Y su dedo pequeño apuntó directo a Santiago de la Vega.
La sala entera dejó de respirar.
Renata se puso pálida, aferrando su bolso de diseñador con los nudillos blancos.
Santiago no se movía. Solo miraba al niño que lo señalaba. Miraba la rabia pura en su cara. La valentía desesperada. La barbilla levantada con un orgullo que le resultaba dolorosamente familiar.
—¿Qué… qué significa esto? —susurró Santiago, como si la voz no le perteneciera.
Mariana lo miró con la boca aún cubierta por la mano de Emiliano. Y por primera vez en todo el juicio, Santiago la vio.
La vio de verdad.
Y vio el terror en sus ojos.
No hay terror en la cárcel.
Terror a que él descubraera la verdad.
Veinticuatro horas antes, la mansión de los de la Vega olía a cera para pisos ya flores frescas cambiadas cada mañana. Era un mausoleo de mármol y cristal diseñado para impresionar a inversores y expulsar cualquier rastro de humanidad.
Mariana estaba de rodillas en el vestíbulo, frotando una mancha en el mármol blanco con frenesí. Le dolían las rodillas. El uniforme le raspaba la piel por el sudor. El aire acondicionado estaba helado, como si el frío fuera parte de la disciplina.
—¡Más rápido! —cortó la voz de Renata como un látigo—. Santiago llega en veinte minutos. Quiero que este piso brille tanto que pueda verme el alma en él.
Mariana bajó la cabeza para que Renata no viera el fuego en sus ojos.
—Sí, señora… ya casi termino.
Renata pasó cerca y “accidentalmente” pateó el cubo. El agua jabonosa se derramó sobre el piso recién pulido.
—¡Ay, mira lo que hiciste! —exclamó con teatralidad—. Eres un desastre, Mariana. No sé por qué Santiago insiste en contratar personal barato.
Mariana apretó los dientes.
No estaba ahí por el sueldo, aunque lo necesitaba. Estaba ahí por algo peor: por su plan desesperado.
Ocho años atrás, Santiago había vivido un verano en Mazatlán, escapando de su rica familia. Mariana trabajaba como mesera en un restaurante junto al mar. Él era otro hombre: reía, caminaba descalzo, hablaba de sueños y no de negocios. Una noche, bajo las estrellas, le prometió que nunca sería como su familia.
Luego la realidad lo arrancó de ahí. Una herencia. Un padre enfermo. Un imperio.
Santiago se fue, dejando una nota y dinero.
Mariana rompió la nota y donó el dinero al orfanato. Juró que criaría a sus hijos sola y con dignidad.
Pero hace tres meses le diagnosticaron una enfermedad degenerativa. Los médicos hablaron de tiempo, de movilidad, de un futuro que se desmoronaba.
Y Mariana entró en pánico.
¿Quién cuidaría a sus hijos cuando ella ya no pudiera?
Así que trazó su plan: entrar al mundo de Santiago, ver qué clase de hombre era ahora, confirmar si todavía quedaba un corazón ahí dentro antes de decirle la verdad.
Pero el Santiago que lo encontró era duro. Cínico. Cegado por el estatus.
Y estaba a punto de casarse con Renata.
El sonido del motor de un Ferrari anunció su llegada.
Santiago entró hablando por teléfono, sin mirar alrededor.
—Vende las acciones hoy. Me da igual el mercado. Quiero liquidez para el lunes.
Pasó junto a Mariana sin verla. Para él, era un mueble. Un trapo.
Renata lo recibió con una dulce sonrisa falsa.
—Mi amor... casi me vuelvo loca con la nueva sirvienta. Es torpe. Deberíamos revisar la seguridad.
Santiago suspiró.
—Haz lo que quieras. Solo quiero la cena perfecta. Vienen inversionistas.
Mariana sintió un golpe en el pecho. Quiso gritarle: Estoy aquí. Tus hijos tienen tu sonrisa.
No pudo.
Entonces vio una sombra roja en el jardín. Su sangre se heló.
Emiliano y Gael habían salido de la escuela y la habían seguido. Se escondían entre arbustos solo para verla… para saber dónde trabajaba mamá.
Cinco minutos después, un grito histórico explotó desde el segundo piso.
—¡Santiago! ¡Me han robado!
Mariana subió tras ellos, temblando. Se quedó en el umbral del cuarto principal.
Renata estaba frente al joyero abierto, tirando collares y anillos al suelo.
—¡Mi collar de zafiros! ¡El que me regaló tu madre! ¡No está!
Se giró hacia Santiago con lágrimas falsas.
—Estaba aquí esta mañana. Solo una persona entró a limpiar el baño.
Y apuntó a Mariana.
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