Regresó al pueblo siendo otra persona. Con la espalda recta, la mirada severa. Con una niña en brazos, envuelta en una manta vieja.
La gente la miraba como si estuviera loca.
“Trajiste a la mocosa alemana…”
“No le teme a la vergüenza…”
Lo oyó todo. Y recordó.
Fiódor, quien
Una vez lo había llamado burlonamente "el cerdo" por su cara redonda y su andar pesado. Vivía en las afueras del pueblo. Silencioso y poco sociable, se le consideraba ingenuo pero trabajador.
Fue a él a quien Arina acudió una noche.
"¿Quieres casarte conmigo, Fedia?", dijo sin rodeos.
La miró largo rato, luego a la niña.
"Sí", respondió en voz baja.
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