—¿Se le ofrece algo? —preguntó Alejandro con dureza, agotado, irritado por tantos diagnósticos inútiles.
Zoé tragó saliva.
—Perdón, señor… yo… —titubeó—. Es que… yo he visto esto antes. En mi pueblo, en Guerrero… le pasó a una señora.
Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Y qué? ¿Me va a decir que usted sabe más que los médicos?
Zoé negó con la cabeza, sin ofenderse.
—No, señor. No mejor. Solo… distinto. Y si usted me permite… yo podría intentar algo.
Alejandro alzó una ceja, incrédulo.
¿La señora de la limpieza… queriendo “intentar algo” con su madre?

Estuvo a punto de decirle que se fuera. Estuvo a punto de soltar una risa amarga.
Pero en ese instante doña Margarita soltó un gemido tan fuerte que el aire pareció vibrar. Se arqueó, llevándose la mano a la sien izquierda, como si algo la aplastara por dentro. Alejandro sintió que el estómago se le hundía.
No podía seguir mirando sin hacer nada.
—¿Qué… qué quiere hacer? —preguntó, más bajo.
Zoé dio un paso. Le temblaban las manos, pero en sus ojos apareció una firmeza tranquila.
—Suena raro… pero a veces el dolor viene porque una persona carga con algo ajeno. No físico… sino pegado por dentro. Como un trabajo… como una envidia… como una cosa que no es de uno.
Alejandro abrió la boca para burlarse… pero no lo hizo. Tal vez por desesperación. Tal vez porque Zoé no sonaba fanática ni presumida. Sonaba… sincera.
Alejandro se inclinó hacia su madre.
—Mamá… ¿me dejas? —le dijo suave—. Por favor.
Doña Margarita abrió los ojos. Estaban llenos de dolor… y también de una súplica silenciosa.
Asintió.
Zoé pidió que todos salieran, pero Alejandro se negó.
—Yo me quedo —dijo—. No me muevo de aquí.
Zoé no discutió. Caminó hasta la cabecera, levantó las manos como si estuviera escuchando el aire. Cerró los ojos.
Y el cuarto se hundió en una quietud extraña.
El viento afuera se calló. Ningún aparato pitó. Hasta la respiración de doña Margarita se volvió un hilo.
Zoé habló en un susurro:
—Aquí hay algo muy viejo… muy pesado… —y señaló con cuidado— aquí, en la sien izquierda. Presiona como una piedra.
Alejandro sintió la piel erizarse.
—¿Qué es eso? —preguntó ronco.
Zoé abrió los ojos.
—Algo que no le pertenece. Algo que alguien… le dejó.
Sus dedos se acercaron a la cabeza de doña Margarita, no tocándola realmente, sino como palpando una capa invisible. De pronto se detuvo.
—Aquí está.
Doña Margarita lanzó un grito, pero no fue de dolor. Fue como un suspiro violentísimo, como si algo saliera arrancado.
Zoé apretó los dedos en el aire, hizo un movimiento rápido, y Alejandro vio algo imposible: en la mano de Zoé había un objeto diminuto, una bolita oscura del tamaño de un chícharo… pero tan negra que parecía tragarse la luz.
Alejandro se quedó sin aire.
—¿Qué… es eso?
Zoé se veía agotada, como si hubiera corrido kilómetros.
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