre el bien y el mal se borran cuando te arrancan a un hijo de los brazos. La moral se vuelve un lujo que no puedes pagar cuando entierras a tu niña de 19 años y nadie paga por ello.
Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me dijeron hace 6 meses que tengo cáncer de estómago. Etapa cuatro, inoperable. Probablemente es por todos los años manipulando veneno sin protección adecuada, respirando los vapores, absorbiendo las toxinas a través de la piel. El mismo veneno que usé para matar a otros ahora me está matando a mí.
Dicen que me quedan meses, tal vez un año si tengo suerte. No tengo miedo de morir. Hace mucho que dejé de tenerle miedo a la muerte. Lo que me da miedo es morirme sin que nadie sepa lo que hice, sin que nadie entienda por qué lo hice. Quiero que el mundo sepa que hay consecuencias, que aunque el sistema de justicia no funcione, aunque los criminales crean que son intocables, siempre hay alguien observando, siempre hay alguien esperando el momento para cobrar las deudas.
A las madres que han perdido hijos por culpa del narco. A las madres que viven con el mismo dolor que yo viví, les digo esto. Las entiendo. Entiendo la rabia, la impotencia, las ganas de tomar la justicia en sus propias manos. Pero también les digo que la venganza no sana nada, solo te convierte en otro monstruo. Solo te roba lo poco de humanidad que te queda.
Yo maté a 19 hombres y sigo despertando cada noche viendo a mi Lupita colgando de ese árbol. Sigo oyendo sus gritos en mis sueños. Sigo sintiéndome vacía, rota, destruida. La venganza no me devolvió a mi hija. Solo me quitó la posibilidad de sanar, de seguir adelante, de encontrar paz. La única paz que he encontrado es en la fe.
Voy a misa todos los días ahora en la parroquita del pueblo donde vivo. Me siento en la última banca. Rezo el rosario. Prendo veladoras a la Virgen de Guadalupe. Le pido perdón por lo que hice. Le pido que cuide a mi Lupita en el cielo. Le pido que cuando me llegue la hora me permita verla otra vez. El Padre del Pueblo sabe mi historia.
Se la conté en confesión hace unos meses, cuando el cáncer ya estaba avanzado y sentí que necesitaba decirle a alguien. Me escuchó sin interrumpirme, sin juzgarme, sin condenarme. Cuando terminé, me dio la absolución y me dijo algo que nunca voy a olvidar. Hija, me dijo, solo Dios puede juzgar lo que hiciste. Yo no tengo ese poder.
Lo que sí sé es que el amor de una madre es la fuerza más poderosa del mundo y a veces esa fuerza nos lleva a lugares oscuros. Pero Dios es misericordioso. Dios perdona a los que se arrepienten de corazón. Y yo creo que tú te arrepientes. Me arrepiento. No de haber vengado a mi hija, sino de haberme convertido en lo que me convertí.
Me arrepiento de haber pasado años con el corazón lleno de odio, de haber dejado que la venganza consumiera mi vida, de haberle robado a mis otros hijos la madre que merecían mientras yo estaba ocupada planeando asesinatos. Pero ya es tarde para arrepentimientos. Lo hecho hecho está. Solo me queda esperar el final, rezar por perdón y confiar en que Dios es más misericordioso de lo que yo fui.
Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza. Fui la limpiadora del CJNG durante 15 años. Maté a 19 hombres para vengar a mi hija y esta es mi confesión final. Si hay un cielo, espero que Lupita esté ahí esperándome. Espero que me perdone por no haberla protegido cuando más me necesitaba. Espero que me abrace como cuando era niña y me diga que todo está bien, que ya no hay dolor, que finalmente podemos descansar juntas.
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